Hace algunos días, pasé un fin de semana en el colegio internado en el que estudian mis hijos. El viernes por la noche, después del culto, mi hijo mayor —quien ayuda en la capellanía— me invitó a visitar algunas habitaciones y orar con los alumnos. Fue una experiencia renovadora. Pude conocer un poco de los desafíos, las alegrías y los sueños de aquellos jóvenes. ¡Algunos incluso me llamaban preceptor!
En una de las habitaciones, mientras orábamos, «viajé en el tiempo» y me acordé de una ocasión que marcó mi vida. Hace más de veinticinco años, cuando yo cursaba Teología, recibí la visita del preceptor Paulo en una tarde fría. En aquella época, yo enfrentaba momentos de lucha e incertidumbre. Él entró en mi habitación, de manera sencilla, y preguntó: «¿Puedo orar contigo?». Aquella oración marcó toda la diferencia y produjo frutos que permanecen hasta el día de hoy.
Lamentablemente, algún tiempo después, el «prece Paulo » —como era conocido cariñosamente— falleció de forma trágica e inesperada. Cuando recibí la noticia, me embargó una profunda tristeza. Perdí a un amigo. El recuerdo que guardo de él se resume a esto: «Él oró conmigo». Al abrazar a los jóvenes del internado aquella noche, procuré hacer por ellos lo que, un día, Paulo hizo por mí.
Trabajar con las nuevas generaciones es una necesidad urgente. Necesitamos aproximarnos a ellas, involucrarnos en su realidad, comprenderlas y amarlas. Nuestros niños y adolescentes han sido moldeados por influencias culturales como ninguna otra generación: la lógica del inmediatismo, el desplazamiento incesante de las pantallas, la búsqueda de validación y la superficialidad de las relaciones. En lugar de recurrir a etiquetas despreciativas como «generación de cristal» o «generación de plástico» (o «generación mimimi» / «generación nutella»), debemos valorarlas, acogerlas y discipularlas con intencionalidad, afirmando: «Jóvenes, […] ustedes son fuertes » (1 Juan 2:14, NBV).
La Biblia declara: «Una generación celebrará tus obras ante otra generación, y anunciará tus poderosos hechos» (Sal. 145:4, RVA-2015). ¿Estamos cumpliendo esa misión en nuestro ministerio? ¿Cómo están los corderitos de nuestro redil? Elena de White hizo la seria advertencia: «La causa de la verdad ha perdido mucho por falta de atención a las necesidades espirituales de los jóvenes. Los ministros del evangelio deben ponerse en buenas relaciones con los jóvenes de sus congregaciones. Muchos rehúyen hacerlo, pero su negligencia es un pecado a la vista del Cielo» (Obreros evangélicos [ACES, 2015], p. 216).
El pastor y líder de jóvenes Barry Gane dejó otra alerta: «Cualquier iglesia está a tan solo una generación de la extinción ». A primera vista, esa afirmación puede sonar exagerada, pero no lo es. Perder la influencia sobre las nuevas generaciones compromete seriamente la relevancia y la continuidad de la propia denominación. Elena de White escribió: «Los jóvenes son nuestra esperanza para la obra misionera» (Fundamentos de la educación cristiana [ACES, 2015], p. 355). Invertir en niños, adolescentes y jóvenes es, por lo tanto, invertir en el futuro de la iglesia.
Ante esta realidad, algunas sugerencias son valiosas: participa con frecuencia en las reuniones de los clubes de Conquistadores y Aventureros; asiste periódicamente a las clases del Ministerio Infantil; invierte en grupos pequeños de jóvenes; abre tu casa, conversa con ellos, aclara sus dudas y conoce el nombre y la historia de cada uno; aprende a escuchar antes de enseñar; al predicar, no te olvides de comunicarte también con los niños; da voz a los jóvenes e inclúyelos en el liderazgo; y promueve experiencias de servicio y misión, dentro y fuera de la iglesia.
Un día, alguien oró por mí. Hoy es nuestra oportunidad de no dejar que esta historia se detenga.
Sobre el autor: Editor de la revista Ministerio, edición de la CPB
