Ideas contemporáneas que amenazan nuestra identidad
Roger Scruton (1944-2020) fue uno de los filósofos, escritores e intelectuales más influyentes del Reino Unido en las últimas décadas. Afirmaba que la cultura es un depósito de conocimiento ético.[1] Para el pensador británico, la cultura es la memoria acumulada que nos revela quiénes somos y nos indica cómo debemos vivir. En ese sentido, la identidad no es algo que la persona construye de forma aislada o puramente autónoma (como sugiere el liberalismo moderno), sino algo que se recibe y se cultiva mediante la pertenencia a una comunidad, que posee su propia cultura. Por eso, una de las tragedias de nuestro tiempo es la pérdida del «hogar espiritual», el abandono de la comunidad.
Al hablar sobre la cultura, es importante ser conscientes de los peligros de la oikofobia,[2] es decir, el rechazo de la propia herencia y el desprecio por la cultura local y por las instituciones tradicionales. Se trata de lo opuesto de la oikofilia, el amor al hogar y la disposición a proteger aquello que es «nuestro», movidos por un sentido de pertenencia y responsabilidad.
Y ¿cómo se produce el rechazo de la propia herencia? Primero surge el desprecio por lo que es local: el individuo oikófobo se aleja de su comunidad de origen para parecer «ilustrado» y «diferente». Luego viene la búsqueda de lo ajeno: culturas, sistemas e ideologías exóticas pasan a ser idealizados simplemente por no ser los propios, mientras nuestras tradiciones son sometidas a un juicio severo e implacable.
Más adelante ocurre el ataque a la tradición: símbolos, ritos y enseñanzas que estructuran la vida comunitaria son debilitados o suprimidos; las instituciones son desmanteladas y la memoria colectiva es desacreditada, dejando al pueblo vulnerable, errante y desarraigado, sin el hogar espiritual que sostiene su identidad y su vocación moral.
Las instituciones —de la religión al sistema educativo— son percibidas por el oikófobo como estructuras de opresión que necesitan ser demolidas, en lugar de legados sagrados que deben ser reformados con prudencia y preservados para las generaciones futuras. La cultura del rechazo mantiene a la persona en una perpetua rebeldía adolescente.
Pérdida de identidad
Toda denominación religiosa nace de un oikos, de un hogar espiritual: un conjunto de doctrinas, himnos, ritos y formas de piedad que confieren sentido y cohesión a la comunidad. Con el paso del tiempo, sin embargo, puede producirse un proceso de erosión: la pérdida de la identidad. ¿Cuál es su síntoma? Comienza cuando el pueblo pasa a considerar sus propias tradiciones como «anticuadas» o «limitadas» frente a las corrientes del mundo secular o de movimientos más populares. Surge, entonces, un extraño impulso posmoderno de despreciar la propia casa y de renegar de la herencia recibida para ser aceptado por el «mundo» exterior. Se busca lo que es «innovador», lo que es «relevante» y, en ese proceso, se abandona la fidelidad que sostiene la comunión y la vocación.
Lo que sucede a continuación es la deconstrucción sin reconstrucción. El oikófobo puede ser hábil en la crítica, pero se vuelve incapaz de edificar. Ataca a los pioneros y a los principios fundadores de la denominación. Bajo la bandera de la «actualización» y de la «relevancia», desmonta la herencia doctrinal hasta dejar a la comunidad habitando una casa sin paredes. La consecuencia es que una denominación que reniega de su propia historia pierde su autoridad moral y su razón de existir. Al fin y al cabo, si nos igualamos al mundo que nos rodea, ¿qué necesidad hay de mantener una identidad propia y proclamar el mensaje del pueblo remanente de Dios?
El paso siguiente es abandonar la doctrina y abrazar un sentimentalismo universal. El oikófobo prefiere lealtades abstractas y universales en lugar de compromisos locales y concretos. Así, en la iglesia, las doctrinas distintivas se dejan de lado, dando lugar a un «vago amor universal» o a un activismo social desarraigado, que no exige compromiso con una fe específica.
Esto sucede porque la oikofobia prospera en la amnesia histórica. El olvido de los sacrificios hechos por los pioneros lleva a las nuevas generaciones a despreciar su herencia. Sin la memoria de lo que sucedió, y sin el recuerdo de aquellos que construyeron ese legado, no puede haber un futuro saludable ni una identidad sólida.
Cultura del reino
El adventismo es, en esencia, una cultura del reino: un depósito de verdades proféticas y de un estilo de vida que nos ofrecen un hogar y dan sentido a nuestra existencia. Sin embargo, vivimos bajo la presión de la posmodernidad, que procura transformar al pastor en un gestor de eventos, un motivador de multitudes o un innovador permanente. Si nos convertimos en esto se corre el riesgo de olvidar la casa de origen. Cuando la identidad se vuelve líquida y sujeta a reinvenciones continuas, el pueblo se desorienta y pierde de vista el rumbo de su vocación.
Y si estamos ante una crisis de identidad —o de oikofobia—, ¿qué debemos hacer? En esta reflexión, propongo que contemplemos la figura de Esdras, un líder singular y erudito consagrado. El propio Artajerjes, rey de Persia, lo llama «escriba erudito en la ley del Dios del cielo» (Esd. 7:12). Esdras comprendió, como pocos en su época, que la libertad del pueblo de Dios no consiste en la asimilación cultural, sino en la recuperación de su identidad espiritual.
Esdras no volvió de Babilonia con un programa de novedades, sino con un proyecto de restauración. Su preocupación no era hacer algo nuevo, sino recuperar aquello que se había perdido. Su identidad no se fundamentaba en la originalidad, sino en la fidelidad.
Al regresar a Jerusalén, Esdras enfrentó una grave crisis: el pueblo seguía siendo «judío» de nombre, pero había perdido el conocimiento ético de su fe. Se trataba del «síndrome de Babilonia»: se mezcló con las naciones, olvidó el lenguaje de la promesa y asimiló costumbres ajenas a su herencia. No quedaban muchos vestigios del oikos; al contrario, reinaba la oikofobia.
Para fortalecer la identidad, Esdras no recurrió a un nuevo plan de marketing ni a una estrategia compleja. En cambio, propuso un proyecto de restauración compuesto por tres pasos sorprendentemente simples, fundamentales para todo pastor, teólogo y administrador en tiempos de pérdida de identidad. Esos tres pasos están condensados en Esdras 7:10: «Porque Esdras había aplicado su corazón a investigar la ley del Señor, a cumplirla, y a enseñar a Israel sus estatutos y normas».
La expresión «había aplicado su corazón» describe un acto de profunda reorientación espiritual. Esdras no se contentó con una religiosidad superficial; deseó vivir en plena armonía con Dios, buscando sabiduría para cumplir su voluntad.
Estudio, práctica y enseñanza
A continuación, el texto presenta un «triángulo» formado por tres acciones: investigar, practicar y enseñar. El mensaje es claro: para que una identidad resista a la modernidad líquida, necesita la solidez de una tradición que no solo sea conocida, sino también vivida y transmitida.
1. Investigar es una responsabilidad intelectual. Esa actitud va mucho más allá de una actividad académica pasiva, como estudiar o indagar. Esdras dispuso el corazón para estudiar la Ley, es decir, para cultivar una profunda pasión por la Palabra de Dios, que organiza el tiempo, define el modo de vida, orienta los propósitos vocacionales y fortalece el celo tanto por las relaciones como por la misión.[3]
Esdras personifica al hombre y a la mujer de Dios que se destacan en el conocimiento de la Ley divina porque están enteramente comprometidos en estudiarla y enseñarla, conscientes de que, antes de proclamar «Así dice el Señor», es necesario conocer profundamente «lo que dice el Señor».[4]
Recordemos que Esdras era escriba. Los sacerdotes y escribas no recibían revelación directa de Dios, a diferencia de los profetas y apóstoles. Su función era interpretar y enseñar la revelación ya concedida.[5] Así, la «investigación» de Esdras no fue mera erudición; fue un acto de fidelidad. Se preparó por medio del conocimiento profundo de la Ley para conducir al pueblo a la obediencia a Dios, sabiendo que el liderazgo legítimo nace de la fidelidad a la Palabra recibida.
La identidad adventista se fortalece cuando pastores, teólogos y administradores se rehúsan a contentarse con clichés doctrinales. Necesitamos volver al tesoro de la Palabra para redescubrir nuestra relevancia profética; esto exige un estudio serio, profundo y perseverante. Pero es necesario mantener el equilibrio: la erudición sin piedad práctica degenera en arrogancia, mientras que la piedad práctica sin estudio puede transformarse en fanatismo. Esdras integró esas dos dimensiones en el rigor de la investigación de las Escrituras, en un compromiso que moldea la mente, el corazón y la comunidad.
Investigar es volver a la Fuente. Esto es de suma importancia: el pastor que deja de ser discípulo de la Palabra pierde el derecho de ser maestro de la iglesia. Además, la crisis de identidad comienza cuando sustituimos el rigor del «Así dice el Señor» por la comodidad del «Así piensa el mundo». Esdras no buscaba información para completar un sermón o redactar un informe; buscaba fundamentos para sostener a una nación en ruinas.
2. Practicar es la responsabilidad ética. El verbo «cumplir» (vers. 10) denota la aplicación de la Ley divina a la vida, y no su mera comprensión teórica. Esdras no solo estudió la Ley del Señor; la puso en práctica. El término implica una decisión deliberada de vivir en conformidad con aquello que la Ley prescribe.
El conocimiento ético se pierde cuando no se aplica en lo cotidiano. Por eso, «practicar» remite a la obediencia. La identidad no se sostiene solo por lo que proclamamos desde el púlpito, por lo que enseñamos en las aulas o por lo que deliberamos en los concilios. No. La identidad se preserva por lo que hacemos en la oficina administrativa, en el distrito pastoral, en la universidad, en la editorial, en los estudios de TV y radio, en el hospital, en la vida privada y en todos los demás ambientes en que servimos. La coherencia —la congruencia entre doctrina y conducta— es la única apologética que la cultura contemporánea reconoce y respeta.
Todo esto conlleva un peligro: una administración, una teología y un ministerio pastoral pragmáticos, que sacrifican principios en nombre de la conveniencia, destruyen la identidad más rápidamente que cualquier apostasía doctrinal. Practicar la Ley es el más elevado acto de resistencia frente a la cultura de la conveniencia y a la subjetividad del yo. Al obedecer a la Verdad, declaramos que nuestras ideas, preferencias e inclinaciones deben someterse a los mandamientos y principios sagrados de las Escrituras.
3. Enseñar es la responsabilidad con el discipulado. El verbo «enseñar» (vers. 10) significa mucho más que transmitir información; implica capacitar, formar y conducir a los creyentes a la justicia y al amor a Dios.[6] En el caso de Esdras, el estudio, la práctica de la Ley y la enseñanza constituyen el secreto de su eficacia como líder: un ministerio que instruye a partir de la experiencia vivida y capacita a la comunidad para vivir en conformidad con la voluntad divina.[7]
El aspecto crucial es que estos tres elementos operan como un conjunto integrado. El orden correcto es: investigar, practicar (obedecer) y, entonces, enseñar. Ese triángulo demuestra que Esdras no fue solo un erudito distante, un administrador eficiente o simplemente un pastor habilidoso. Fue un maestro ejemplar; y, precisamente por eso, necesitaba ser un practicante de aquello que enseñaba. Y quien practica no puede limitarse a demostrar: debe encarnar aquello que espera ver en sus discípulos.
Conclusión
Ante los desafíos del mundo de hoy, no basta con conocer el texto bíblico de forma aislada. Los teólogos y pastores de hoy también necesitan estudiar las corrientes culturales contemporáneas —la posmodernidad, el relativismo, el transhumanismo y otras tendencias de pensamiento—, a fin de evitar respuestas hechas y superficiales. El estudio exige que la identidad adventista no sea una mera repetición de fórmulas del siglo XXI, sino una respuesta renovada, consistente y bíblicamente fundamentada a las cuestiones existenciales contemporáneas. Estudiar es discernir las heridas de la cultura para aplicar el bálsamo de la Palabra.
Además, existe el riesgo de que la estructura institucional oscurezca la vivencia del evangelio. Por eso, necesitamos recordar que la identidad adventista debe manifestarse en el estilo de vida. Si predicamos la justicia, nuestras iglesias e instituciones deben ser modelos de dignidad en el trato de las personas, equidad y respeto. Si predicamos el amor y la bondad, nuestras iglesias e instituciones necesitan demostrar ternura, compasión y consideración por las personas, en todas las circunstancias. Si predicamos honestidad y transparencia, todos los pastores y obreros, independientemente de su función o posición, deben vivir con integridad y claridad. Si predicamos igualdad, todos deben ser tratados de manera justa, sin corporativismo ni favoritismos indebidos; la justicia y la imparcialidad necesitan caracterizar tanto la conducta institucional como el ministerio pastoral.
Por último, pastores y educadores enfrentan el desafío de enseñar verdades absolutas en un lenguaje que dialogue con una generación visual, escéptica y fragmentada. Enseñar ya no consiste solo en dictar clases o transmitir contenido; es también crear espacios de diálogo y reflexión. Necesitamos avanzar de una enseñanza meramente informativa a una enseñanza transformadora, utilizando nuevas plataformas, lenguajes y narrativas sin diluir el mensaje del tercer ángel, para que la identidad adventista sea comprensible, relevante y atractiva para el siglo XXI.
MODELO PARA LA ENSEÑANZA
Nehemías 8:7-8 presenta un modelo fundamental para la enseñanza bíblica y el crecimiento espiritual. En este pasaje encontramos la esencia de la verdadera enseñanza: enseñar no consiste solo en leer las palabras, sino en descifrar su significado. A partir de este relato, podemos extraer al menos tres pilares de la enseñanza transformadora.
1 Claridad
La Palabra de Dios debe ser presentada sin ambigüedades. El maestro tiene la responsabilidad de remover los obstáculos que impidan que el mensaje sea comprendido correctamente.
2 Contextualización
Enseñar es conectar la verdad eterna al presente. Es explicar el «por qué» y el «para qué» de los mandamientos divinos, transformando el conocimiento en sabiduría.
3 Comprensión
El objetivo final es que cada persona pueda decir «Ahora entiendo». Cuando el pueblo comprende, el resultado es el arrepentimiento genuino y profunda alegría (vers. 9-12).
Como líderes, nuestra misión no es acumular información teológica, sino servir de puente. La enseñanza poderosa es aquella que permite que la Biblia deje de ser apenas un libro antiguo y se convierta en una voz viva que transforma el corazón, porque el amor y la voluntad de Dios finalmente fueron comprendidos.
Pastores, teólogos y administradores son maestros, responsables de la alfabetización adventista de la nueva generación. Si no enseñamos nuestra cultura —el sábado, el santuario, el estilo de vida cristiano y los demás fundamentos de la fe—, la cultura contemporánea ocupará ese espacio. Enseñar la identidad adventista no significa imponer un peso del pasado, sino entregar a nuestros hijos la brújula bíblica que les permitirá saber quiénes son delante de Dios, en un mundo que intenta convencerlos de que pueden ser aquello que deseen.
El pastor no es apenas un administrador de iglesias o instituciones; es el guardián de una memoria sagrada que necesita ser transmitida. El mayor éxito pastoral no se mide por edificios o estadísticas, sino por la fidelidad con que la próxima generación reconoce su identidad en la Palabra de Dios. Y todo esto depende de la enseñanza.
Si nuestra enseñanza no produce una contracultura, no estamos proclamando la Palabra; apenas estamos adornando la tradición. Si, como iglesia, nuestra instrucción no genera una contracultura visible, es porque cambiamos nuestra herencia por un plato de supuesta relevancia social.
El pastor, el teólogo y el administrador adventista que, al enseñar, procuran ser «contemporáneos» o «relevantes» a costa de su identidad terminan volviéndose irrelevantes para ambos mundos: para el adventismo que abandonan y para el mundo que intentan conquistar.
Sobre el autor: Profesor de Teología de la Universidad Adventista del Plata, en Argentina
Referencias
[1] Roger Scruton, An Intelligent Person’s Guide to Modern Culture (South Bend, IN: St. Augustine’s Press, 2000), p. 1.
[2] Aunque este término ha surgido en el contexto de la psiquiatría para describir el miedo al hogar, Scruton incorpora la filosofía política y la sociología para diagnosticar lo que consideraba una patología cultural de las sociedades occidentales contemporáneas.
[3] Zack Eswine, Preaching to a Post-Everything World: Crafting Biblical Sermons That Connect with Our Culture (Grand Rapids, MI: Baker Books, 2008), pp. 133-134.
[4] Tiberius Rata, Ezra-Nehemiah: A Mentor Commentary (Ross-shire, Escocia: Mentor, 2010), p. 17.
[5] Eswine, Preaching to a Post-Everything World, p. 133-134.
[6] Mervin Breneman, Ezra, Nehemiah, Esther (Nashville, TN: Broadman & Holman, 1993), pp. 129-130.
[7] Breneman, Ezra, Nehemiah, Esther, pp. 129-130.
