Tres columnas del ministerio adventista
El ministerio adventista nació para cumplir la misión. Los primeros predicadores sabatistas eran hombres de sustento propio que cruzaban aldeas y ciudades para reunir al rebaño disperso y, en el camino, aún necesitaban trabajar en diversas actividades para ganar su propio pan. Jaime White vivió esto en la práctica. Para sostenerse a sí mismo y a la obra, segó heno, cargó piedras para el ferrocarril y cortó leña, sin dejar nunca de predicar.
La abnegación de los pioneros, sin embargo, tenía un costo. Hombres como John Loughborough y John Andrews trabajaban hasta el agotamiento para garantizar su sustento mientras viajaban para predicar, y otros, desanimados, llegaron a abandonar el puesto.[1] En medio de los desafíos, quedaba poco tiempo para la misión, y la obra avanzaba lentamente.
La situación comenzó a cambiar en 1859, cuando la iglesia de Battle Creek adoptó un plan de contribución regular conocido como Benevolencia Sistemática.[2] Con los miembros unidos en el sostenimiento del ministerio, fue posible enviar a los primeros pastores de dedicación exclusiva, que tenían un objetivo bien claro: alcanzar a quienes aún no conocían la verdad y levantar iglesias donde no había ninguna.
Desde el inicio, por lo tanto, el avance misionero y el cuidado de las personas caminaron juntos. Esa vocación se despliega en tres tareas: el pastor adventista es llamado a conquistar personas, capacitarlas y cuidar de ellas. Son las tres «C» del llamado, y todas sirven al mismo propósito: el avance de la misión.
El pastor como conquistador
La dimensión más antigua del ministerio es la del conquistador de almas. Fue para esto que la Benevolencia Sistemática le proporcionó al obrero condiciones de dedicarse exclusivamente a esa tarea, estando libre del trabajo secular: para que pudiera ir a donde nadie había llegado aún y conquistar a quien no había sido conquistado. Los primeros pastores de tiempo completo no fueron llamados a cuidar de lo que ya existía, sino a abrir camino donde todavía no había iglesia alguna. Ese era, por cierto, el propósito concreto de su envío: plantar iglesias en lugares no alcanzados. El obrero no salía para acomodarse en un rebaño ya formado, sino para formar un rebaño nuevo. Y cada iglesia organizada se convertía, a su vez, en una base para alcanzar la región que la rodeaba.
Elena de White volvió a este tema muchas veces, siempre con franqueza. El peligro que ella identificaba no era que el pastor trabajara poco, sino que concentrara sus esfuerzos en el lugar equivocado: «Nuestros pastores deben hacer planes sabios, como mayordomos fieles. Deben sentir que no es su deber revolotear sobre las iglesias que ya han sido levantadas, sino que deben estar haciendo una obra evangélica agresiva, predicando la Palabra y haciendo obra de casa en casa en lugares donde todavía no se ha oído la verdad».[3]
Su preocupación era práctica. Cuando el obrero se acomoda en congregaciones que ya conocen la verdad, surgen dos perjuicios al mismo tiempo: los campos nuevos quedan sin testimonio, y la propia iglesia atendida pierde el vigor. Elena de White llegó a advertir que tanto el pastor como la congregación acaban debilitándose cuando el ministerio se reduce a predicar para quienes ya están convertidos.[4] Es el trabajo de conquistar personas lo que mantiene el ministerio activo y orientado hacia aquellos que aún no conocen a Cristo.
El pastor como capacitador
Con el tiempo, las iglesias crecieron y surgió una demanda legítima de miembros más preparados. Las congregaciones comenzaron a pedir pastores que las ayudaran a madurar en la fe. Fue entonces cuando surgió una tensión que acompaña al ministerio adventista hasta hoy: un pastor fijo en una iglesia podría enfriarse en el evangelismo, mientras que la iglesia correría el riesgo de acostumbrarse a depender de él para todo.
La respuesta de Elena de White no fue apartar al pastor de la iglesia local, sino redefinir su actuación en ella. Junto a la congregación, su principal vocación es formar discípulos más que solo predicar: «Tan pronto como se organice una iglesia, ponga el ministro a los miembros a trabajar. Necesitarán que se les enseñe cómo trabajar con éxito».[5]
El objetivo sigue siendo evangelístico. Cada nuevo discípulo es, en el fondo, un misionero en formación, y corresponde al pastor prepararlo para alcanzar a otras personas. Por eso, la pionera afirmó que lo mejor que se puede hacer por una iglesia no es servirla para siempre, sino enseñarle a servir: «La mayor ayuda que pueda darse a nuestro pueblo consiste en enseñarle a trabajar para Dios, y a confiar en él, y no en los ministros. Aprendan a trabajar como Cristo trabajó».[6]
Vista así, la obra de capacitar no disputa espacio con la de conquistar; en realidad, es una manera de ampliar el evangelismo, porque pone a toda la iglesia en movimiento. Elena de White describía a la congregación local casi como una escuela de obreros, en la que los miembros aprenden, en la práctica, los métodos del trabajo misionero. El pastor que asume ese papel, en lugar de hacer todo solo, entiende que la mejor estrategia es preparar a otros para la misión. Aunque esto exija bastante trabajo al inicio, el resultado final será mucho más satisfactorio.
El pastor como cuidador
El tercer llamado del pastor —y, tal vez, el que más corre el riesgo de ser menospreciado en nombre de los otros dos— es a cuidar. Hay personas que necesitan ser visitadas, escuchadas y acompañadas de cerca, una casa a la vez. Ese cuidado no es una pausa en el evangelismo. Por el contrario, es una de las formas más eficaces de evangelizar.
Elena de White no separa ambas cosas. Para ella, el contacto personal, en el ambiente del hogar, muchas veces alcanza el corazón de un modo que no es posible en el púlpito: «La presentación de Cristo en la familia, en el hogar, o en pequeñas reuniones en casas particulares, gana a menudo más almas para Jesús que los sermones predicados al aire libre, a la muchedumbre agitada o aun en salones o capillas».[7]
Ella también insiste en recordar al predicador que el sermón no concluye el trabajo, sino que apenas lo inicia: «Cuando un ministro de la Palabra ha predicado un sermón, su trabajo apenas ha comenzado. Tiene que hacer obra personal. Debe visitar a la gente en sus casas, hablar y orar con ella con fervor y humildad».[8]
No es por casualidad que aquel primer plan de sustento, en 1859, ya preveía el amparo a los más vulnerables de la comunidad. Cuidar de las personas siempre formó parte de la misión adventista, y no debe ser considerado un mero apéndice de ella. La visitación no roba tiempo a la misión; lleva la misión hasta la puerta de cada persona, donde, al fin y al cabo, se toman la mayoría de las grandes decisiones.
Los tres al servicio de la misión
En la rutina de un pastor fiel, estos tres llamados no viven en compartimentos separados. Se sostienen mutuamente, y esto se traduce en decisiones concretas. El pastor puede organizar un itinerario de visitación que atienda las verdaderas necesidades de cuidado de la iglesia sin ocupar el espacio de la evangelización. Puede mantener un calendario de capacitación para las congregaciones de su región, preparando a los miembros para la misión, en lugar de solo predicarles semana tras semana. Y puede hacer todo esto sin perder de vista la razón de ser del ministerio: conquistar personas para Cristo.
Sobre el autor: Secretario ministerial asociado y director de Capellanía de la DSA
Referencias
[1] Kevin M. Burton, «Dupla Função», Revista Adventista, mayo de 2020, pp. 24-25.
[2] Richard W. Schwarz, Light Bearers to the Remnant (Mountain View: Pacific Press, 1979), p. 178.
[3] Elena de White, El evangelismo (ACES, 2015), p. 385.
[4] Elena de White, «Notes of Travel— No. 3: Chicago to St. Helena», Review and Herald, 9 de febrero de 1905, p. 8.
[5] White, El evangelismo, p. 355.
[6] Elena de White, Servicio cristiano (ACES, 2014), p. 75.
[7] Elena de White, Obreros evangélicos (ACES, 2015), p. 201.
[8] Elena de White, Los hechos de los apóstoles (ACES, 2009), pp. 299-300.
