Hace algunos años, la Universidad Peruana Unión, en Lima, Perú, fue sede de la 13.ª edición del Simposio Bíblico-Teológico Sudamericano, cuyo tema fue «Discipulado: Teología y Praxis». Entre las conclusiones del encuentro, una se destaca por su sencillez y profundidad: «El discipulado es seguir a Jesús; es caminar con él desde la conversión y a lo largo de una vida de crecimiento y testimonio» (Mat. 16:24; Juan 15:1-8).

Esa definición muestra que el discipulado no es un programa de la iglesia, sino un estilo de vida. El propio ministerio de Cristo ilustra esta verdad: él pasó más tiempo formando a 12 hombres que predicando a las multitudes. Su estrategia para alcanzar al mundo fue invertir en un núcleo de seguidores, capacitándolos para dar continuidad a la misión. Por eso, el discipulado es un arte que involucra relación, influencia y multiplicación.

Corremos el riesgo de transformar el discipulado en un departamento más de la iglesia, junto a tantos otros. Bíbli­camente, sin embargo, él es el fundamento sobre el cual se organizan todos los ministerios. La Escuela Sabática, los grupos pequeños, el evangelismo público y los ministerios de servicio existen para conducir a las personas a una caminata más profunda con Cristo. El discipulado no es solo una prioridad entre otras, sino la estructu­ra que da propósito a todas ellas.

Esta comprensión encuentra sólido fundamento en las Escrituras. El verbo hebreo hālaj, generalmente traducido como «andar» o «caminar», aparece más de 1500 veces en el Antiguo Testamento. Aunque frecuentemen­te describe un desplazamiento físico, su uso más común es figurado, y se refiere al modo de vivir. Andar con Dios significa conducir la vida según su voluntad, teniéndolo como compañero de camino.

Por eso, después de liberar a Israel de Egipto, Dios invitó a su pueblo a andar en sus caminos y guardar sus man­damientos (Deut. 10:12-13; 26:17). No se trataba solamente de obedecer reglas, sino de vivir en constante comunión con el Señor. El discipulado bíblico, por lo tanto, no es una experiencia meramente intelectual o emocional, sino una caminata diaria con Dios.

El verbo hālaj está íntimamente ligado al sustantivo hebreo derej («camino»), que aparece cerca de 700 veces en el Antiguo Testamento. La Biblia presenta la vida como un viaje. El verdadero discípulo es aquel que elige recorrer el «camino del Señor», el «camino de la justicia» y el «camino de la vida», moldeando su conducta según los principios divinos (Gén. 18:19; Prov. 12:28).

Entre los personajes bíblicos, pocos ilustran esta realidad tan bien como Enoc. Dos veces las Escrituras afirman que él «anduvo con Dios» (Gén. 5:22, 24). En una generación marcada por la corrupción moral, Enoc desarrolló una relación tan profunda con el Señor que su vida se convirtió en un testimonio singular de santidad. ¿El resultado? «Dios lo llevó consigo». Esta no es una experiencia reservada a personajes bíblicos extraordinarios, sino la invitación divina a todo cristiano.

Tal vez tú estés más concentrado en programas que en personas, o en eventos que en el discipulado. Dios nos llamó a andar con él y, luego, a invitar a otros a seguir sus pasos. Menos escenario y más mesa; menos reflecto­res y más diálogo; menos discurso y más pastoreo. Elena de White escribió: «se ha equivocado en su vocación aquel que, entrando en el ministerio, no siente disposición para realizar la obra personal que demanda el cuidado de la grey» (Los hechos de los apóstoles [ACES, 2009], pp. 434-435).

¿Cómo responderás hoy a la invitación de Cristo: «Sígueme»?

Sobre el autor: Editor de la revista Ministerio, edición de la CPB