Abordar el tema del liderazgo me lleva, inevitablemente, a recordar a una persona que marcó mis primeros pasos. Yo tenía 16 años cuando llegó al Instituto Superior Adventista de Misiones (Argentina) un nuevo director: el pastor Víctor Peto. Él era líder de Educación y de Jóvenes de la entonces Unión Austral. El lugar al que llegaba era un colegio pequeño, accesible por un camino de tierra, con un internado modesto y una institución en crisis. Pero fue justamente allí donde su liderazgo brilló con más fuerza.

A pesar de haber dejado una función mayor para asumir una más pequeña, su espíritu de servicio parecía inalterable. Su entrega, entusiasmo y disposición para servir me impactaron profundamente. Aquel líder no hablaba sobre liderazgo; lo vivía mediante el ejemplo. Lo vi dirigir, orientar y tomar decisiones. Pero también lo vi acercarse a los jóvenes, cortar el césped, ayudar en el comedor y dejar todo limpio después de un evento. Esta combinación de autoridad y humildad dejó una marca profunda en mi vida. Me mostró que liderar no es simplemente estar al frente, sino ponerse al servicio.

Jesús expresó esto con palabras que continúan siendo la definición más clara del liderazgo cristiano: «Porque el Hijo del hombre tampoco vino para ser servido, sino para servir» (Mar. 10:45). En el reino de Dios, liderar no es subir posiciones, sino descender en amor; no es ejercer dominio, sino reflejar el carácter de Cristo. Por eso, el verdadero liderazgo cristiano tiene características muy claras:

En primer lugar, es humilde. El líder siervo no se considera superior a los demás, aunque tenga responsabilidad sobre ellos. Sabe que toda autoridad es un encargo sagrado, y no una plataforma para exaltar el yo.

En segundo lugar, es un liderazgo que guía con el ejemplo. El pastor no enseña solo desde el púlpito; enseña por la manera en que trata a las personas, cómo escucha, cómo sirve y cómo reacciona en los momentos de tensión.

Además, el liderazgo cristiano es profundamente relacional. No trata a las personas como si fueran piezas de una estructura, sino como almas compradas por la sangre de Cristo. Se acerca a ellas, las acompaña, capacita y anima. No lo centraliza todo en sí mismo, sino que inspira a otros a servir. El líder siervo no crea espectadores, sino que forma discípulos. No busca que todos dependan de él, sino que todos crezcan en Cristo.

Aquí reside una de las grandes necesidades del ministerio pastoral hoy. No basta con hablar de liderazgo; necesitamos formar líderes para el servicio. Y este tipo de liderazgo no se transmite solo con teoría, se contagia con la vida. Muchos de nosotros fuimos impactados por hombres de Dios que nos mostraron, con sencillez y coherencia, lo que significa servir al Señor. Ahora nos corresponde a nosotros hacer lo mismo con aquellos que vienen después de nosotros: nuestros hijos, nuestros jóvenes, nuestros ancianos, nuestros líderes y nuestras iglesias.

Elena de White expresó: «El ministro no debe gobernar de forma imperativa sobre el rebaño que se le ha confiado para su cuidado, sino que debe ser un modelo a imitar y mostrarles el camino al cielo. Siguiendo el ejemplo de Cristo, debe interceder ante Dios por el pueblo que está a su cuidado hasta que ve que sus oraciones son respondidas» (Testimonios para la iglesia, t. 4, p. 264).

Esa es la esencia. El pastor está llamado a reflejar a Cristo. El mundo admira al líder que se destaca; el cielo honra al líder que sirve. Este es el tipo de liderazgo que Pablo nos invita a seguir: «Sean imitadores de mí, así como yo lo soy de Cristo» (1 Cor. 11:1). Aquí reside la verdadera fuerza del liderazgo cristiano.

Sobre el autor: Secretario ministerial para la Iglesia Adventista en Sudamérica