El testimonio de una familia de pastores que se enfrentó a una terrible pérdida

Como pastor, siempre he creído que estaba preparado para afrontar las pruebas de la vida. Al fin y al cabo, mi función es consolar a los afligidos, fortalecer a los débiles y guiar a los perdidos. Anos de estudios teológicos e incontables horas de asesoramiento y predicación me dieron la seguridad de que estaba preparado para afrontar cualquier reto. Sin embargo, nada podría haberme preparado para el día en el que el dolor llamó a mi propia puerta, desafiando no solo mi fe, sino también mi identidad como hijo de Dios.

La verdad es que los líderes espirituales a menudo nos ponemos en un pedestal de invulnerabilidad, creyendo que nuestra fe nos protegerá de todas las tormentas de la vida. Sin embargo, Dios, en su infinita sabiduría, a veces permite que seamos empujados al límite de nuestras fuerzas, para que podamos experimentar su gracia de una manera más profunda y real.

El día que lo cambió todo

Era un sábado de Aventurí, un acontecimiento que siempre ha llenado mi corazón de alegría y esperanza por el futuro de la iglesia. Estaba inmerso en el trabajo, rodeado de casi 3.000 niños acampantes, irradiando entusiasmo y expectación. Recientemente había sido ordenado al ministerio pastoral y tuve el privilegio de bautizar a jóvenes en aquel programa especial. El aire se llenó de risas y cantos de alabanza, creando una atmósfera casi celestial. Poco podía imaginar que, en cuestión de horas, mi mundo se vendría abajo, convirtiendo aquel sábado en un doloroso hito en mi vida.

La noticia llegó como un rayo: nuestra hija Niara, una niña llena de vida y amor, había sido encontrada en la piscina de nuestro condominio. Mi mujer estaba desesperada. Hizo los primeros auxilios y me llamó. Su voz era aterradora. En ese momento, el tiempo pareció congelarse. El contraste entre la alegría de acampar y el terror que se apoderó de mí fue surrealista. Lo que siguió fueron horas de agonía, oraciones desesperadas y una intensa lucha por la vida de nuestra pequeña.

Mientras corríamos hacia el hospital, mi mente oscilaba entre la esperanza ferviente y el miedo paralizante. Como pastor, había estado al lado de muchas familias en momentos de crisis, pero ahora era yo el padre desesperado, suplicando a Dios un milagro.

En el hospital, mientras los médicos luchaban por salvar a Niara, realicé la oración más difícil de mi vida. Las palabras apenas salían, ahogadas por la angustia: “Señor, sana completamente a mi hija o dale descanso”. Fue un momento de rendición total, en el que reconocí que, a pesar de toda mi fe y mi conocimiento, era completamente impotente ante una muerte inminente.

Aquella oración marcó un punto de inflexión en mi camino espiritual. Por primera vez, comprendí de verdad lo que significaba entregarlo todo a Dios. Ya no era una teoría o un sermón, sino una realidad cruda y dolorosa. Me di cuenta de que la verdadera fe no consiste en tener todas las respuestas, sino en confiar incluso cuando no entendemos.

El 10 de septiembre de 2023, a las 10:10 horas, Niara fue enterrada. El funeral que siguió fue un testimonio del impacto que puede tener una vida tan corta. Asistieron más de mil personas, y otras 23 mil siguieron la ceremonia por Internet, unidas en el dolor y la esperanza. En medio del dolor, vislumbré la eternidad, el amor que trasciende la muerte.

Mucha gente me ha dicho: “!Yo no podría hacerlo! Tú y tu mujer son tan fuertes”. Cuando alguien dice eso, solo ve el dolor. Yo he visto tanto el dolor como el consuelo, la angustia y la esperanza. Como dijo C. S. Lewis, el dolor es el “megáfono de Dios” (El problema del dolor [Editorial Universitaria, 1990], p. 99).

Luchando con Dios

En los días y semanas siguientes, me enfrenté a una intensa lucha espiritual. Como Job, me preguntaba: “¿Por qué el Señor ha permitido esto?”. Esta pregunta inundaba mi mente, desafiando todo lo que creía saber sobre Dios y su amor. Sin embargo, a diferencia del personaje bíblico, tenía la revelación completa y el conocimiento del final de la historia para consolarme: la promesa de la resurrección y la certeza de que un día volvería a ver a Niara.

Esta perspectiva me dio una nueva comprensión del sufrimiento. Me di cuenta de que nuestras luchas forman parte de un relato más amplio. En medio de un conflicto de dimensiones cósmicas, la obra redentora de Dios se está llevando a cabo en nuestras vidas.

Fue al tocar fondo cuando redescubrí el verdadero significado de la fe. No era una fe basada en respuestas fáciles o en una vida sin problemas, sino una fe forjada en el fuego de la aflicción, una confianza inquebrantable, incluso cuando no entendemos los caminos de Dios.

He aprendido que la fe auténtica no es la ausencia de dudas, sino la decisión de confiar a pesar de ellas. Es en los momentos más oscuros cuando la luz brilla con más intensidad. Como escribió el salmista: “Aunque ande en el valle sombrío de la muerte, no temeré mal alguno porque tú estás conmigo” (Sal. 23:4).

Testimonio en el duelo

Como pastor, descubrí que mi dolor se convertía en un poderoso testimonio. Las personas que antes me veían solo como un líder espiritual ahora veían a un hombre roto, pero no destruido. Mi dolor abrió puertas para llevar esperanza a los que sufren.

Paradójicamente, mi capacidad de ensenar se amplió. Cuando visitaba a alguien que había perdido a un ser querido, además de ofrecerle palabras de consuelo, empezaba a mostrar una empatía nacida de la experiencia compartida. No solo el duelo, sino todo tipo de dolor nos hace más empáticos. Cualquiera que atraviese un dolor profundo se vuelve más sensible al sufrimiento de los demás.

Esta nueva dimensión de mi ministerio me ha ensenado que nuestras heridas, cuando se entregan a Dios, pueden convertirse en fuentes de sanación para los demás. Como escribió el apóstol Pablo, que también sufrió mucho: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de compasión y Dios de todo consuelo. Él nos consuela en toda tribulación para que también nosotros podamos alentar a los que están en cualquier tribulación, con el consuelo con que nosotros somos confortados por Dios” (2 Cor. 1:3, 4).

Mi comprensión de Dios y del sufrimiento se transformó por completo. Ya no era una teoría abstracta, sino una realidad que vivencié. Aprendí que Dios no nos promete una vida sin dolor, sino que promete estar con nosotros en medio de la tormenta.

Me di cuenta de que el sufrimiento no es una señal de la ausencia de Dios, sino que a menudo es el medio por el que se nos revela más profundamente. Es en el valle de sombra de muerte donde experimentamos la profundidad del amor y la gracia divinos de un modo que no sería posible en tiempos de prosperidad.

Esta nueva perspectiva me llevó a una apreciación más profunda de la Cruz. El sufrimiento de Cristo no fue solo un medio para nuestra salvación, sino también un ejemplo de cómo Dios está presente y activo en medio del dolor más intenso.

El legado de Niara

Niara nos ensenó más en sus cortos años de lo que muchos aprenden en décadas. Nos ensenó el amor incondicional, la alegría pura y la importancia de vivir plenamente cada momento. Su vida fue un poderoso testimonio del amor de Dios y de lo valioso que es cada día. Aprendí a valorar el presente, a abrazar cada momento con gratitud y a ver la belleza en las pequeñas cosas. Su recuerdo sigue inspirándonos no solo a mí y a mi familia, sino también a todos los que se han visto conmovidos por su historia.

Hoy, con la ayuda de lo alto, mi esposa y yo continuamos nuestro viaje para traer esperanza. Estamos seguros de que un día las lágrimas se enjugarán, el dolor se olvidará y volveremos a reunirnos. El dolor y el sufrimiento son partes inevitables de la experiencia humana y, como cristianos, no somos inmunes a ellos. Sin embargo, es a través de las tribulaciones como se refina nuestra fe, se moldea nuestro carácter y se profundiza nuestra dependencia de Dios.

Esta experiencia me ha ensenado que la fe no es una fórmula para una vida sin problemas, sino un ancla que nos sostiene en medio de las tormentas. Es la confianza en que, incluso cuando no entendemos los “porqués”, podemos descansar en la bondad y el amor de Dios.

En medio de nuestras luchas, necesitamos recordar una vez más las palabras del apóstol Pablo: “Ahora vemos por espejo, oscuramente, pero entonces veremos cara a cara. Ahora conozco en parte, pero entonces conoceré cabalmente, como soy conocido” (1 Cor. 13:12).

Esto revela que nuestra comprensión actual es limitada. Hay misterios que solo se revelarán plenamente en la eternidad. Hasta entonces, estamos llamados a confiar, amar y servir, incluso en medio del dolor y la incertidumbre. Tenemos que centrarnos en Jesús y recordar que, en este mundo, los huesos seguirán rompiéndose y los corazones también. Sin embargo, al final, la oscuridad no vencerá a la luz. Consolémonos con estas palabras.

Sobre el autor: Pastor en Rio Verde, Estado de Goiás, Brasil