El llamado de Dios y sus propósitos para el cuerpo de Cristo

El mundo necesita líderes. Las naciones y los pueblos necesitan líderes. Las instituciones necesitan líderes. Las grandes empresas necesitan líderes, y también las pequeñas. Un equipo de fútbol necesita un capitán; una orquesta o un coro necesita un director. Los ejemplos son innumerables. Comienzan en el hogar, pasan por los juegos infantiles y llegan hasta las entidades internacionales más complejas. Dondequiera que haya personas unidas por un vínculo o un objetivo, por pequeño que sea, la presencia de un liderazgo será necesaria.

El rey Salomón, el hombre más sabio que vivió en este mundo, afirmó: «Sin buen gobierno, la nación fracasa» (Prov. 11:14). La existencia de un pueblo y la preservación de su propósito serían inviables sin el ejercicio del liderazgo. Incluso antes del pecado, identificamos a Dios —como se registra en el primer capítulo de la Biblia— asignando a nuestros primeros padres la responsabilidad de ejercer el liderazgo sobre toda la creación (Gén. 1:26-28). Tras la aparición del pecado, Dios continuó apartando a hombres y a mujeres como líderes para ejercer influencia sobre su pueblo y, por consiguiente, sobre el mundo.

Es parte del plan de Dios que haya líderes en su iglesia. En Efesios 4:11, encontramos las siguientes palabras de Pablo acerca de esta providencia divina: «Él mismo dio a unos el ser apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; y a otros, pastores y maestros». Esta no es una lista exhaustiva de las funciones eclesiásticas y los dones espirituales presentes en la iglesia, el cuerpo de Cristo. Existen otras listas importantes descritas en la Biblia, como las registradas por el apóstol Pablo (Rom. 12:3-8; 1 Cor. 12:4-11). Sin embargo, en este artículo, utilizaremos el texto de Efesios 4:11-16 como eje bíblico para reflexionar sobre la provisión divina de recursos humanos para el liderazgo de la iglesia y los objetivos que se le han asignado.

Dios provee líderes para la iglesia

Si bien algunos principios organizativos tomados del mundo empresarial son útiles para la iglesia, el liderazgo espiritual no puede comprenderse adecuadamente solo con conceptos administrativos o empresariales. El texto de Efesios 4:11 establece, en primer lugar, el origen del liderazgo espiritual.

Al describir la provisión de recursos humanos para dirigir la iglesia, como apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros, Pablo afirmó: «Él [Cristo] mismo dio…». El surgimiento de un líder espiritual es principalmente una iniciativa divina. El liderazgo espiritual de la iglesia no se origina en la ambición personal, la capacidad humana, el mérito ni la estructura organizativa. No es el resultado exclusivo de procesos de selección humana, ni surge por casualidad, sino en la voluntad soberana del Dios omnisciente, que guía a su iglesia.

Al estar dotado de libre albedrío, el ser humano elegido para ser líder espiritual tiene la libertad de no aceptar el llamado divino. Algunos lo han hecho. Sin embargo, nadie puede asumir verdaderamente esta posición por iniciativa propia. Por lo tanto, si es Dios quien concede líderes, el liderazgo es una vocación antes que una función. Es un llamado antes que un cargo. Es una responsabilidad espiritual antes que un puesto institucional.

Recibir esta responsabilidad y ser líderes que Dios ha concedido a la iglesia es, sobre todo, una maravillosa manifestación de la gracia divina. Pablo le dijo al joven líder Timoteo: «Por tanto, no te avergüences de dar

testimonio de nuestro Señor, ni de mí, preso suyo. Antes participa de los sufrimientos del evangelio por el poder de Dios, quien nos salvó y nos llamó con santo llamado, no conforme a nuestras obras, sino según su propósito y su gracia, que nos dio en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos» (2 Tim. 1:8-9). Toda comprensión bíblica del liderazgo espiritual debe preservar el concepto de un llamado sagrado, realizado con una vocación santa, fundamentado en la gracia y la libre voluntad de Dios. Esta comprensión tiene profundas implicaciones para un líder espiritual. En primer lugar, preserva la humildad y la sumisión del líder a Dios. Si fue Dios quien, por su gracia, nos concedió la responsabilidad de liderar, no puede haber lugar en nuestros corazones para el orgullo, la vanidad, la ostentación ni la arrogancia.

En segundo lugar, esto refuerza la responsabilidad espiritual de cada líder. Si el origen de nuestro llamado está en Dios, la responsabilidad también será ante él. Antes de rendir cuentas a la estructura administrativa de la iglesia, como líderes espirituales debemos rendir cuentas al Señor de la iglesia mismo.

En tercer lugar, este entendimiento reconforta, fortalece y motiva al líder. Si Dios, en su omnisciencia, nos ha elegido para liderar un área de su iglesia, por pequeña y limitada que nos parezca, podemos confiar en su sabiduría y en el poder que nos otorga el Espíritu Santo para cumplir con éxito nuestras responsabilidades.

Como líderes espirituales del cuerpo de Cristo, debemos asegurarnos de que cada nombramiento para el liderazgo de la iglesia —ya sea en la iglesia local o en cualquier otro nivel de la organización— esté en armonía con la voluntad de Dios. Dios, en su providencia, aparta a las personas, les otorga dones espirituales, las inserta en contextos específicos y las levanta como líderes para cumplir los propósitos que él ha establecido.

Propósitos del liderazgo espiritual

Si Efesios 4:11 establece el origen del liderazgo espiritual, los versículos 12-16 presentan la razón por la cual Dios concede estos líderes a su iglesia. Deben cumplir propósitos espirituales definidos para el cuerpo de Cristo dentro del gran plan de salvación. Hay dos objetivos que se deben alcanzar mediante el liderazgo espiritual:

1. Perfeccionar a los miembros del cuerpo de Cristo para el servicio. El apóstol Pablo escribió: «a fin de perfeccionar a los santos para desempeñar su ministerio» (vers. 12). La palabra griega katartismos, traducida como «perfección», transmite la idea de preparar, capacitar, equipar y ajustar adecuadamente algo o a alguien para una función específica. El primer propósito del liderazgo espiritual, presentado por Pablo en Efesios, es preparar a los miembros del cuerpo para el desempeño de sus funciones dentro del organismo llamado iglesia.

El cuerpo humano es una de las principales metáforas que Pablo utiliza para representar a la iglesia. No hay parte del cuerpo que no tenga una función. Incluso aquellas que aparentemente son solo estéticas cumplen funciones importantes en la regulación de las condiciones internas del organismo, contribuyendo a su correcto funcionamiento. Todo miembro del cuerpo de Cristo tiene un servicio que desempeñar.

Dios no dio a su iglesia a los pastores para que hicieran todo el trabajo solos, sino para capacitar y equipar a los creyentes para el servicio. Esta es una de las actividades más desafiantes y, a la vez, más nobles que un pastor puede realizar para el beneficio de los miembros y la salud espiritual de la iglesia.

La parálisis o inactividad de una extremidad representa un peligro para la salud de todo el cuerpo. Elena de White advirtió sobre este riesgo: «El enemigo no tarda en emplear a los ociosos de la iglesia, y utiliza el talento descuidado de los miembros para sus propios fines».[1] «Él [Satanás] ocupará el territorio y dará a los miembros actividades que absorberán sus energías, matarán su espiritualidad y harán que caigan como lastre sobre la iglesia».[2]

Algunos hermanos, observando únicamente el acto litúrgico de la iglesia, concluyen que no hay lugar para que sirvan. Sin embargo, el mayor potencial para la acción de la iglesia se encuentra en el tiempo entre los servicios religiosos. Como pastores y líderes espirituales, necesitamos identificar las oportunidades existentes en las que los fieles puedan servir; crear otras oportunidades que satisfagan las necesidades de la iglesia o de la comunidad circundante; llamar a los miembros, capacitarlos y enviarlos a la misión, participando en la predicación del evangelio según los dones espirituales que poseen.

Respecto de esta actividad, Elena de White escribió: «La mejor ayuda que los pastores pueden ofrecer a los miembros de nuestras iglesias, no es predicar, sino crear actividades para ellos; asignar a cada cual algo que hacer por los demás. Ayudar a todos a ver que, como recipientes de la gracia de Cristo, están en la obligación de trabajar para él. Que todos sean enseñados a trabajar. Aquellos que se han unido recientemente a la fe debieran especialmente ser educados para ser obreros juntamente con Dios. Si se les enseña a trabajar, el desalentado no tardará en olvidar su desaliento, el débil se fortalecerá, el ignorante se hará inteligente, y todos serán idóneos para presentar la verdad según está en Jesús».[3]

2. Edificación del cuerpo de Cristo. Si el primer propósito presentado para el liderazgo espiritual es capacitar a los miembros para servir a Dios, el segundo propósito indica lo que se espera de los líderes junto con los miembros. Pablo escribió que Dios concede líderes a su iglesia con el propósito de preparar y servir «para la edificación del cuerpo de Cristo» (vers. 12).

Al usar la palabra «edificar» (en griego, oikodomē), asociada con el cuerpo de Cristo, Pablo combina la imagen de la construcción de un edificio con la del desarrollo de un organismo vivo. Al unir estas dos ilustraciones, describe con mayor profundidad uno de los propósitos de Dios al otorgar líderes: el desarrollo y el progreso espiritual de la iglesia. Los miembros son capacitados para que el cuerpo de Cristo sea edificado. Así, Pablo presenta la visión de Dios para su iglesia: líderes y seguidores, como un solo cuerpo, viviendo un proceso gradual de fortalecimiento y mejora, a medida que se incorporan nuevos miembros, como se añaden nuevos ladrillos a un edificio en construcción.

Como pastores y líderes espirituales, somos responsables de asegurar que el cuerpo de Cristo sea edificado bajo nuestro liderazgo. El texto de Efesios 4:11-16 presenta al menos cinco indicadores de que el cuerpo de Cristo se está desarrollando y progresando espiritualmente. Estos son:

1. Los miembros del cuerpo son guiados a la unidad en la fe. La armonía doctrinal y espiritual entre los creyentes los mantiene unidos ante los desafíos de este mundo (vers. 13).

2. Los miembros de la iglesia crecen juntos en el conocimiento del Hijo de Dios. A medida que llegan a conocer más profundamente a la maravillosa persona de Cristo, la unidad se fortalece y se asemejan más a él (vers. 13).

3. El cuerpo de Cristo revela madurez y estabilidad espiritual. Los miembros comprenden claramente la doctrina bíblica, la identidad profética de la iglesia y su misión. Por lo tanto, no se dejan influenciar por ideas sensacionalistas, falsas doctrinas o novedades teológicas que surgen a diario (vers. 14).

4. El cuerpo de Cristo crece. El crecimiento será una consecuencia inevitable en una iglesia donde los miembros sirven juntos, conocen a Cristo cada día más hasta reflejar su imagen y siguen la verdad con amor. Habrá crecimiento tanto espiritual como numérico. El carácter de Cristo impreso en su iglesia posee una fuerza poderosa y sobrenatural para atraer a las personas (vers. 15-16).

5. Existe cooperacion. Cada miembro del cuerpo, independientemente de su posición o función, comprende que tiene un ministerio importante para todo el cuerpo. Cada uno está bien capacitado para su rol, ofreciendo cooperación y asistencia para que el cuerpo continúe creciendo en todo en aquel que es la cabeza, Cristo (vers. 16).

Conclusión

Ser líder del cuerpo de Cristo en los últimos días de la historia de este mundo es un gran desafío. Sin embargo, al mismo tiempo, es un privilegio inmerecido por la gracia de Dios. Con gratitud y humildad, podemos ejercer el liderazgo espiritual en el lugar donde Dios nos ha puesto en este tiempo, confiando en su sabiduría y en el poder que nos otorga el Espíritu Santo, para que el cuerpo de Cristo continúe edificándose hasta el glorioso día de su regreso.

Sobre el autor: Secretario ministerial de la Iglesia Adventista en el estado de San Pablo


Referencias

[1] Elena de White, «Ye are Laborers Together with God», Review and Herald, 2 de septiembre de 1890, p. 530.

[2] Elena de White, «Every Christian’s Work», Review and Herald, 28 de febrero de 1893, p. 129.

[3] Elena de White, Testimonios para la iglesia (APIA, 2004), t. 6, p. 56.