Cómo desarrollar la fe en tiempos de hiperconectividad
En pocos años, la sociedad ha sido testigo de cambios generacionales más rápidos que en cualquier otro período histórico. Los niños nacidos a partir de 2010, conocidos como la Generación Alfa, crecieron rodeados de pantallas, aplicaciones, redes sociales y juegos digitales. Ellos no necesitaron adaptarse a la tecnología: ya nacieron inmersos en ella.[1]
Envuelta en un ambiente saturado de información, la Generación Alfa vive en constante hiperconectividad, en la cual las relaciones, los contenidos y las experiencias se multiplican continuamente, influyendo en la forma de aprender, relacionarse y construir su identidad. La exposición continua a este volumen de estímulos tiende a fragmentar la atención y a reducir la sensibilidad espiritual.[2]
Según la periodista Julia Fregonese, se trata de la mayor población infantil de la historia marcada por la presencia de la tecnología desde los primeros años de vida, un factor que impacta su relación con la autoridad y el desarrollo del aprendizaje.[3]
Ante este escenario, surgen preguntas centrales: ¿cómo conducir a esta generación a una comunión personal con Dios? ¿Cómo hacer de la iglesia un ambiente que favorezca el crecimiento espiritual en medio de tantas distracciones? La Biblia presenta un principio esencial: «Busquen primero el reino de Dios y su justicia» (Mat. 6:33). Discipular a la Generación Alfa es conducirla a una experiencia con Dios y ayudarla a comprender que la relación con él es el fundamento de la vida espiritual.
Una tarea inmediata
La formación de una fe resiliente en los niños es un desafío urgente. En un contexto marcado por el secularismo y el individualismo, la iglesia necesita rediseñar sus métodos de discipulado. Datos de la Secretaría de la División Sudamericana indican que, en los últimos diez años, de cada diez jóvenes que ingresan a la denominación, catorce (de entre diecisiete y treinta años) se van.[4] Este desinterés espiritual puede surgir incluso en la adolescencia: se estima que cinco de cada diez hijos de hogares cristianos se desconectan de las prácticas regulares de la iglesia en esa etapa de la vida.
Una investigación realizada por Awana, en sociedad con el Grupo Barna, señala tres elementos esenciales para una fe duradera: pertenecer, creer y convertirse.[5] Los niños necesitan sentirse parte de una comunidad de fe, desarrollar confianza en Jesús por medio de las Escrituras y vivir aquello que aprenden.
Este proceso se fortalece mediante un enfoque relacional e intergeneracional. Más que escuchar y memorizar contenidos, las nuevas generaciones necesitan experiencias significativas y vínculos reales. Así, el discipulado deja de ser una mera transmisión de información y pasa a ser formación de vida. Como afirman Lucas Leys y David Noboa: «La iglesia no es un lugar al cual ir, sino una familia a la cual pertenecer».[6] Este principio debe ser vivido, especialmente en el cuidado de la Generación Alfa.
La base de la fe
En un mundo inestable, donde el exceso de información vuelve a las nuevas generaciones más vulnerables a influencias superficiales, la Biblia permanece como un fundamento sólido y seguro. Como afirma 2 Timoteo 3:16 y 17, la Palabra de Dios orienta, corrige y prepara al cristiano para vivir de forma íntegra. Más que un conjunto de principios, esta conduce a una relación con Dios.
Presentar la Biblia de forma creativa, contextualizada, profunda y relevante es un desafío actual, especialmente al tratar con la Generación Alfa.[7] Esto no significa competir con la tecnología, sino utilizarla como una herramienta pedagógica y misionera.
El hogar ocupa un papel central en este proceso. Es allí donde se construye la base del amor a Dios. Los padres reflejan ese amor y actúan como los primeros maestros; al integrar el estudio bíblico y la oración a la rutina, fortalecen la fe de sus hijos en medio de un mundo cada vez más complejo.
La fe también se desarrolla por medio de otras relaciones. Los niños y adolescentes aprenden observando la vida de adultos que viven la fe en la práctica. La familia presenta ese fundamento, mientras que la iglesia amplía ese aprendizaje al promover la convivencia entre generaciones.
Sobre esta relación intergeneracional, Elena de White aconsejó: «Hay bendición en la asociación de ancianos y jóvenes. Estos últimos pueden llevar rayos de sol al corazón y la vida de los ancianos. Quienes van desprendiéndose de la vida necesitan del beneficio resultante del trato con la juventud llena de esperanza y ánimo. Los jóvenes también pueden obtener ayuda de la sabiduría y la experiencia de los ancianos».[8]
Discipulado intencional
El discipulado tiene como propósito conducir a una relación personal con Cristo. Los jóvenes valoran las experiencias espirituales auténticas y las relaciones significativas más que los contenidos teóricos. Los datos más recientes refuerzan que esta generación busca pertenencia, propósito y relaciones de confianza como elementos centrales en la construcción de la fe.[9]
Prácticas simples e intencionales marcan la diferencia: la oración, el estudio bíblico aplicado a la vida y la participación en acciones de servicio. A lo largo del tiempo, estas experiencias contribuyen al desarrollo de una fe personal, madura y consistente.
La Generación Alfa valora la participación. No desea solo observar, sino involucrarse. Cuando la iglesia integra sus actividades a la misión, crea experiencias significativas que fortalecen el crecimiento espiritual. Esta vivencia conecta dos dimensiones de la fe: la vertical, en la relación con Dios, y la horizontal, en el servicio y el cuidado del prójimo. Una fortalece a la otra.
Para ello, el discipulado debe ser intencional. La planificación, los objetivos claros y el acompañamiento son esenciales. La iglesia se vuelve más eficaz cuando promueve la integración entre generaciones a través de programas, grupos de estudio y acciones comunitarias. Este compromiso con el discipulado también está alineado con las orientaciones de la Iglesia Adventista del Séptimo Día respecto a la formación espiritual y al involucramiento de las nuevas generaciones en la misión.[10]
Además, es necesario crear oportunidades concretas de involucramiento. Los niños y adolescentes que participan en la misión desarrollan un vínculo más fuerte con la fe. Los estudios indican que aquellos que se involucran activamente difícilmente se alejan.[11]
Este cuidado es aún más importante ante los desafíos actuales. La secularización y el avance de la tecnología impactan directamente en la formación espiritual, especialmente en la infancia y la adolescencia. En este contexto, los líderes pueden subestimar su papel, y la falta de apoyo a los ministerios infantiles puede comprometer el desarrollo de la fe. Por otro lado, las investigaciones muestran que la influencia de líderes y maestros es significativa, especialmente entre los trece y los veinticinco años. Cuando hay intencionalidad, apoyo familiar y convivencia intergeneracional, el desarrollo de la fe se vuelve más consistente.
Elena de White alertó: «Ha sido por completo demasiado escasa la atención prestada a nuestros niños y jóvenes, y ellos no han alcanzado a desarrollarse como debieran en la vida cristiana, porque los miembros de la iglesia no los han considerado con ternura y simpatía, deseando que progresasen en la vida divina. En nuestras iglesias grandes podría haberse hecho muchísimo para los jóvenes».[12]
Misión en un mundo hiperconectado
La realidad digital exige adaptación. Si la Generación Alfa es conectada e interactiva, la iglesia debe considerar esto al enseñar y discipular. El contenido y la metodología deben despertar interés y promover la transformación. Aun así, la experiencia presencial permanece siendo esencial.
La presencia digital debe apoyar a la misión, no sustituirla. El discipulado «cara a cara» involucra a toda la iglesia. Esto incluye adaptar métodos, capacitar líderes y valorar las relaciones. También significa abrir espacio para que las nuevas generaciones participen activamente.
Cuando los niños y adolescentes asumen responsabilidades —en el canto, en la recepción, en grupos pequeños, en la comunicación o en acciones misioneras— desarrollan un sentido de pertenencia y propósito. El protagonismo fortalece la fe.
En este contexto, resulta fundamental desarrollar estrategias intencionales que fortalezcan el discipulado desde la infancia, conectando enseñanza, experiencia y misión de forma integrada. Elena de White aconsejó: «Cuando un joven se convierte, no lo dejen en la ociosidad; denle algo que hacer en la viña del Maestro. Según sus aptitudes, ocúpenlo, pues el Señor ha dado a cada cual su obra».[13]
Fe construida desde la infancia
En este escenario, la Iglesia Adventista del Séptimo Día desarrolló el currículo Vivos en Jesús, un programa global enfocado en el discipulado de niños en el contexto de la Escuela Sabática. Su objetivo es promover una relación viva con Cristo desde los primeros años de vida, por medio de experiencias prácticas y significativas. La propuesta se basa en tres pilares: gracia, carácter y misión.
Más que enseñar contenidos, busca formar una fe que se exprese en la vida diaria. Este proceso involucra no solo a la iglesia, sino también al hogar y a la comunidad. El discipulado se convierte en parte de la rutina y contribuye a la construcción de una identidad cristiana sólida.
Conclusión
Una iglesia comprometida con las nuevas generaciones discipula a niños, adolescentes y jóvenes, promueve relaciones significativas entre las diferentes edades y los involucra en la misión. Sin esta visión, el alejamiento de la fe se vuelve más probable.
La Biblia evidencia el papel de las nuevas generaciones en la misión (Joel 2:28) y orienta la transmisión de la fe en el ambiente familiar (Deut. 6:4-9). La fe se fortalece cuando hay integración entre la Biblia, la oración, el servicio, las relaciones y la convivencia entre generaciones. En un mundo complejo, las nuevas generaciones necesitan una dirección clara, y esa dirección permanece centrada en las Escrituras.
Jesús destacó el valor de los niños al afirmar: «Dejen a los niños venir a mí. No les impidan, porque de los que son como ellos es el reino de los cielos» (Mat. 19:14). El discipulado exige intencionalidad, cuidado y compromiso, conduciendo a las nuevas generaciones a los pies de Cristo.
Más que mantener a las nuevas generaciones en la iglesia, el desafío es involucrarlas en la misión. Una iglesia que las acoge, las discipula y confía en ellas no solo preserva la fe, sino también contribuye al avance del evangelio.
Sobre el autor: Líder del Ministerio Infantil y del Adolescente para la región sur del Brasil
Referencias
[1] Brenda Chérolet, «Geração Alpha: O Que é e Como Lidar?», disponible en: link.cpb.com.br/299fe6 (consultado el 15/4/2026).
[2] Georgie Walsh, «7 Características da Geração Alfa que Você Precisa Conhecer Para 2025», disponible en: link.cpb.com.br/87f5ff (consultado el 15/4/2026).
[3] Julia Fregonese, «Geração Alfa: Reflexos do Maior Grupo de Indivíduos da História», disponible en: link.cpb.com.br/625175 (consultado el 15/4/2026).
[4] Felipe Lemos, «Relatório Aponta Tendências Para Adventismo Sul-Americano», disponible en: link.cpb.com.br/385dec (consultado el 15/4/2026).
[5] Barna Group, Children’s Ministry in a New Reality (Ventura, CA: Barna Group, 2022).
[6] Lucas Leys y David Noboa, Proyecto Discipulado (Dallas, TX: E625, 2020), p. 13.
[7] Paulo Teixeira, «A Menina, a Revista e o Smartphone: Uma Reflexão Sobre Engajar a Geração Alfa com a Palavra de Deus», disponible en: link.cpb.com.br/518ce0 (consultado el 15/4/2026).
[8] Elena de White, El ministerio de la bondad (ACES, 2010), p. 249.
[9] Springtide Research Institute, «Thirteen: A First Look at Gen Alpha», disponible en: link.cpb.com.br/5f41aa (consultado el 15/4/2026).
[10] Iglesia Adventista del Séptimo Día, Manual de la iglesia (ACES, 2025), pp. 51-55.
[11] Barna Group, Children’s Ministry in a New Reality.
[12] Elena de White, Consejos para los maestros, padres y alumnos (ACES, 2014), p. 39.
[13] Elena de White, Consejos sobre la obra de la Escuela Sabática (ACES, 2015), p. 79.
