Fundamentos bíblicos y desafíos contemporáneos
El término «discipulado» nos conecta directamente con la misión que Jesús dejó a su iglesia: hacer discípulos (Mat. 28:19). En el Antiguo Testamento se encuentran las palabras talmid (1 Crón. 25:8) y limmud (Isa. 8:16; 50:4), traducidas como «discípulo» o «enseñados». Ya en el Nuevo Testamento, el vocablo mathetēs conlleva la idea de «aprendiz, pupilo, alumno, discípulo».[1] Tanto en el mundo griego como en el judaísmo del tiempo de Jesús, el discípulo era aquel que seguía a un maestro, aprendía de él y transmitía sus enseñanzas a otros.
En ese contexto, surge la pregunta: ¿cómo llega alguien a ser discípulo de Cristo? Según la Gran Comisión, esto implica la proclamación y la aceptación del evangelio, el bautismo y la obediencia a las enseñanzas de Jesús (Mat. 28:19-20). Ese patrón puede observarse a lo largo del libro de Hechos, en el que aquellos que recibían la Palabra creían, eran bautizados y pasaban a integrar la comunidad de los seguidores de Cristo (Hech. 2:41; 6:2; 14:21). Por lo tanto, bíblicamente, el discipulado es el proceso por el cual una persona es conducida a Jesús, formada por sus enseñanzas y capacitada para compartir la fe, cooperando en la formación de nuevos discípulos (Hech. 2:42; 14:22).
La madurez espiritual
Según Efesios 4:11 al 13, el objetivo del discipulado es perfeccionar a los creyentes, edificar el cuerpo de Cristo y conducirlos a la unidad de la fe y a la madurez espiritual. Ese crecimiento incluye el contenido teológico del evangelio, para que los cristianos no sean «niños fluctuantes, llevados por cualquier viento de doctrina» (vers. 14). Así, el discipulado busca formar creyentes maduros en Cristo, que aprendan diariamente a vivir de acuerdo con los principios bíblicos y sean capaces de distinguir entre la verdad y el error.
Dado que la madurez espiritual del discípulo está ligada a su madurez doctrinal, la pureza doctrinal era fundamental para la iglesia apostólica. Pablo exhortaba a los cristianos a conservar la doctrina que habían aprendido (2 Tes. 2:15), a cuidar de ella (1 Tim. 4:16) y a enseñar la sana doctrina (Tito 2:1). Además, los apóstoles advirtieron contra los falsos maestros (Hech. 20:28-30; Tito 1:10-11; 2 Tim. 2:17; 4:1-4; 2 Ped. 2:1-22; 2 Juan 1:1-7 y Jud. 1:1-4), cuyas enseñanzas eran «herejías destructoras» (2 Ped. 2:1). Pablo llegó incluso a orientar que los cristianos se apartaran de ellos (Rom. 16:17-18) y declaró anatema a cualquier persona que predicara otro evangelio (Gál. 1:8-9).
Una instrucción doctrinal adecuada busca llevar a los discípulos a reflejar el carácter del Salvador. Jesús lo expresó al decir: «El discípulo no es superior a su maestro. El que sea bien instruido será como su maestro» (Luc. 6:40). De esa forma, el discipulado —fundamentado en la Palabra de Dios— es un proceso de perfeccionamiento que conduce al creyente a llegar a ser semejante a Cristo, viviendo y pensando como él.
Los adventistas del séptimo día poseemos la verdad presente (2 Ped. 1:12), que debe enseñarse antes y después del bautismo. Así, los nuevos conversos podrán comprender el mensaje que hemos recibido y no pensarán que están ingresando en una iglesia más.
La necesidad de una instrucción adecuada
Algunos afirman que no es necesario enfatizar la instrucción doctrinal antes del bautismo, porque, en el Nuevo Testamento, el proceso de proclamación del evangelio era muy simple: las personas oían algo sobre Jesús e inmediatamente eran bautizadas. Sin embargo, esa conclusión exige cautela, pues la Biblia y el contexto profético presentan factores que es necesario considerar: (1) la preparación de los conversos en la iglesia apostólica; (2) la sociedad secular y posmoderna; (3) la sociedad pos «cuerno pequeño»; y (4) las recomendaciones de Elena de White. Analizaremos a continuación cada uno de esos aspectos.
1. La preparación de los conversos en la iglesia apostólica. Muchos de los bautizados en el Nuevo Testamento eran judíos o prosélitos (Hech. 2:11; 13:43), ya familiarizados con enseñanzas básicas, como el monoteísmo, las Escrituras y el sábado, entre otras doctrinas.[2] Por eso, la instrucción doctrinal se concentraba en presentar a Jesús como el Mesías.[3] Aun así, antes del bautismo siempre hubo enseñanza: Pedro predicó, y aquellos que aceptaron la Palabra fueron bautizados (Hech. 2:41-42); Felipe enseñó en Samaria y al eunuco etíope (Hech. 8:12, 35); Pedro instruyó a Cornelio y a su casa (Hech. 10:24-48); y Pablo y Silas enseñaron al carcelero de Filipos (Hech. 16:32-33). Aunque esa instrucción no siempre fuera extensa, existía un contenido teológico que era necesario aceptar antes de que alguien llegara a ser discípulo.
2. La sociedad secular y posmoderna. Desde la década de 1960, el posmodernismo ha ejercido una profunda influencia sobre la sociedad, especialmente en Occidente, difundiendo globalmente el relativismo y rechazando las verdades absolutas de las Escrituras.[4] Además, cuestiona las «metanarrativas»,[5] negando la Biblia como explicación suprema de la realidad y favoreciendo narrativas individuales que reinterpretan el pecado como un mero estilo de vida.
Como puede percibirse, este es un desafío singular que la iglesia enfrenta al evangelizar a las personas de nuestro tiempo, algo que no existía en el primer siglo. Ellas necesitan comprender que los presupuestos del posmodernismo no están en armonía con el mensaje bíblico. Para que esto suceda y lleguen a ser verdaderos discípulos de Jesús, es necesario comunicar con claridad la «metanarrativa» de las Escrituras: el plan de salvación y sus implicaciones. De lo contrario, corremos el riesgo de formar personas con una mentalidad secular y posmoderna, lo que puede generar serios problemas en el contexto de la iglesia.
3. La sociedad pos «cuerno pequeño». Pablo anunció la apostasía y la manifestación del «hombre de pecado», cumplidas en el desarrollo de la Roma papal, cuyo dominio se extendió por 1260 años (Dan. 7:25; Apoc. 12:6, 14; 13:5) y cuyos efectos aún persisten en el mundo religioso. Bajo el símbolo de Babilonia, el papado y sus iglesias hijas (Apoc. 14:8; 17:4-5) son descritos como responsables de embriagar a las naciones con falsas doctrinas (Apoc. 17:2), llevando a muchos al engaño.
Esa distorsión de la fe cristiana, desconocida en el primer siglo, hace indispensable que la Iglesia Adventista del Séptimo Día —el único pueblo que cumple las características distintivas de Apocalipsis 12:17 y 14:12— enseñe esas verdades con claridad bíblica dentro de la estructura profética del gran conflicto, ayudando a las personas a distinguir entre la verdad y el error. De lo contrario, algunos podrían integrarse a la iglesia sin abandonar ideas equivocadas heredadas de ese sistema religioso.
4. Las recomendaciones de Elena de White. Las instrucciones que la mensajera del Señor dio a la iglesia respecto del cuidado que debe tenerse con aquellos que serán aceptados por medio del bautismo son bastante claras y específicas. Ella enfatiza que «la preparación para el bautismo es un asunto que necesita ser considerado cuidadosamente. Los nuevos conversos a la verdad deben ser fielmente instruidos en el sencillo “Así dice el Señor”. La Palabra del Señor ha de ser leída y explicada a ellos punto por punto».[6]
Más adelante, afirma que «los candidatos para el bautismo necesitan una preparación más cabal. Necesitan ser instruidos más fielmente de lo que generalmente se los ha instruido. Los principios de la vida cristiana deben ser presentados claramente a los recién venidos a la verdad».[7] Ella insiste en la importancia de preparar bien a los candidatos al bautismo al declarar lo siguiente: «La prueba del discipulado no se aplica tan estrictamente como debiera ser a los que se presentan para bautizarse. Debe saberse si están simplemente tomando el nombre de adventistas del séptimo día, o si se colocan de parte del Señor para salir del mundo y separarse de él y no tocar lo inmundo. Antes del bautismo debe examinarse cabalmente la experiencia de los candidatos. […] Háganse sentir a los candidatos al bautismo los requerimientos del evangelio».[8]
En armonía con lo expuesto anteriormente, la Iglesia Adventista adoptó una posición oficial registrada en el Manual de la Iglesia. Esta establece que toda persona que desea unirse a la iglesia debe estar debidamente preparada. En la edición de 2025 se lee lo siguiente: «Los candidatos, individualmente o en una clase bautismal, deben recibir una cuidadosa instrucción, basada en las Escrituras, acerca de las prácticas y las Creencias Fundamentales de la iglesia, y las responsabilidades de los miembros. El pastor debería demostrar a la iglesia, a través de un examen público, que los candidatos han sido bien instruidos, que están listos para dar ese importante paso y que, por práctica y conducta, demuestran estar dispuestos a aceptar las doctrinas y los principios de conducta de la Iglesia, que son la expresión externa de esas doctrinas, porque “por sus frutos los conocerán” (Mat. 7:20)».[9]
Las personas deben ser bien instruidas para comprometerse con Jesús, apartarse del error y comprender claramente las implicaciones de la verdadera fe, a fin de permanecer fieles hasta el fin (Col. 1:23). Esto incluye, por ejemplo, recibir instrucción sobre la obra de Cristo en el santuario celestial (Heb. 8:1-2); cultivar una relación espiritual profunda con él (Juan 15:1-8); guardar los mandamientos de Dios (Juan 14:15); respetar el sábado (Éxo. 20:8-11); cuidar el cuerpo (1 Cor. 6:19-20); vivir en pureza moral (1 Cor. 5:9-10); y ser fiel en los diezmos y las ofrendas (Mal. 3:9-10). No es ético pedir que alguien abrace una fe que no conoce, sin que sus exigencias le hayan sido plenamente explicadas.
Conclusión
En el Nuevo Testamento, el discípulo es aquel que se convierte a Cristo, persevera en la fe y se multiplica en otros discípulos. También se observa la importancia de la instrucción doctrinal para el desarrollo de la madurez espiritual a lo largo de la vida cristiana. Esa instrucción bíblica es fundamental para el discipulado, tanto antes como después del bautismo. Antes, conduce al candidato a recibir a Cristo como Salvador, fundamenta su fe, corrige conceptos equivocados y lo libera del error; después, fortalece su identidad adventista, lo ayuda a permanecer firme en la fe, lo capacita para compartir el evangelio, defender sus creencias y vivir de acuerdo con la voluntad de Dios.
Sobre el autor: Líder de Escuela Sabática, Ministerio Personal, Evangelismo y Capellanía en la Unión Ecuatoriana.
Referencias
[1] James Strong, Nueva Concordancia Strong Exhaustiva de la Biblia (Miami: Editorial Caribe, 2002).
[2] Alfonso Ropero, Alfonso Triviño y Silvia Martínez, Diccionario Enciclopédico Bíblico Ilustrado (Barcelona: Editorial Clie, 2016), pp. 1286, 1287.
[3] Daniel Carro, José Tomás Poe y Rubén O. Zorzoli, Comentario Bíblico Mundo Hispano: Hechos (El Paso: Editorial Mundo Hispano, 1994), v. 18, p. 46.
[4] Por un análisis más profundo de los efectos del posmodernismo sobre la fe cristiana, ver Fernando Aranda Fraga, «La Escatología Secular Contemporánea: ¿Retorno a la inmanencia?», DavarLogos 3.1 (2004), pp. 52-55.
[5] Para profundizar estas ideas, ver Lloyd Pettiford y Melissa Curley, Changing Security Agendas and the Third World (Londres: Pinter, 1999), pp. 57-68 y Christopher Butler, Postmodernism: A Very Short Introduction (Oxford: Oxford University Press, 2002), pp. 13-16.
[6] Elena de White, El evangelismo (ACES, 2015), p. 310.
[7] White, El evangelismo, p. 310.
[8] White, El evangelismo, p. 313.
[9] División Sudamericana, Manual de la Iglesia (ACES, 2025), p. 57.
