¿Qué dicen las nuevas generaciones sobre ministerio y discipulado?
Lizzie Caroline
Soy de Pernambuco (Brasil), nacida y criada en un hogar adventista. Desde pequeña, estuve involucrada en las actividades de la iglesia, pero siempre llevé conmigo el deseo de ir más allá de lo común. En 2017, participé en el proyecto Un Año en Misión, en Recife, una experiencia que marcó profundamente mi comprensión de propósito y llamado.
En 2018, comencé a trabajar como abogada en la Asociación Pernambucana, donde serví por siete años. En 2025, recibí el llamado para desempeñarme en la Asociación Paulista Sur, en São Paulo, donde continúo actualmente.
A lo largo de esta trayectoria, he estado involucrada en diferentes ministerios, especialmente con Aventureros, Jóvenes y Conquistadores, áreas por las cuales tengo un gran cariño. No obstante, una de las mayores lecciones que aprendí fue que, más importante que tener preferencias, es estar disponible.
Hoy continúo asumiendo nuevos desafíos, con la convicción de que servir a Dios significa estar dispuesta a actuar donde la iglesia más lo necesita.
Daniel Tapia
Tengo veinticuatro años, soy de Perú y recientemente me gradué de Medicina en la Universidad Peruana Unión. Tengo el propósito de servir al prójimo de forma integral, promoviendo el cuidado en la salud física, mental y, especialmente, espiritual, al compartir el mensaje de Dios con todos.
Malena Gaona
Tengo veintiséis años y nací en Encarnación, Paraguay. Serví como misionera en proyectos de Un Año en Misión (2022) y del Servicio Voluntario Adventista (2024), desempeñándome como profesora de español. Soy una líder joven y, actualmente, participo en varios ministerios de mi iglesia local, como la comisión de jóvenes, el Ministerio de Comunicación y el Club de Conquistadores.
Me mantengo activa e involucrada en diferentes proyectos misioneros, dispuesta a servir donde Dios me llame. A lo largo de ese camino, Dios me permitió conocer a muchos jóvenes y, en las próximas líneas, deseo compartir lo que ellos piensan y sienten sobre los pastores y la iglesia
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João Argenton
Crecí en un hogar pastoral donde desde pequeño aprendí a dedicar tiempo, recursos y talentos a la obra de Dios. Las experiencias simples, como esperar largos periodos dentro de un automóvil hasta que termine una «corta» reunión de la junta de iglesia, o saludar a personas desconocidas en la iglesia, me enseñaron a amar la misión y a comprometerme con ella.
Con el pasar de los años, ese ambiente despertó en mí un claro sentido de llamado. Por la gracia de Dios, tuve la oportunidad de participar en misiones transculturales, incluyendo una experiencia en Guinea-Bissau que me marcó. Actualmente soy estudiante de Secundaria en el Instituto Adventista de Santa Catarina, y sigo convencido de mi llamado para el ministerio pastoral.
¿Qué espera la juventud adventista de sus pastores y de la iglesia? La palabra que mejor define esa expectativa es: apoyo. Los jóvenes están en una fase de descubrimiento de dones, talentos y propósito; y, en ese proceso, el papel del pastor es esencial. Más que líderes, ellos son mentores espirituales capaces de vislumbrar potencial donde, muchas veces, el propio joven todavía no logra verlo. Cuando un pastor apoya, no solo motiva: ayuda a direccionar destinos. Hablo de esto a partir de mi propia experiencia. Hubo líderes que me miraron y decidieron invertir: me incentivaron a participar en capacitaciones teológicas, cursos de plantación de iglesias y otros entrenamientos. Aun siendo una de las más jóvenes en algunos de esos ambientes, fui alentada a permanecer, aprender y crecer.
Esa inversión marcó toda la diferencia. Fue en ese contexto que surgió la invitación para participar en el proyecto Un Año en Misión, una experiencia que no solo fortaleció mi fe, sino también redefinió mi visión de vida y ministerio.
Hoy, puedo afirmar que ese cuidado e incentivo moldearon la manera en que percibo mi propia profesión. El Derecho dejó de ser solo un medio de sustento y se convirtió en un instrumento de misión. Mi desempeño profesional pasó a tener un propósito espiritual, una extensión de mi llamado. Por eso, es fundamental que los pastores y líderes comprendan: hay un potencial inmenso formándose en los jóvenes de la iglesia, pero ese potencial necesita ser cultivado.
Invierte tiempo. Invierte atención. Invierte oportunidades. Incluye a los jóvenes en entrenamientos, involúcralos en proyectos, desafíalos a salir de la zona de confort y confíales responsabilidades reales. El apoyo de un líder puede ser el punto de partida para que un joven no solo descubra lo que hace bien, sino también entienda para qué fue llamado.
Comprendo que discipular a un joven pasa, necesariamente, por la comunidad y el sentido de pertenencia. En el libro Cómo reavivar la iglesia en el siglo XXI, Russell Burrill presenta una verdad esencial: la iglesia debe ser un espacio que restaura comunidades a la imagen de Dios; comunidades marcadas por la interdependencia y no por el individualismo. Como el propio autor destaca, Dios no crea individuos aislados, sino una comunidad que refleja su naturaleza relacional.
Vivimos, sin embargo, en una cultura que valora la autonomía y el éxito individual. Es justamente en ese contexto donde surge uno de los grandes desafíos del discipulado de hoy: el choque generacional.
Las nuevas generaciones están inmersas en un ambiente digital, dinámico y acelerado. Se comunican, aprenden y se conectan de maneras diferentes. En este escenario, el papel del pastor no es competir con esa realidad, sino comprenderla y redimirla, convirtiéndose en un puente entre la verdad eterna y las nuevas formas de comunicación. Cuando hay disposición para escuchar, aprender y caminar juntos, el discipulado se vuelve relevante sin perder su esencia.
Al fin y al cabo, discipular va más allá de los métodos; implica vida en comunidad. No se trata solo de asistir a la iglesia, sino de vivir en mutua dependencia, reflejando el carácter de Dios en las relaciones.
El joven necesita estar inserto en un ambiente en el que no solo participe, sino en el que también se sienta necesario, conocido y cuidado.
Además de la comunidad, es indispensable reconectar a los jóvenes con la Palabra de Dios. La Biblia es una fuente inagotable de conocimiento, transformación y propósito. No obstante, la realidad es que muchos jóvenes dedican más tiempo a «desplazarse por el feed» que a profundizar en las Escrituras.
Ante esto, la iglesia necesita actuar con intencionalidad: ocupar esos espacios y usar la tecnología como aliada en la predicación del evangelio. Estar presente donde los jóvenes están, sin diluir el mensaje, es uno de los grandes desafíos, y también una gran oportunidad.
Por último, discipular a las nuevas generaciones no es solo enseñar; es caminar a la par. El joven necesita mirar a la iglesia y sentir: «Yo pertenezco a este lugar». Porque, al final, la nueva generación no necesita solo programas, sino personas: personas que caminen juntas, que inviertan y que revelen, en la práctica, el amor de Cristo.
Los jóvenes adventistas, a lo largo de los años, han enfrentado diversas dificultades en su caminar cristiano. En un mundo en el cual la religión es comúnmente motivo de desprecio o alejamiento, muchos buscan caminos que les permitan encajar en la sociedad. En este contexto, se espera que la iglesia ofrezca acogimiento, uniendo participación, enseñanza y aprendizaje, de modo que los jóvenes direccionen su vida hacia un propósito mayor: la salvación y la misión de llevar a otros a Cristo.
Cuando el joven se involucra activamente en las actividades de la iglesia, su sentido de pertenencia se fortalece. Sin embargo, muchos todavía se sienten distanciados o aislados, ya sea por diferencias de perspectiva en relación con las generaciones más experimentadas o por actitudes que suenan a juicio. Por eso, la enseñanza de la iglesia y del pastor debe ir más allá de la salvación y de la misión, incluyendo también aspectos prácticos de la vida, como la formación del carácter, el fortalecimiento emocional, el propósito y la orientación para las relaciones.
La iglesia, fundamentada en la Biblia, posee un vasto contenido capaz de atraer y edificar a los jóvenes.
Crear espacios donde ellos puedan expresar opiniones y sugerir ideas representa un avance significativo, pues valora su participación y su visión de mundo. En este proceso, el pastor ejerce un papel esencial al orientar cómo vivir de manera equilibrada en medio de los desafíos contemporáneos.
Para ello, es fundamental que el pastor se aproxime a los jóvenes, participando en sus actividades y comprendiendo su realidad, sus desafíos y su lenguaje. Esta proximidad favorece una comunicación más eficaz y permite direccionarlos mejor en la misión de alcanzar a otras personas.
Además, el pastor debe actuar como consejero, asumiendo, en muchos casos, un papel semejante al de un padre. Muchos jóvenes no tuvieron referencias familiares sólidas y encuentran en el liderazgo espiritual apoyo, orientación y ejemplo. Su postura, actitudes y testimonio influyen profundamente, pues los jóvenes aprenden no solo por lo que escuchan, sino también por lo que observan.
El camino para discipular a las nuevas generaciones pasa por enseñar la Palabra de Dios con fidelidad, vivir lo que se predica y caminar más cerca de los jóvenes. No basta solo con transmitir conocimiento de las Escrituras; es esencial construir relaciones de confianza, en las cuales haya diálogo, intercambio de ideas y aplicación práctica de los principios bíblicos en lo cotidiano: el trabajo, las amistades, el ocio y la vida de la iglesia.
Desde distintos puntos de vista, muchos jóvenes adventistas concuerdan en que esperan de sus pastores y líderes, por encima de todo, proximidad, interés genuino y autenticidad. No se trata solo de recibir enseñanzas, sino de sentirse escuchados, valorados y ser parte activa de la iglesia.
Se valora mucho cuando un líder se aproxima de forma real: cuando pregunta cómo está el joven, cuando lo acompaña en sus desafíos personales y cuando está presente más allá del púlpito. Esa proximidad genera confianza y abre puertas para un crecimiento espiritual más sincero.
Al mismo tiempo, los jóvenes esperan confianza en sus capacidades. Muchas veces, hay talentos que no se desarrollan por falta de oportunidades o por miedo a errar. En lugar de descartar a alguien en el primer intento, se espera corrección con amor, paciencia y orientación, comprendiendo que el crecimiento también involucra errores.
Otro aspecto clave es el ejemplo. Los jóvenes no solo quieren oír lo que deben hacer, sino ver vidas que reflejen a Cristo en la vida diaria: en la forma de tratar a los demás, en la empatía, en la alegría y en la coherencia entre lo que se dice y lo que se vive.
Además, hay una necesidad muy evidente de que la iglesia aborde los desafíos reales de esta generación, como la ansiedad, la presión social, la identidad y las luchas emocionales. Los jóvenes buscan una orientación espiritual que también sea práctica, actual y sensible a sus realidades.
En cuanto al discipulado, creo que este no debe basarse en ideas humanas, sino en principios bíblicos. El verdadero cambio comienza cuando Cristo está en el centro de la vida, pues es él quien transforma hábitos, pensamientos y decisiones.
El mayor modelo continúa siendo Jesús: él escogió a personas comunes, incluso desacreditadas por otros, pero vislumbró su potencial. ¡Él escogió a jóvenes! Por medio del amor, la paciencia y el tiempo compartido, los formó para una misión mayor. Por eso, discipular no es solo enseñar contenidos, sino también acompañar, caminar juntos, invertir tiempo, escuchar y guiar con amor. Se trata de una relación, no de un programa. Siguiendo el modelo de Cristo, el discipulado se convierte en una experiencia transformadora, tanto para quien guía como para quien es guiado.
Mucho se habla hoy sobre cómo alcanzar a las nuevas generaciones, pero, en la práctica, todavía existen algunas falencias. Al contrario de lo que mucha gente piensa, los jóvenes no esperan, ni necesitan, pastores bloggers, famosos o coaches espirituales. Tampoco se sienten atraídos únicamente por estructuras grandiosas o templos sofisticados. Lo que realmente llama la atención de la generación joven —de la cual formo parte— es la autenticidad y la transparencia. Las nuevas generaciones quieren líderes reales, no virtuales. No esperan líderes perfectos, sino personas que vivan de forma coherente con aquello que predican.
Además, los jóvenes quieren una iglesia acogedora, donde importen de verdad. Necesitan pastores de carne y hueso, que sientan y comprendan sus luchas, y caminen a su lado. Hombres de Dios que lideren con el ejemplo, y no solo con palabras; que, detrás de hermosos sermones, vivan lo que enseñan. ¡Esos son los verdaderos influencers!
Creo que la mejor manera de discipular a las nuevas generaciones es por medio de la amistad. Aunque esta respuesta parezca simple, es profundamente desafiante en la práctica. No hay medio más eficaz de alcanzar a un joven que siendo accesible y comprensivo, pues solo cuando se establecen vínculos de amistad se vuelve realmente posible hacer nuevos discípulos. Una vez formados, esos vínculos pueden durar por toda la eternidad.
En este contexto, un gran error que muchos cometen es intentar, por sí mismos, reformular o «arreglar» el pensamiento y el carácter del joven. Sin embargo, al hacer eso, terminan cerrando el corazón del oyente al mensaje. Debemos recordar que la obra de transformación del carácter requiere tiempo y pertenece al Espíritu Santo. Nuestra tarea en el discipulado es ser amigos y hacer el mensaje accesible por medio de nuestro ejemplo. El mayor desafío —y también el objetivo del discipulador— es hacer de la propia vida un memorial del amor de Dios.
