La gran comisión y el avance del reino.
En el evangelio de Marcos 3:13 al 19, leemos: «Después Jesús subió al monte, llamó a los que quiso y fueron con él. Y estableció a doce, a quienes llamó apóstoles, para que estuviesen con él y para enviarlos a predicar, con poder de sanar enfermedades y de echar demonios. Estos fueron los doce elegidos: Simón, a quien llamó Pedro. Santiago y su hermano Juan, hijos de Zebedeo, y los apellidó Boanerges, es decir, hijos del trueno. Andrés, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago hijo de Alfeo, Tadeo, Simón el cananeo, y Judas Iscariote, el que lo entregó».
Al inicio de su ministerio, Jesús llamó a aquellos a quienes prepararía durante tres años y medio y, posteriormente, tras la resurrección, enviaría. La llamada Gran Comisión, o Comisión Universal, ocurre cinco veces en el Nuevo Testamento, pronunciada por el propio Jesús: una en cada evangelio y otra al inicio del libro de Hechos (Hech. 1:8). No hay razón para creer que estas sean cinco versiones de una misma ocasión. Es probable que, durante los 40 días transcurridos entre su resurrección y ascensión, Jesucristo haya repetido la misma orden varias veces, con diferentes palabras y énfasis. En Mateo 28:16 al 20 encontramos la versión clásica de la Gran Comisión: «Los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. […] Entonces Jesús se acercó a ellos y les dijo: “Toda autoridad me ha sido dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, vayan a todas las naciones, hagan discípulos bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y enséñenles a obedecer todo lo que les he mandado. Y yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”».
Ese grupo de hombres había terminado su curso intensivo de Teología, con una duración de tres años y medio: el SALT de entonces, el «Seminario Apostólico de Licenciatura Teológica». Era su graduación. La ordenación fue simultánea, mediante la imposición de las manos marcadas por los clavos. Habían cambiado de redes. Hombres comunes, con fuerte olor a pescado y manos callosas, ahora eran enviados a mares más amplios.
No sabemos exactamente cuándo, ni cuántos días después de la resurrección, ocurrió este evento. Probablemente, este fue uno de los últimos encuentros de Jesús con los once. Tampoco sabemos exactamente el lugar: «en un monte» es toda la información que tenemos. Los discípulos habían regresado a Galilea y, allí, en un encuentro señalado por el propio Señor, se reunieron con él. Es posible que esta sea la escena descrita por Pablo en 1 Corintios 15:5-6.
El impacto de este encuentro en la historia de la iglesia no puede ser debidamente evaluado. ¡Hay momentos que tienen el peso de la eternidad, y este es uno de ellos! Cuando se encuentran con el Señor, las reacciones son diversas. Jesús entonces se dirige a ellos con las palabras mencionadas en el capítulo 28 de Mateo.
La Gran Comisión gira en torno a tres círculos, que forman los elementos básicos de nuestra reflexión aquí: (1) en primer lugar, Jesús hace un anuncio; (2) después, presenta una orden; (3) y, finalmente, ofrece una promesa. Debemos observar que el adjetivo calificativo «todo» prevalece y domina en el texto: «toda autoridad», «todas las naciones», «todas las cosas», «todos los días».
Hoy hemos hablado tanto acerca de «cumplir la misión» o de «estar en misión» que corremos el riesgo de transformar la misión en un esfuerzo más o en un mero emprendimiento humano. Con esto, podemos perder de vista que la iglesia está, primariamente, bajo órdenes para cumplir la misión que le fue dada por el Señor.
El anuncio
Jesús inicia con un anuncio: «Toda autoridad me ha sido dada en el cielo y en la tierra». Más que un anuncio, tenemos aquí una reivindicación gloriosa. Es de fundamental importancia observar que la afirmación de Cristo en cuanto a su autoridad precede a la Gran Comisión. Tal declaración es esencial para la obediencia a la orden. De hecho, sin esa reivindicación de autoridad, la Gran Comisión no tendría justificación ni validez, para no hablar de impacto.
Nunca estaremos verdaderamente calificados para la predicación del evangelio antes de estar absolutamente convencidos de la plena autoridad de Jesús. Esa convicción es la base de nuestro llamado y el fundamento de la autoridad de la iglesia. Así, nuestra mayor necesidad no es el dominio de técnicas, estrategias o «jergas evangelísticas», sino la firme convicción de la autoridad de Cristo.
A él pertenece todo el poder. Tal convicción es liberadora. Nos libera del pesimismo, de la mentalidad derrotista, de la desesperación, del activismo y de las carreras infructuosas. Nos libera del miedo al fracaso. Porque él tiene todo el poder, podemos avanzar con confianza, seguros del triunfo. El éxito de la proclamación del evangelio no está garantizado por nuestras estrategias, sino por aquel a quien pertenece todo el poder.
Su autoridad en el cielo aseguró la venida del Espíritu Santo sobre sus discípulos, impidiendo que se convirtieran en pozos de aguas estancadas y fétidas. El Espíritu Santo es el gran intérprete del evangelio. Es él el responsable de la conversión de hombres y mujeres a quienes predicamos. Es él quien convence de pecado, de justicia y de juicio; por eso, no necesitamos temer ni simular nada.
Puede haber parecido ridículo enviar a ese núcleo original al mundo. De la misma forma, la misión de la iglesia hoy puede parecer gigantesca e imposible, ante un mundo secular, sofisticado e indiferente, sobre todo considerando que la iglesia enseña por contraste, y no por semejanza. Es la autoridad exclusiva de Cristo la que nos ofrece confianza y certeza. Porque él tiene todo el poder, las fuerzas contrarias que actúan en la cultura y en el mundo en general no pueden prevalecer contra la marcha triunfante del evangelio. ¡Habremos de prevalecer! Y esto es tan cierto que podemos vivir en permanente espíritu de celebración.
La orden
En segundo lugar, después de la proclamación de su poder supremo y universal, Jesús presenta el imperativo: «Vayan a todas las naciones». La misión ahora ya no es buscar las ovejas perdidas de la casa de Israel, como en Mateo 10:5-6. El alcance ahora es absoluto: todas las naciones, tribus, lenguas y pueblos, haciendo discípulos, enseñando y bautizando. De él es el poder, pero él eligió trabajar con nosotros. La iglesia no está involucrada en la proclamación del evangelio porque inventamos esa misión, ni porque nos parezca conveniente, lucrativa o interesante, tampoco para «quedar bien en la foto». Estamos involucrados en la proclamación de las buenas nuevas de salvación porque estamos bajo órdenes.
El cuadro trazado por el cristianismo en sus orígenes no describe a los originales «seguidores del Camino» (cf. Hech. 9:2; 19:9, 23; 22:4; 24:14, 22) como administradores, ejecutivos, gestores, dignatarios, teólogos profesionales, y mucho menos como «fanáticos de Jesús», sino como sus discípulos: plantadores de iglesias, representantes del Señor, sus enviados. La tradición evidencia la determinación de estos primeros discípulos: del grupo original de los apóstoles, excepto Juan, todos sellaron su compromiso con su propia sangre.
La propia conversión de Pablo y su poderoso testimonio fueron un extraordinario golpe al Sanedrín y al judaísmo. La expansión del evangelio es atestiguada en los capítulos 13 al 28 del libro de Hechos. El libro concluye con el evangelio llegando a Roma, haciendo conversos en la casa imperial y entre la guardia pretoriana, la tropa de élite del imperio. Colosenses 1:23 afirma que el evangelio, en los días de Pablo, fue predicado a toda criatura del mundo conocido. Nada fue capaz de impedir el avance de Cristo victorioso.
Sin embargo, la Gran Comisión se convirtió en la «Gran Omisión». Martín Lutero, además del redescubrimiento del evangelio de la salvación por la gracia mediante la fe en Jesucristo, redescubrió también la enseñanza bíblica del sacerdocio de todos los creyentes. Cada cristiano es un sacerdote. Como sacerdote, cada cristiano tiene una ofrenda que presentar en sacrificio. Ese sacrificio es la dedicación de sí mismo, en obediencia y servicio al Señor de la iglesia. Cada cristiano tiene el deber de compartir con otros el evangelio que recibió. El período posterior, sin embargo, atestiguó un retroceso de este descubrimiento de Lutero. Una vez más, se perdió de vista la verdad del sacerdocio de todos los creyentes.
El resultado de esto es visible en nuestros días. El mundo occidental se ha convertido en un vasto campo misionero: un mercado libre en el que los cristianos deben entrar y competir por la mente y el corazón de las personas. Estamos hoy ante una nueva era misionera. Emil Brunner, teólogo de la llamada neoortodoxia, observa que, hoy, tenemos que predicar primariamente a paganos.[1] El mundo moderno se ha vuelto, progresivamente, muy semejante al contexto en que los discípulos tuvieron que testificar.
El llamado del movimiento adventista
El llamado a proclamar los tres mensajes angélicos de Apocalipsis 14 marca los orígenes y el desarrollo del movimiento adventista. Históricamente, los adventistas comprendieron que su papel era proclamar el evangelio eterno. Las citas de Elena de White sobre la participación misionera de la iglesia son incontables; pero esta presenta un poderoso resumen: «Al ministro de la Palabra, al enfermero misionero, al médico cristiano, al simple cristiano, sea negociante o agricultor, profesional o mecánico, a todos incumbe la responsabilidad. Es tarea nuestra revelar a los hombres el evangelio de su salvación. Toda empresa en que nos empeñemos debe servimos de medio para dicho fin».[2]
¿Cuál es nuestro mayor problema hoy para el cumplimiento de la Gran Comisión? La dificultad no es externa. Para Elena de White, «Un grave y tal vez no sospechado impedimento para el éxito de la verdad se halla en nuestras iglesias mismas. Cuando se hace un esfuerzo para presentar nuestra fe a los no creyentes, con demasiada frecuencia los miembros de iglesia quedan indiferentes, como si no fuesen parte interesada en el asunto, y dejan que toda la carga recaiga sobre el pastor».[3]
Este es el mayor desafío que enfrentamos: motivar y movilizar a los miembros acomodados de la iglesia, que, en gran medida, han perdido de vista el mandato de testificar, predicar y hacer discípulos.
En los tiempos actuales, la iglesia ha sido invadida por lo que podemos llamar la «era de los espectadores». En el mundo secular, los estadios se llenan en los eventos deportivos, donde la mayoría simplemente observa a unos pocos desempeñarse, mientras se limita a mirar. Esa multitud de observadores también ha invadido la comunidad de fe.
Difícilmente podamos encontrar un ambiente de culto sin constatar que decenas están «conectados» a sus teléfonos celulares. Vienen a la iglesia, pero no llegan de verdad. En el culto, ofrecen otro tipo de «adoración». ¿Irreverencia? ¡Ciertamente! Los espectadores se han vuelto ajenos y distantes de lo que ocurre al frente y alrededor, alejados de cualquier participación, y más aún del testimonio misionero al cual son convocados. No se involucran. Es como si dijeran: «Esto no es asunto mío». Como discípulos de Cristo, sin embargo, afirmamos con nuestra vida: «La misión de Dios es mi misión».
La voz profética a los adventistas insiste: «La diseminación de la verdad de Dios no está restringida a unos pocos pastores ordenados. La verdad ha de ser esparcida por todos los que pretenden ser discípulos de Cristo».[4] Y, de manera aún más seria: «La obra de Dios en esta tierra nunca podrá terminarse antes que los hombres y mujeres abarcados por el total de miembros de nuestra iglesia se unan a la obra, y aúnen sus esfuerzos con los de los pastores y dirigentes de las iglesias».[5]
Los pastores y todos los demás discípulos de Cristo deben recordar que la participación en la proclamación del evangelio implica una doble bendición: no solo bendice a quien es ministrado, sino que también quien ministra es grandemente bendecido.
Emil Brunner, mencionado anteriormente, observó con acierto: «La iglesia existe para la misión, así como el fuego existe para arder. Donde no hay misión, no hay iglesia, y donde no hay iglesia ni misión, no hay fe».[6] En otro contexto, Brunner añadió: «La iglesia es la comunidad que fue llamada a salir del mundo, para ser enviada de vuelta al mundo».[7]
La promesa
Finalmente, la Gran Comisión conlleva una gran promesa: «yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo». Estas son las últimas palabras de Jesús registradas en el evangelio de Mateo. El primer evangelio termina con la shekiná, la infalible presencia de Cristo habitando entre sus discípulos. El evangelio que se inicia con la referencia a Emanuel, «Dios con nosotros» (Mat. 1:23), termina con la misma afirmación: «Dios con nosotros», todos los días (Mat. 28:20).
Aquellos que meditan en él, oran en su nombre y batallan bajo sus órdenes descubrirán que él es el infalible Compañero diario del camino. «Todos los días» y «siempre» son expresiones llenas de fuerza, gloria y esperanza.
No sabemos qué puede traernos cada día. Hay días de fe confiada y días de decepción. Hay días de paz, pero también días en que somos visitados por desencantos. Hay días de armonía, y días en que, a nuestra puerta, golpean desencuentros severos. Hay días de música y días en que la desesperación nos envuelve en niebla impenetrable. Hay días de alegría, de cosechas abundantes y mieses copiosas. Pero también conocemos días de tristeza, días estériles. Días de cielo azul y sol brillante, pero también días con un cielo gris, como si fuera de plomo. Hay días sombríos en que somos tentados a preguntarnos si vale la pena vivir. ¡Pero permanece su gloriosa promesa! La sombra de sus manos poderosas se alza sobre nosotros, extendida como barrera protectora y en tierno cuidado.
La fuerza de tal promesa solo puede ser comprendida por quienes toman en serio la orden de Jesús. El eco de esta triunfante promesa alcanzó al propio Mateo, quien la registró en su evangelio. Él y sus colaboradores enfrentaron días oscuros de hostilidad y persecución. Arriesgaron todo por Cristo y descubrieron que él no los había abandonado. Mateo conoció los peligros de una vida consagrada a Cristo. El antiguo cobrador de impuestos, un día, cerró su lucrativa mesa de cobranza para seguir a Cristo. Según la tradición, Mateo fue martirizado en Etiopía; pero, ciertamente, en las sombras de la muerte, sintió el poderoso cumplimiento de la promesa: «Estoy con ustedes».
El Redentor está con nosotros. Jesucristo, Amigo y Señor Soberano, en cuya palabra infalible podemos confiar y de quien podemos depender, estará con nosotros «todos los días, hasta el fin del mundo».
Sobre el autor: Profesor emérito de Teología de la UNASP
Referencias
[1] Emil Brunner, The Misunderstanding of the Church (Londres: Lutterworth Press, 1952), p. 108.
[2] Elena de White, El ministerio de curación (ACES, 2008), pp. 106-107.
[3] Elena de White, Obreros evangélicos (ACES, 2015), p. 204.
[4] Elena de White, Servicio cristiano (ACES, 2014), p. 87.
[5] White, Obreros evangélicos, p. 363. En una seria reprensión que atañe a todos, ella agregó: «Los miembros de la iglesia, acostumbrados a confiar en la predicación, hacen poco para Cristo. No llevan fruto, sino que más bien aumentan su egoísmo e infidelidad. Ponen su esperanza en el predicador y dependen de sus esfuerzos para mantener viva su débil fe» (Testimonios para la Iglesia [APIA, 2004], t. 6, p. 433).
[6] Emil Brunner, The Word and the World (Londres: Student Christian Movement Press, 1931), p. 108.
[7] Brunner, The Misunderstanding of the Church, p. 108.
