1. Organización de las estructuras de la iglesia para fortalecer a las nuevas generaciones. El ancianato debe velar para que la estructura física de la iglesia refleje la importancia de las nuevas generaciones. Esto incluye una inversión consciente en las aulas de los departamentos de la Escuela Sabática, adaptadas para cada grupo etario, con ambientes adecuados, seguros y pedagógicos. La Escuela Sabática, históricamente comprendida como el «corazón de la iglesia», debe ser fortalecida como un espacio de discipulado, no solo de enseñanza, creando experiencias bíblicas relevantes para cada etapa del desarrollo.[1]
2. Organización del calendario de la iglesia. Una acción práctica fundamental es la organización equilibrada del calendario anual de la iglesia, garantizando un espacio real, y no solo simbólico, para los ministerios orientados a las nuevas generaciones. El ancianato debe evitar sobreposiciones excesivas y reconocer que las actividades infantiles, juveniles y de jóvenes forman parte de la misión central de la iglesia. La planificación, la previsibilidad y el apoyo institucional comunican valor y ayudan a los líderes de estos ministerios a actuar con excelencia y propósito.
3. Involucramiento e integración de las nuevas generaciones en las actividades de la iglesia. El ancianato debe promover la participación activa de las nuevas generaciones en la vida de la iglesia, integrándolas en turnos litúrgicos, proyectos, juntas y decisiones, siempre de forma adecuada a la madurez de cada grupo. La iglesia deja de ser solo un espacio de consumo religioso y pasa a ser un ambiente de pertenencia y servicio. Elena de White enfatiza que los jóvenes deben ser preparados, confiados al servicio e involucrados directamente en la obra de Dios, pues la experiencia práctica fortalece la fe y solidifica la identidad cristiana.[2]
4. Fortalecimiento de la participación misionera. Por último, el ancianato debe alentar y apoyar fuertemente el involucramiento misionero de las nuevas generaciones. Iniciativas como Misión Caleb, Un Año en Misión (OYiM) y otras formas de voluntariado misionero se muestran, en la práctica, como poderosos instrumentos de discipulado, maduración espiritual y confirmación del llamado cristiano. La misión deja de ser un discurso y se convierte en una vivencia concreta, alineando identidad, fe y propósito.
El cuidado de niños, adolescentes y jóvenes no es un ministerio periférico, sino parte esencial de la misión de la iglesia. Dios siempre trabajó de manera intencional con las nuevas generaciones (Deut. 6:4-9; Sal. 78:4-7). En su ministerio terrenal, Cristo colocó a los niños y a los jóvenes en el centro de su atención, acogiéndolos y bendiciéndolos (Mar. 10:13-16). Hay estudiosos que sugieren que los propios discípulos de Jesús eran, en su mayoría, jóvenes. De la misma manera, los líderes de hoy son llamados a proteger la fe y orientar a los más jóvenes hacia el discipulado activo y el servicio.
El pastor Barry Gane escribió: «Cuando la congregación trata a los más jóvenes como compañeros en el ministerio, con confianza, voz y responsabilidad real en el servicio y en el evangelismo, ellos desarrollan fe propia, madurez y compromiso a largo plazo con la misión de la iglesia».[3]
Invertir en las nuevas generaciones es responder al propio llamado de Dios para preservar la fe y apresurar la misión del evangelio eterno. En este contexto, el ancianato es llamado a ejercer un liderazgo que nutre, acompaña, confía y envía. El anciano fortalece la fe de la juventud cuando se convierte en un mentor cercano, integrando a los más jóvenes en la vida espiritual y en el servicio de la congregación. La misión de la iglesia se acelera cuando la juventud encuentra responsabilidad real y dirección espiritual, convirtiéndose en socia activa del movimiento profético de Dios.
El ministerio del ancianato se convierte en mentoría práctica cuando el anciano:
• está dispuesto y es accesible para dialogar sobre Dios y las decisiones de la vida;
• practica la escucha espiritual, recibiendo preguntas honestas sin reprensión;
• remueve los obstáculos relacionales, evitando un liderazgo rígido;
• modela una fe práctica, integrando palabra y acción;
• traduce el lenguaje de la fe para formatos comprensibles en las diferentes fases de la vida;
• comparte la misión, incluyendo a los más nuevos en el servicio congregacional;
• orienta responsabilidades proporcionales a la edad, promoviendo el desarrollo del carácter y del servicio;
• coopera con familias y ministerio locales, uniendo el hogar, la iglesia y la misión.
Sobre el autor: Secretario ministerial para la región sudeste del Brasil.
Referencias
[1] Roger Dudley, Why our Teenagers Leave the Church: Personal Stories From a 10-year Study (Hagerstown, MD: Review & Herald, 2000), p. 206.
[2] Elena de White, Mensajes para los jóvenes (ACES, 2013), p. 142.
[3] Barry Gane, Building Youth Ministry (Nampa, ID: Pacific Press, 2017), p. 102.
