Cómo la iglesia puede formar jóvenes protagonistas de la misión
La iglesia contemporánea no enfrenta una crisis de juventud; enfrenta, en esencia, un desafío estructural de discipulado. Esta afirmación no busca simplificar la realidad, sino reposicionar la responsabilidad del liderazgo ante un cambio de paradigma.
A lo largo de la trayectoria ministerial, he percibido que los desafíos relacionados con las nuevas generaciones no nacen de una apatía espiritual intrínseca, sino de la brecha entre la cultura eclesiástica tradicional y la necesidad de un discipulado que sea, simultáneamente, intencional, cognitivamente relevante y profundamente relacional. Cuando el discipulado es frágil, las conexiones se vuelven superficiales; cuando es consistente, el joven deja de ser espectador y pasa a ser protagonista de la misión.
Este escenario adquiere relevancia estadística en Sudamérica. Según el sistema ACMS (2026), los jóvenes de entre 16 y 30 años representan cerca del 30 % de la feligresía, pero ocupan apenas el 18,5 % de las funciones de liderazgo y un escaso 7,2 % en el ancianato. Más que un desequilibrio numérico, estos datos revelan una crisis de representatividad funcional.
Necesitamos cuestionar: ¿son nuestras estructuras de liderazgo lo suficientemente flexibles para el dinamismo de las nuevas generaciones? Discipular, en este contexto, implica no solo «dar un cargo», sino asumir un «liderazgo llavero» —confiando las llaves de la autoridad a los más jóvenes y abriendo espacios de cogestión—. Es fundamental entender que un ministerio saludable se hace con los jóvenes, y no para los jóvenes, permitiendo que la energía de la juventud y la experiencia de los más adultos actúen en simbiosis, superando modelos burocráticos que ya no comunican propósito.
El corazón del discipulado
Tal vez la pregunta vital no sea «¿por qué los jóvenes se van?», sino «¿cómo estamos formando a los que se quedan?». La conocida orientación de Elena de White resuena con nueva urgencia: «La obra que más de cerca les toca a los miembros de nuestras iglesias es interesarse por sus jóvenes, porque necesitan bondad, paciencia, ternura, renglón sobre renglón, precepto sobre precepto».[1]
Esto exige una transición de la postura defensiva hacia una postura formativa. La misma autora nos recuerda: «Hoy tenemos un ejército de jóvenes que puede hacer mucho si es debidamente dirigido y animado».[2] No obstante, en el siglo XXI, esa «dirección» no ocurre por medio del comando y control, sino por la influencia ejercida tanto por líderes en la administración como por mentores cercanos.
Las nuevas generaciones poseen un «radar de autenticidad» altamente agudizado. Ellas no buscan adultos infalibles, sino adultos coherentes. El discipulado no comienza en el discurso del púlpito, sino en la transparencia de la vida cotidiana. Nuestra espiritualidad y la forma en que tratamos al prójimo son observadas e internalizadas como el único evangelio que muchos jóvenes estarán dispuestos a leer.
Como afirma el pastor Bill Hull, la misión central de la iglesia es hacer discípulos. Él define el discipulado como «la experiencia cristiana más amplia», «la vida continua del discípulo».[3] En un mundo de conexiones digitales hiperestimuladas e identidades fragmentadas, el discipulado ofrece aquello que el algoritmo no puede entregar: pertenencia. La formación espiritual no ocurre solo en ambientes formales; se desarrolla en la «transmisión de vida» que sucede en las conversaciones informales y en las decisiones compartidas. El discipulado es proximidad. Es invertir el activo más escaso de la modernidad: el tiempo.
Al escuchar a las nuevas generaciones, percibimos que el deseo no es el de una iglesia estéticamente «moderna», sino el de una comunidad visceralmente verdadera. Como destacan Kara Powell, Jake Mulder y Brad Griffin, la fe duradera nace de relaciones significativas.[4] El joven no solo quiere participar en un programa; quiere pertenecer a un organismo vivo. En este contexto, la imagen de la iglesia como familia se convierte en el modelo pedagógico más eficaz. Discipular implica conocer historias, ser empático con los dolores y celebrar sueños y conquistas. Exige el ejercicio de la escucha activa, un cuidado que transforma el involucramiento en pertenencia. Más que «hablar para» los jóvenes, necesitamos «caminar con» ellos, permitiendo, incluso, procesos de mentoría inversa, en los cuales el liderazgo adulto se dispone a aprender de la perspectiva y de la sensibilidad de las nuevas generaciones.
El discipulado también requiere confianza como parte del aprendizaje. El pastor Lucas Leys afirma que la iglesia debe ser un trampolín hacia la madurez. Esto significa ofrecer oportunidades reales de liderazgo, aceptando los riesgos del proceso en favor del crecimiento del individuo.[5]
Esta visión es ampliada por el pastor Stanley Arco al destacar las dimensiones de desafiar, integrar y cuidar. Desafiar conecta al joven con una causa mayor que él mismo; integrar fortalece la red de apoyo; y cuidar sustenta la jornada como un discípulo en crecimiento. El profesor Steven Argue añade que la fe se desarrolla mejor en ambientes de pertenencia, y no de desempeño.[6] Antes de exigir resultados
funcionales al joven, la iglesia debe acoger su humanidad.
La adoración colectiva y la centralidad de la Palabra completan este ciclo. Necesitamos una predicación bíblica que no solo informe, sino que responda a las dudas intelectuales y existenciales de las nuevas generaciones. El discipulado no es un evento aislado en el calendario; es un proceso continuo de vida compartida.
Conclusión
Identidad, liderazgo y discipulado están intrínsecamente ligados. La identidad define quién es el joven en Cristo; el liderazgo expresa ese llamado; y el discipulado es el método por el cual él madura. Ignorar la complejidad de este proceso es debilitar el futuro de la misión. La invitación que se presenta no es para inventar nuevas estrategias de enganche (o compromiso), sino para recuperar lo esencial: la relación como método y la vida como mensaje.
Las nuevas generaciones no son un problema que debe ser resuelto, sino la fuerza misionera de una iglesia que se rehúsa a envejecer espiritualmente. Dios ama tanto la vitalidad que, en el Cielo, la renovación será eterna. Nuestra tarea es vivir de forma coherente hoy, discipulando con intencionalidad, para formar una generación que no solo espere el futuro, sino que lo construya bajo la dirección de Dios, apresurando el encuentro con Cristo.
Sobre el autor: Líder del Ministerio Joven de la Iglesia Adventista para Sudamérica
Referencias
[1] Elena de White, Consejos para los maestros, padres y alumnos acerca de la educación cristiana (ACES, 2014), p. 39.
[2] Elena de White, Testimonios para los ministros (ACES, 2015), p. 53.
[3] Bill Hull, The Complete Book of Discipleship (Colorado Springs, CO: NavPress, 2006), p. 35.
[4] Kara Powell, Jake Mulder y Brad Griffin, Growing Young (Grand Rapids, MI: Baker Books, 2016).
[5] Lucas Leys, Liderazgo generacional (Dallas, TX: e625, 2017).
[6] Steven Argue, Sticky Faith Service Guide: Rooting Young People in the Church (Grand Rapids, MI: Zondervan, 2014).
