Si tuviera que elegir a los grandes líderes de la Biblia, sin duda el nombre de Moisés encabezaría la lista: sabio legislador, intercesor amoroso y profeta «poderoso en palabra y obra» (Hech. 7:22). Sin embargo, a pesar de sus notables cualidades administrativas, falló en un aspecto: su estructura organizativa era excesivamente centralizada. En un día cualquiera en el desierto, permanecía juzgando al pueblo «desde la mañana hasta la puesta del sol» (Éxo. 18:14). ¿Era esto un acto de autosacrificio? ¿Un esfuerzo adicional? Para su suegro, Jetro, fue un «error matemático».
El nombre Jetro, en hebreo, significa «excelencia». Él era un «sacerdote y príncipe de Madián que también adoraba a Dios» (Elena de White, Patriarcas y profetas [ACES, 2015], p. 253). Durante cuarenta años, Moisés vivió con Jetro, un período en el que Moisés aprendió la lección de la mansedumbre y el arte de cuidar de los demás. Sin duda, Moisés aprendió mucho de Jetro; aun así, necesitaba perfeccionar su método de trabajo. Tras visitar a Moisés en el monte Horeb y pasar un día con él, Jetro le aconsejó: «No haces bien. Acabarás agotándote del todo, tú y también el pueblo» (Éxo. 18:17-18). Con estas palabras, nos enseña que incluso los hombres de Dios tienen una necesidad constante de crecer, adaptarse y aprender. Afortunadamente, Moisés fue sensible y «prestó atención a las palabras de su suegro» (vers. 24). Los consejos y las «operaciones matemáticas» de Jetro fueron valiosos para Moisés y siguen siendo indispensables para el ministerio pastoral actual:
Añadir: incorporar a las personas adecuadas. Jetro instruyó a Moisés para que buscara «varones de virtud, temerosos de Dios, varones de verdad, que aborrezcan la avaricia» (vers. 21). Un buen liderazgo comienza incorporando a las personas adecuadas al proceso. No se trata de cantidad, sino de calidad. Los líderes eficaces comprenden que un crecimiento saludable requiere la presencia de personas comprometidas con los valores del Reino.
Restar: eliminar los excesos. Moisés se sentía abrumado al intentar resolver todos los problemas sin ayuda. Un liderazgo sabio aprende a eliminar lo que no es esencial. Esto incluye exigencias innecesarias, preocupaciones e incluso el orgullo de querer controlarlo todo. Por lo tanto, eliminar es un acto de humildad, bienestar y discernimiento.
Dividir: compartir responsabilidades. El consejo de Jetro fue claro: «Ponlos sobre el pueblo por jefes de mil, de cien, de cincuenta y de diez. Ellos juzgarán al pueblo en todo tiempo» (vers. 21-22). Compartir responsabilidades no debilita el liderazgo; al contrario, lo fortalece. Cuando un líder descentraliza y comparte la carga, favorece el desarrollo orgánico del grupo.
Multiplicar: generar nuevos líderes. El resultado final de este proceso es la multiplicación. A Moisés se le asignaron los casos más graves, mientras que los demás líderes se ocuparon de los más sencillos. Al delegar e invertir en otros, Moisés no solo resolvió un problema inmediato, sino que formó una estructura de discipulado duradera. Por lo tanto, el verdadero liderazgo no se mide por lo que el líder hace solo, sino por su capacidad para formar nuevos líderes.
Esta «matemática» debe replicarse en nuestro ministerio. Elena de White advirtió: «El Señor trabaja imparcialmente en favor de todas las partes de su viña. Son los hombres los que desorganizan su obra» (Elena de White, Testimonios para la iglesia [APIA, 1998], t. 7, p. 99). Que Dios nos dé sabiduría para no obstaculizar su organización.
Sobre el autor: Editor de la revista Ministerio, edición de la CPB
