Principios para fortalecer la unidad
Uno de los factores esenciales para el éxito del liderazgo eclesial es la unidad. El liderazgo espiritual de la iglesia local, que incluye al pastor y a los ancianos, debe expresar unidad entre sus miembros. Este es el deseo de Dios para quienes están al frente de su iglesia en este mundo. En su oración sacerdotal, Cristo declaró: «Yo no estaré más en el mundo. Voy a ti, pero ellos quedan en el mundo. Padre santo, a los que me has dado guárdalos en tu nombre, para que sean uno, como lo somos nosotros» (Juan 17:11).
En el contexto de esta unidad mencionada por Cristo en su oración, Elena de White afirmó: «La unidad de la iglesia es la evidencia convincente de que Dios ha enviado al mundo a Jesús como su Redentor. Este es un argumento que los mundanos no pueden controvertir. Por lo tanto, Satanás está obrando constantemente para impedir esta unión y armonía, a fin de que los incrédulos, al presenciar la apostasía, la disensión y la contienda entre los que profesan ser cristianos, se disgusten con la religión y sean confirmados en su impenitencia».[1]
Una de las creencias fundamentales de la Iglesia Adventista del Séptimo Día es «La unidad en el cuerpo de Cristo». El libro Creencias de los adventistas del séptimo día declara: «La iglesia es un cuerpo constituido por muchos miembros, llamados de entre todas las naciones, razas, lenguas y pueblos. En Cristo, somos una nueva creación; las diferencias de raza, cultura, educación y nacionalidad, y las diferencias entre encumbrados y humildes, ricos y pobres, hombres y mujeres, no deben causar divisiones entre nosotros. Todos somos iguales en Cristo, quien por un mismo Espíritu nos unió en comunión con él y los unos con los otros; debemos servir y ser servidos sin parcialidad ni reservas. Por medio de la revelación de Jesucristo en las Escrituras, participamos de la misma fe y la misma esperanza, y damos a todos un mismo testimonio. Esta unidad tiene sus orígenes en la unicidad del Dios triuno, que nos adoptó como hijos suyos».[2]
En su oración, Cristo expresa el deseo de que sus discípulos —el núcleo de la iglesia cristiana— estén unidos. Esta unidad abarca una dimensión multifacética: antropológica, sociológica, eclesiológica y teológica. Sin embargo, sobre todo, su dimensión esencial es espiritual, porque se fundamenta en la unidad que prevalece en la Divinidad misma: «que sean uno, como lo somos nosotros» (Juan 17:11).
Liderazgo compartido
Cristo es el fundamento de la iglesia (Mat. 16:18); pero, en este mundo, es dirigida por seres humanos. Ya en tiempos del Antiguo Testamento, bajo el liderazgo de Moisés, Dios estableció un sistema de liderazgo más amplio para guiar a su pueblo (Éxo. 18:13-27), pues «durante su permanencia en el campamento, pronto Jetro vio lo pesadas que eran las cargas que recaían sobre Moisés. Era una tarea tremenda mantener el orden y la disciplina entre esa vasta multitud ignorante y sin experiencia. Moisés era su líder y legislador reconocido, y atendía no solo los intereses y deberes generales del pueblo, sino también las disputas que surgían entre ellos».[3] Posteriormente, la iglesia del Nuevo Testamento también adoptó un sistema de liderazgo compartido. Esto ocurrió en el momento del establecimiento del diaconado (Hech. 6:1-5).
El modelo de liderazgo de Dios para su iglesia es el liderazgo compartido. En la iglesia local, el pastor y los ancianos deben ser conscientes de que, para guiar a la iglesia en el cumplimiento de su misión, es esencial compartir su liderazgo. Como líder responsable de todo el distrito, el pastor no puede cargar solo con todas las responsabilidades de la iglesia. En el antiguo Israel, esta era, inicialmente, la mentalidad de Moisés (Éxo. 18:15-17).
En algunos distritos, especialmente al comienzo del ministerio, el pastor puede enfrentar dificultades para compartir el liderazgo espiritual con los ancianos. Sin embargo, a lo largo de su trayectoria ministerial, necesita asimilar el siguiente principio: «El liderazgo cristiano es un liderazgo compartido. Eso significa trabajar en un estilo que comparte y distribuye los diferentes papeles y funciones del liderazgo entre todos los miembros del grupo, de acuerdo con las capacidades de cada persona y su disposición para participar. Es el liderazgo que incentiva, que equipa y entrena cada paso en el grupo para la edificación y el desarrollo de la iglesia en el cuerpo funcional que Dios pretende que ella sea».[4]
El liderazgo implica relaciones
Cuando se ejerce un liderazgo compartido, las relaciones mutuas son una consecuencia natural. Al comienzo de su ministerio, Cristo llamó a sus discípulos para que estuvieran con él. Elena de White afirmó: «Jesús llamó a sus discípulos para enviarlos como testigos suyos, para que declararan al mundo lo que habían visto y oído de él. Su cargo era el más importante al cual hubiesen sido llamados alguna vez los seres humanos, y únicamente el de Cristo lo superaba. Debían ser colaboradores con Dios para la salvación del mundo. Así como en el Antiguo Testamento los doce patriarcas se destacan como representantes de Israel, así los doce apóstoles habrían de destacarse como representantes de la iglesia evangélica».[5]
Los relatos evangélicos dan testimonio de la comunión de Cristo con sus discípulos a lo largo de su ministerio (Mat. 9:19; Mar. 1:38; Luc. 6:12-19;Juan 2:1). En algunas ocasiones, los envió solos, pero, en la mayoría de los casos, siempre estuvo con ellos.
La colaboración entre pastor y ancianos requiere unidad y comunión. En la iglesia local, estos elementos son esenciales para un liderazgo marcado por el poder de Dios. Un liderazgo con este perfil motiva a la iglesia a avanzar cada vez más en el cumplimiento de su misión. Después de todo, la iglesia misma, como cuerpo de creyentes, refleja su liderazgo local. El siervo del Señor escribió: «Hemos de llevar a cabo toda nuestra obra en este mundo con armonía, amor y unidad. Debemos mantener el ejemplo de Jesús siempre delante de nosotros, andando en sus pisadas. La unión hace la fuerza, y el Señor desea que esta verdad se refleje siempre en todos los miembros del cuerpo de Cristo. Todos ellos han de estar unidos en amor, mansedumbre y humildad. Organizados como sociedad de creyentes con el propósito de combinarse y difundir su influencia, deben actuar como Cristo actuó. Siempre deben mostrarse cortesía y respeto unos a otros. Cada talento tiene su espacio y debe mantenerse bajo el control del Espíritu Santo».[6]
Tomando como referencia el ejemplo de Cristo con sus discípulos, es posible identificar dos dimensiones esenciales de esta colaboración en la iglesia local:
1. Relacion interpersonal. Es fundamental que el pastor reconozca que los ancianos son seres humanos marcados por las debilidades de la vida. Tienen familias que cuidar y, sobre todo, salvar. Son personas con diversos compromisos y que se enfrentan a las dificultades de la vida diaria. Por lo tanto, debe existir una relación cordial y respetuosa entre ellos. Lo contrario también es cierto: los ancianos deben compartir esta misma visión con el pastor. En este contexto, José Assan Alaby, doctor en Liderazgo, afirmó: «El liderazgo transformacional también implica las relaciones entre líderes y seguidores. Sin embargo, ambos se elevan a un nivel superior de motivación y moralidad, precisamente como resultado de esta interacción relacional».[7] Otro aspecto importante es que tanto el pastor como los ancianos deben ser conscientes de que Dios los ha llamado a pastorear el rebaño del Señor (cf. Hech. 20:28; 1 Ped. 5:2-3; Efe. 4:11-12).
2. Relación eclesiástica. En la iglesia local, el pastor y los ancianos son socios; ambos son líderes en la misma iglesia. El liderazgo del pastor abarca todo el distrito, mientras que el liderazgo de los ancianos se centra en la iglesia local. Respecto del anciano, se afirma que «debe ser reconocido por la iglesia como un fuerte líder religioso y espiritual, y debe gozar de buena reputación tanto dentro de la iglesia como en la comunidad. El anciano es el dirigente religioso de la iglesia en ausencia del pastor y, por precepto y ejemplo, debe procurar continuamente conducir a la iglesia hacia una experiencia cristiana más profunda y plena».[8]
Por lo tanto, el pastor y los ancianos ejercen el liderazgo espiritual en la misma comunidad. Naturalmente, pueden surgir desacuerdos en ciertas situaciones dentro de la iglesia. Cuando esto ocurre, deben abordarse y superarse de manera cristiana, con espíritu de diálogo, humildad y respeto mutuo.
En este contexto, a modo de ejemplo, es fundamental que el pastor, antes de la reunión de la Junta directiva de la Iglesia, comparta el orden del día con los ancianos. No se trata de un plan para presentar algo ya preparado y definido. Al contrario, se trata de organizar, de forma clara y equilibrada, los puntos del orden del día, para que haya orden, coherencia y armonía en el desarrollo de la reunión.
Lamentablemente, en algunas iglesias, la reunión de la Junta directiva ha sido escenario de acaloradas discusiones, debido a la dificultad de algunos miembros para escuchar y dialogar respetuosamente ante opiniones divergentes.
Esto no debería ocurrir entre los directores de los departamentos y ministerios de la iglesia, mucho menos entre el pastor y los ancianos. En una reunión de la Junta directiva, ver a pastores y ancianos discutiendo sobre asuntos, a menudo insignificantes, es un pésimo ejemplo para los demás miembros de la junta y, en última instancia, para toda la iglesia.
En muchos casos, esta situación se produce por no realizar una reunión previa para coordinar y ajustar el orden del día.
En el contexto de la iglesia local, especialmente cuando el pastor es nuevo en el distrito, es importante que el anciano lo ayude a comprender la realidad de la iglesia. Después de todo, teóricamente, durante los próximos cuatro años, el pastor será el líder principal de esa comunidad.
Sugerencias prácticas[9]
Dirigir la iglesia implica un aprendizaje y una experiencia que se desarrollan a diario. El liderazgo cristiano exige la aplicación práctica de la teoría a la práctica. Respecto de pastores y ancianos:
• Reúnete regularmente como equipo para orar y abordar los desafíos de la iglesia.
• Siempre que sea posible, organicen juntos las siguientes actividades: predicación, visitas pastorales, capacitación, reuniones administrativas, entre otras.
• Mantengan una visión integral del progreso de cada departamento y ministerio de la iglesia, especialmente del proceso de discipulado, como elemento central.
• Presten especial atención a los niños, adolescentes y jóvenes, en particular a los recién bautizados y a aquellos que, lamentablemente, se están alejando de la iglesia.
• Analicen y planifiquen estrategias para involucrar a todos los miembros en el cumplimiento de la misión.
• Organicen los servicios de adoración, asegurándose de que se lleven a cabo correctamente.
• Presten atención a la planificación de las actividades de la iglesia y a las directrices de la Asociación/Misión.
• Ajusten el plan del Ministerio de Mayordomía según sea necesario y evalúen la administración de los recursos financieros de la iglesia.
Conclusión
Los tiempos actuales requieren líderes cristianos dispuestos a trabajar en equipo. Esto valora a las personas, con sus talentos y dones. La iglesia es una comunidad que debe crecer en todos sus ámbitos, y este crecimiento exige la participación conjunta de todos. En la iglesia local, la obra florece cuando el pastor y los ancianos se unen en favor del crecimiento de la iglesia, especialmente en su espiritualidad. John Maxwell, experto en liderazgo, afirmó: «Cuando se trata de crecimiento, es mejor volar juntos que intentar emigrar solos al sur»;[10] porque, como alguien dijo una vez: «Trabajar en equipo divide el trabajo y multiplica los resultados».
Cristo oró para que sus discípulos fueran uno, así como él y el Padre son uno. La respuesta a esa oración puede darse incluso hoy en tu distrito pastoral, a través de la relación entre tus ancianos y tú. ¡Piénsalo!
Sobre el autor: Editor en la Casa Publicadora Brasileña
Referencias
[1] Elena de White, Testimonios para la iglesia (APIA, 1998), t. 5, p. 583.
[2] Asociación Ministerial, Creencias de los adventistas del septimo dia (ACES, 2024), p. 246.
[3] Elena de White, Patriarcas y profetas (ACES, 2015), pp. 307-308.
[4] Asociación Ministerial, Guia del ancianato (ACES, 2026), p. 69.
[5] Elena de White, El Deseado de todas las gentes (ACES, 2015), p. 258.
[6] Elena de White, Principios para lideres cristianos (ACES, 2024), p. 53.
[7] José A. Alaby, «Líderes Devem Ser Filósofos?», en Lideranca: Uma Questao de Competencia, ed. por Jayr F. de Oliveira y Robson M. Marinho (Saraiva, 2005), p. 27.
[8] Asociación Ministerial, Manual de la Iglesia (ACES, 2025), p. 91.
[9] Estas sugerencias fueron extraídas y adaptadas del artículo «Equipe pastor-ancião», Revista do Anciao 3 (2021), pp. 8- 9.
[10] John C. Maxwell, A Jornada do Sucesso (Mundo Cristão, 2000), p. 127.
