En abril de 2001, James Cress publicó en la revista Ministry un artículo con valiosas reflexiones sobre el ministerio pastoral. Allí afirmó que el pastor es llamado, primero, a ser discípulo y, después, a hacer discípulos. La frase pare­ce simple, casi obvia, pero nos conduce de vuelta al centro de nuestro llama­do al ministerio.

Desde la perspectiva bíblica, un discípulo es alguien que oyó la voz del Maestro y decidió organizar toda su vida en torno a Cristo. En los evangelios, el discipulado nace de una invitación: «Vengan en pos de mí» (Mat. 4:19). Ese llamado involucra proximidad, aprendizaje, obediencia, transformación y misión. El discípulo contempla a Jesús, recibe su Palabra, aprende su manera de amar y permite que el Espíritu Santo reproduzca en él el carácter del Maestro.

En nuestra comprensión adventista, esta experiencia tiene un centro luminoso: Cristo. Contemplamos a Cristo en la cruz, donde su gracia nos alcanza; contemplamos a Cristo en el santuario celestial, donde su inter­cesión nos sostiene y transforma; contemplamos a Cristo en su regreso glorioso, cuya promesa orienta nuestro presente. Ser discípulo es vivir bajo el señorío de Cristo, alimentado por la Biblia y la oración, creciendo en obediencia motivada por el amor y participando en la proclamación del evangelio eterno. Como pastores, somos llamados a vivir diariamente en comunión con Jesús. Nuestro ministerio nace de caminar con él, oír su voz, aprender de su Palabra y permitir que su gracia continúe moldean­do nuestro corazón. A partir de esa experiencia viva, el ministe­rio se convierte en una expresión de la presencia de Cristo en nosotros: predicamos a partir de la comunión, enseñamos con humildad, acompañamos a las personas con ternura y servimos a la iglesia con la fuerza espiritual que solo Dios puede conceder.

Sin embargo, el llamado pastoral va más allá. Dios nos lla­ma a ser discípulos que hacen discípulos. Ese es el corazón de un ministerio discipulador. Cuando vivimos como discípulos, conducimos a la iglesia a una experiencia más profunda con Jesús y, en consecuencia, a una vida comprometida con la mi­sión. Elena de White expresó esta visión con notable claridad: «No induzcan a los miembros a depender de ustedes como pastores; enséñenles más bien a emplear sus talentos en dar la verdad a los que los rodean. Al trabajar así tendrán la cooperación de los ángeles celestiales, y obtendrán una experiencia que aumentará su fe, y les dará una fuerte confianza en Dios» (Obreros evangélicos [ACES, 2015], p. 209).

Un ministerio pastoral discipulador se desarrolla cuando organizamos nuestra vida y nuestro servicio para que Cristo sea formado en las personas. Pablo expresó ese anhelo al decir: «Hijos míos, por quie­nes vuelvo a sufrir dolores de parto has­ta que Cristo sea formado en ustedes» (Gál. 4:19). Él también enseñó que los dones ministeriales fueron concedidos «a fin de perfeccionar a los santos para desempeñar su ministerio» (Efe. 4:12). El objetivo es una iglesia que crece en madurez, unidad, servi­cio y testimonio; una comunidad en la que cada miembro aprende a caminar con Cristo y a conducir a otros por ese mismo camino.

Vivir esta visión es uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo. Como pastores, ne­cesitamos hacer del plan de Dios nuestro propio plan. Entonces, el ministerio se llena de propósito espiri­tual. Discipular exige pre­sencia, paciencia, oración y dedicación. Al realizar esta obra, cooperamos con el cie­lo, y la misión se transforma en la alegría de ver discípu­los que hacen discípulos.

Sobre el autor: Secretario ministerial para la Iglesia Adventista en Sudamérica