La vida tiene de esos momentos impredecibles en que un mensaje providencial cambia nuestra manera de ver determinadas situaciones. Recuerdo uno de ellos. Estaba agotado, intentando llegar al kilómetro 17 de una media maratón. El aire caliente golpeaba mi rostro y me estaba costando llegar a la meta. Y fue en ese instante cuando sucedió. Un corredor que estaba delante de mí tenía escrita la siguiente frase en la parte de atrás de su remera: «Ir más lento no siempre es quedarse atrás».
Podemos aplicar esa frase a la noble y desafiante tarea de hacer discípulos. En un mundo acelerado, que rinde culto a la velocidad y frecuentemente confunde rapidez con eficiencia, como ministros debemos recordar que «el corredor más veloz no siempre gana la carrera» (Ecl. 9:11, NTV). No existen soluciones mágicas en ningún ámbito de la vida. Tampoco las hay en el discipulado. Con facilidad, valoramos más los resultados que el proceso, olvidándonos de que ambos son indispensables. El discipulado, como toda gran victoria espiritual, exige planificación, oración, trabajo, paciencia, más oración y más dependencia de Dios.
En Mateo 28:19, Jesús ordena que primero hagamos discípulos y después los bauticemos. El orden de los factores altera la calidad de la membresía. Un principio básico que ningún pastor debe olvidar es que el bautismo debe ser precedido por la instrucción doctrinal. Elena de White afirmó: «La prueba de discipulado no se aplica tan estrictamente como se debiera a quienes se presentan para el bautismo. Debe saberse si los que profesan estar convertidos están sólo adoptando el nombre de adventistas del séptimo día, o si están tomando su posición del lado del Señor para salir del mundo y separarse y no tocar cosa inmunda. Cuando den evidencia de que entienden plenamente su situación, han de ser aceptados. Pero cuando revelen estar siguiendo las costumbres, modas y sentimientos del mundo, deben ser tratados con firmeza. Si no sienten ninguna preocupación por cambiar su conducta, no deben ser retenidos como miembros de iglesia. El Señor desea que aquellos que componen su iglesia sean verdaderos y fieles administradores de la gracia de Cristo» (Testimonios para los ministros [ACES, 2013], p. 144). A su vez, el Manual de la Iglesia (p. 57 de la edición 2025) establece que los candidatos al bautismo deben recibir una cuidadosa instrucción acerca de las creencias fundamentales.
En ese aspecto, la ética pastoral también entra en acción. No es apropiado bautizar a alguien sin explicarle, con claridad, los privilegios y las responsabilidades de ser discípulo. No es posible bautizar a alguien y, semanas después, explicarle sobre mayordomía o por qué creemos que Elena de White fue profetisa. Ir más despacio no significa quedarse atrás. En contrapartida, apresurarse y formar discípulos sin la debida madurez espiritual es un gran retroceso. Los resultados inmediatos son tentadores, pero frecuentemente producen discípulos incompletos, miembros inestables y propensos a abandonar la iglesia.
Por medio de la visitación, del estudio de la Biblia, de la formación de líderes y, sobre todo, por el poder del Espíritu Santo, seamos agentes de discipulado. ¡Dios y su iglesia nos necesitan!
Sobre el autor: Director de Ministerio, edición de la ACES
