Como pastores, al recibir la responsabilidad de cuidar de un distrito o ejercer otra función ministerial, naturalmente deseamos ver la obra avanzar: nuevos miembros, nuevas iglesias y nuevos lugares alcanzados por el evangelio. No obstante, existe una pregunta que no siempre nos hacemos: ¿cuál es el mayor legado que puedo dejar como pastor? La respuesta puede resumirse en una frase simple: el mayor legado de un pastor es otro pastor.
Esto no significa que las iglesias, los bautismos o los nuevos proyectos no sean importantes. Al contrario, tienen un gran valor. Pero todo eso necesita continuidad. Y la continuidad de la misión depende de personas llamadas por Dios, preparadas para servir y dispuestas a llevar adelante su obra.
En la Biblia, los grandes siervos de Dios dejaron a otros siervos. Moisés dejó a Josué. Él no solo condujo al pueblo, sino que preparó a alguien para continuar la misión. Elías dejó a Eliseo. El profeta encontró a un joven arando la tierra, lanzó sobre él su manto y lo llamó al servicio profético. Pablo dejó a Timoteo, a Tito y a otros obreros. Su ministerio no fue solitario; fue multiplicador. Por eso, escribió: «Me has oído enseñar verdades, que han sido confirmadas por muchos testigos confiables. Ahora enseña estas verdades a otras personas dignas de confianza que estén capacitadas para transmitirlas a otros» (2 Tim. 2:2, NTV).
Elena de White destacó que los ministros más experimentados tienen la responsabilidad de invertir en la formación de jóvenes obreros: «Y nuestros pastores deben dar mucha atención al asunto de ayudar y educar a los obreros jóvenes» (Obreros evangélicos, p. 77). Observa que ella no dice que los predicadores deberían hacer eso solo si tuviesen tiempo. Ella afirma que deben dedicar mucha atención a este asunto.
La pregunta, entonces, es: ¿de qué manera podemos dejar a otro pastor como legado? Primero, es necesario asumir esa misión como un propósito de vida y ministerio. Cada distrito, cada iglesia y cada institución deberían convertirse en espacios para descubrir vocaciones al servicio de la misión.
También necesitamos orar por discernimiento. El llamado proviene de Dios. Por eso, el pastor debe pedir: «Señor, abre mis ojos para vislumbrar lo que tú ya estás haciendo en el corazón de algún joven». Cuando un joven demuestra amor por la Biblia, sensibilidad espiritual, pasión por las personas, fidelidad en las pequeñas cosas y disposición para servir, debemos actuar de forma intencional. Una invitación puede despertar una vida. Una palabra de confianza puede impactar a una generación.
Además, necesitamos ofrecer oportunidades. El ministerio se aprende observando, practicando y siendo acompañado. Muchos llamados maduran cuando alguien abre espacio, confía, orienta y camina a la par.
Por último, necesitamos alentar a otros jóvenes. No se trata de fabricar llamados humanos, sino de ayudar al joven a escuchar la voz de Dios y discernir si el Señor lo está llamando al ministerio.
Debemos preguntarnos: «Cuando yo deje este distrito o esta responsabilidad, ¿quién se habrá aproximado al ministerio por mi influencia?». El legado más sagrado será mirar hacia atrás y decir: «Señor, por tu gracia, ayudé a alguien a escuchar tu llamado».
Al fin y al cabo, un pastor que forma a otro pastor está sembrando el futuro de la iglesia. Un pastor formado para servir a Cristo puede bendecir a generaciones, proclamar el evangelio eterno y preparar a muchos para encontrarse con el Señor en su venida.
Por eso, vale la pena repetir: el mayor legado de un pastor es otro pastor.
Sobre el autor: Secretario ministerial para la Iglesia Adventista en Sudamérica
