Un abordaje bíblico-relacional para el discipulado
Alcanzar a los jóvenes en el contexto contemporáneo constituye uno de los mayores desafíosde la misión cristiana. Insertos en una realidad marcada por el exceso de información, por la fragmentación de las relaciones y por profundas crisis de identidad, muchos de ellos no buscan prioritariamente respuestas doctrinales, sino reconocimiento, dignidad y la experiencia de ser genuinamente escuchados. La Iglesia Adventista del Séptimo Día siempre ha comprendido su misión de manera holística, íntimamente vinculada a la restauración del ser humano a la imagen de Dios, en el contexto del gran conflicto entre Cristo y Satanás.
Ante este escenario, alcanzar a los jóvenes exige más que programas bien estructurados, estilos musicales atractivos o un fuerte énfasis en personalidades carismáticas. Requiere un enfoque que combine fidelidad teológica, sensibilidad relacional y la manifestación concreta del carácter de Cristo.
En este artículo, propongo explorar, de forma concisa, dos ejes centrales de esa sensibilidad relacional: uno de naturaleza antropológica y otro de carácter práctico-misionero. Ambos convergen en dos principios bíblicos fundamentales para un involucramiento pastoral con las nuevas generaciones que sea, al mismo tiempo, relevante y fiel a la vocación profética adventista: (1) vislumbrar, en cada joven, el reflejo vivo de la imagen de Dios (imago Dei); (2) cultivar una práctica intencional de escucha sensible, atenta y compasiva. Estos principios no se reducen a estrategias funcionales; expresan la profundidad de la antropología bíblica y reflejan el propio carácter de Dios revelado en las Escrituras. Además, encuentran su modelo máximo en la práctica misionera de Jesús, quien veía a cada persona como digna de atención, cuidado y amor transformador.
Este artículo nace de una experiencia profundamente personal y formativa que Dios me ha permitido vivir a lo largo de los últimos cuatro años: un camino de «desaprender» y «reaprender», en el cual fui desafiado a abandonar fórmulas prediseñadas y a redescubrir la esencia del involucramiento pastoral con los jóvenes, sin la pretensión de presentarme como un especialista o líder de Ministerio Joven. Se trata de una iniciativa pastoral junto a universitarios provenientes de diferentes contextos culturales que, de forma sorprendente, demostraron un sincero anhelo por conocer algo verdadero, íntimo y transformador respecto a Cristo y a su mensaje, independientemente de que yo fuera extranjero. Esta vivencia no solo remodeló mi comprensión sobre estos muchachos, sino también reveló que, cuando los jóvenes encuentran un espacio marcado por la autenticidad y por un encuentro real con Dios, el deseo de transformación que emerge es profundo y genuino.
El «sabiondo simplón»
Permíteme hablar un poco más sobre ese episodio, que marcó profundamente mi comprensión acerca de la relación con los jóvenes emergentes. Se trata de una experiencia metodológica —y no doctrinal— que resultó decisiva para reconocer quién era yo realmente y, sobre todo, para discernir el camino que Dios estaba abriendo ante mí.
Por conocer bien el funcionamiento de la iglesia y de sus ministerios, yo creía que era prácticamente imposible errar. Al fin y al cabo, yo «sabía» cómo hacer las cosas en el ministerio. Aquí surge una primera alerta crucial: el mayor peligro no reside en lo que no sabemos, sino en aquello que pensamos saber. Es precisamente en ese punto donde los equívocos se vuelven más graves.
Inicié mi ministerio con los jóvenes convencido de que mi conocimiento sería suficiente para enfrentar desafíos que, en la realidad, ni siquiera comprendía. Invité a los cuatro (únicos) jóvenes de la iglesia a una reunión con el objetivo de discutir la creación de un grupo joven. Me preparé cuidadosamente y planeé hablar la mayor parte del tiempo, convencido de que mi exposición los motivaría a la acción, especialmente por suponer una afinidad cultural.[1] El resultado fue frustrante: salieron exactamente como entraron.
Curiosamente, una joven —que se convirtió en figura clave en todo el proceso— ya me había advertido, pero ignoré su consejo. Después del encuentro, le pedí que me explicara, desde su percepción, qué había salido mal. Su respuesta fue simple y profunda: las reuniones debían ser orgánicas, sin guiones preestablecidos o rígidos; tal vez comenzando con la lectura de un versículo bíblico, sin comentarios, seguida de una oración breve y de actividades lúdicas, como llevar botellas de agua con etiquetas reemplazadas por versículos bíblicos escritos a mano. Confieso que, en ese momento, consideré la idea extraña e inadecuada para universitarios de entre 18 y 30 años.
Aun así, acepté a regañadientes. El resultado fue sorprendente. A partir de aquella experiencia, los jóvenes percibieron que un grupo podía, de hecho, nacer y florecer; y fue exactamente eso lo que ocurrió. El grupo creció de cuatro a más de veinte jóvenes, reuniéndose regularmente dos veces por semana. Con la autorización de la junta de la iglesia, ellos pasaron a conducir mensualmente el culto de sábado, se involucraron en acciones comunitarias y, al término de 2024, dos jóvenes se bautizaron, mientras que más de una decena continúa estudiando la Biblia.
Para algunos, los números pueden parecer modestos; sin embargo, solo aquellos que actúan en un contexto de poscristianismo logran dimensionar los profundos desafíos involucrados en la proclamación del evangelio en esos ambientes. Además, se trata de jóvenes intelectualmente preparados, cuya forma de dialogar con la Escritura difiere significativamente de los modelos tradicionales, exigiendo un elevado nivel de preparación exegética, teológica y pastoral. Aun así, por más cuidadoso que sea el esfuerzo humano, este se muestra insuficiente sin la obra del Espíritu Santo en la mente y en el corazón de esos jóvenes.
Fue como si Dios me estuviese diciendo: «No eres tú, ni lo que piensas que sabes; soy yo, actuando por medio de lo que aún no sabes». Aquel día, comprendí que yo no era más que un «sabiondo simplón». Aprendí que el peligro frecuentemente reside en las certezas no examinadas, que se revelan necias cuando son confrontadas con la realidad de estas nuevas generaciones.
El hecho es que experiencias personales dolorosas, sumadas a ese episodio, me enseñaron a depender de Dios y despertaron en mí el deseo de comprender mejor las complejidades, fragilidades y desafíos de las generaciones jóvenes contemporáneas.[2] Fue a partir de esa conciencia de incapacidad y vulnerabilidad que reaprendí dos principios fundamentales: ver a cada persona como portadora de la imagen de Dios y practicar la escucha atenta. Estos conceptos no son meras técnicas pastorales, sino «expresiones del propio carácter de Dios revelado en las Escrituras».[3]
A la imagen de Dios
La Biblia afirma de modo inequívoco: «Y creó Dios alhombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; hombre y mujer los creó» (Gén. 1:27). El concepto de imago Dei implica dignidad, valor y propósito intrínsecos. En el contexto adventista, Elena de White destaca que reconocer la imagen de Dios en las personas —con todas sus facultades mentales— es esencial para el ministerio educativo y pastoral: «La verdadera educación consiste en desarrollar esta facultad, en educar a los jóvenes para que sean pensadores y no meros reflectores de los pensamientos de otros hombres».[4]
Aun así, muchas veces nos sentimos incómodos al permitir que un joven piense por sí mismo y haga preguntas difíciles. Imperceptiblemente o no, olvidamos que esa persona fue creada a la imagen de Dios, con plena capacidad de pensar.
Ver a cada joven como imagen de Dios significa reconocerlo como alguien dotado de valor intrínseco, independientemente de su comportamiento, historial o madurez espiritual. Jesús ejemplificó esta postura al aproximarse a personas marginadas —incluyendo jóvenes—, no comenzando por la corrección moral, sino por el reconocimiento de su humanidad (Mar. 10:21; Juan 1:47). Él veía en las personas no solo lo que eran, sino aquello en lo que podrían convertirse al aceptarlo. De forma semejante, somos llamados a mirar a las personas —especialmente a los jóvenes de las nuevas generaciones— con la intención de despertar en ellos lo mejor; la respuesta, sin embargo, no depende de nosotros.
Como observa Dietrich Bonhoeffer: «Es solo porque Dios ve en el hombre más que la apariencia exterior que el amor se vuelve posible».[5] La imago Dei también apunta hacia el potencial moral y espiritual, permitiendo que cada joven se convierta en colaborador en el plan divino.
Algunas implicaciones
Reconocer la imagen de Dios en los jóvenes transforma profundamente el involucramiento con ellos:
• Los jóvenes tratados con respeto y dignidad, independientemente de errores pasados, tienden a trazar nuevos caminos.[6] Recuerdo a Timoteo (nombre ficticio), cuya apariencia y desinterés espiritual eran evidentes. Aun así, al ser tratado con dignidad, comenzó a percibir que Jesús podría ser la respuesta a su búsqueda.
• Los jóvenes necesitan espacios seguros. El teólogo Andrew Root observa que los ambientes en los cuales la identidad y la historia son valoradas favorecen el florecimiento espiritual.[7] El joven contemporáneo no rechaza necesariamente a Dios, sino a los ambientes percibidos como hostiles. Cuando encuentra un espacio seguro, donde no es juzgado negativamente, la transformación se inicia.
Una de las experiencias más significativas vividas en mi grupo de jóvenes fue la creación de un ambiente propicio al diálogo abierto y honesto durante las reuniones, realizadas en una de las salas de la iglesia. En este espacio, todos se sienten valorados por sus contribuciones, e incluso quien coordina la discusión se beneficia de la participación de cada uno.
• Los jóvenes han estado practicando el discipulado, muchas veces de forma implícita, pues este comienza en el reconocimiento del potencial divino, y no en la corrección inmediata de comportamientos. Pablo refuerza esta perspectiva al afirmar que todos son uno en Cristo Jesús (Gál. 3:28). Cuando los jóvenes son vistos como portadores de la imagen de Dios, el involucramiento con ellos deja de ser meramente instruccional y se vuelve profundamente relacional.
Escuchar atentamente
La Escritura asocia el escuchar atento con la verdadera sabiduría espiritual: «Inclina tu oído y oye los dichos de los sabios, aplica tu corazón a mi sabiduría» (Prov. 22:17). «Mis amados hermanos, quiero que entiendan lo siguiente: todos ustedes deben ser rápidos para escuchar, lentos para hablar y lentos para enojarse» (Sant. 1:19, NTV). Escuchar, a la luz de la Biblia, no es pasividad, sino un acto intencional de amor. En el ministerio de Jesús, el escuchar frecuentemente precede a la enseñanza (Luc. 24:17-19). Si deseamos alcanzar a los jóvenes hoy, necesitamos reaprender a escucharlos atentamente.[8]
Una investigación conducida en 2024 por Future of Faith reveló que la escucha atenta profundiza la fe, fortalece conexiones y crea apertura para el diálogo espiritual.[9] Curiosamente, incluso sin conocer estos datos en ese momento, la experiencia práctica con el grupo confirmó exactamente esos resultados. Muchos jóvenes se alejan no por rechazar a Dios o a la doctrina, sino por nunca haber sido verdaderamente escuchados. Escuchar atentamente, en el contexto adventista, implica comunicar valor antes de transmitir contenido, acompañar procesos espirituales y crear ambientes libres de juicio. Escuchar no significa concordar con todo, sino tomar en serio aquello que los jóvenes toman en serio. Esa escucha refleja al propio Dios, quien oye el clamor de su pueblo (Éxo. 3:7).
Un método que conecta en todos los contextos
Elena de White afirma: «Solo el método de Cristo será el que dará éxito para llegar a la gente».[10] El ministerio de Jesús era relacional antes de ser confrontativo. Él veía más allá de las apariencias (Juan 1:42), escuchaba profundamente y amaba antes de exhortar (Mar. 10:21). En El Deseado de todas las gentes, encontramos una de las afirmaciones más significativas para quien reflexiona sobre relaciones y misión: «El maravilloso amor de Cristo enternecerá y subyugará los corazones cuando la simple exposición de las doctrinas no lograría nada».[11]
Esta cita evidencia que, en el contexto misionero, el impacto genuino sobre las personas no depende solo de la transmisión de informaciones doctrinales, sino del testimonio vivo del amor de Cristo. Este patrón permanece normativo y esencial para la iglesia en su misión de alcanzar a las nuevas generaciones hoy. Así, la urgencia escatológica jamás debe suprimir la paciencia y el amor pastoral.
Conclusión
Alcanzar a las nuevas generaciones, en el contexto de la misión adventista, no significa abandonar nuestra identidad, sino vivirla plenamente. Restaurar la imagen de Dios y practicar la escucha atenta son expresiones concretas del evangelio eterno. Donde los jóvenes son vistos, escuchados y amados, el carácter de Cristo es revelado, y la misión avanza con poder y amor.
Sobre el autor: Estudiante doctoral de Nuevo Testamento en la Universidad Andrews.
Referencias
[1] Aunque se puede identificar ciertas similitudes culturales entre Sudamérica y Norteamérica, las diferencias entre estos contextos son más numerosas y significativamente más relevantes cuando se las reconoce como se debe. Para profundizar sobre el concepto de cultura y su importancia en el contexto de la misión cristiana, ver Paul G. Hiebert, Anthropological Insights for Missionaries (Grand Rapids, MI: Baker Academic, 1985).
[2] Si bien es posible identificar características que definieron a generaciones anteriores —como los Baby Boomers, por ejemplo—, muchos expertos evitan en la actualidad delimitarlas de manera rígida (Generación Z, Generación Alfa, etc.) principalmente por dos razones. La primera es temporal: las transformaciones culturales y tecnológicas se producen hoy a un ritmo mucho más acelerado que en décadas pasadas. La segunda se refiere al hecho de que estas generaciones coexisten e interactúan simultáneamente en la mayoría de los entornos sociales. Además, no se pueden ignorar dos factores que han ejercido una gran influencia en la juventud actual: la pandemia de COVID-19 y el impacto de las redes sociales. Mientras que la primera contribuyó a crear «un mundo nuevo», la segunda estableció una nueva forma de vida.
[3] Nicholas T. Wright, Scripture and the Authority of God (Londres: SPCK Publishing, 2013), p. 115.
[4] Elena de White, La educación (ACES, 2009), p. 17.
[5] Dietrich Bonhoeffer, Life Together (Londres: SCM Press, 1954), p. 36.
[6] Stanley Grenz, The Social God and the Relational Self (Louisville, KY: Westminster John Knox Press, 2001), p. 78.
[7] Andrew Root, Revisiting Relational Youth Ministry (Downers Grove, IL: IVP, 2007), p. 44.
[8] Josh Packard, en su libro Faithful Futures: Sacred Tools for Engaging Younger Generations (Grand Rapids, MI: Baker Academic, 2025), escribió algunas estrategias fundamentadas en investigaciones para ayudar a que los líderes cristianos comprendieran y se conectaran con las generaciones emergentes, especialmente en un contexto cultural y digital marcado por transformaciones rápidas.
[9] La investigación contó con más de 1100 jóvenes que respondieron sobre la importancia de la escucha atenta. Los resultados fueron: el 71 % afirmó haber experimentado una fe más profunda cuando se sintieron escuchados; un 74 % estuvo de acuerdo con que cuando alguien los escucha sin juzgarlos, sienten una conexión mayor con esa persona; 73 % relató que, al sentirse escuchados en una conversación sobre fe y espiritualidad, se volvieron potencialmente más abiertos a discusiones sobre esos temas en el futuro; 75 % indicó que, al ser escuchados, recibieron apoyo en sus luchas de desafíos espirituales, como dudas, desilusiones y sufrimiento. Disponible en: link.cpb.com.br/512ca7 (consultado el 25/3/2026).
[10] Elena de White, El ministerio de curación (ACES, 2008), p. 102.
[11] Elena de White, El Deseado de todas las gentes (ACES, 2008), p. 767.
