El peligro de perder nuestra identidad adventista

Una frase popular dice: «Cuando un payaso va a un palacio, el payaso no se convierte en rey; pero el palacio puede convertirse en un circo». En muchos aspectos, el cristianismo de nuestros días ha perdido el sentido bíblico para convertirse en un «circo».

En el «cristianismo circo» no hay altar, hay escenario. No hay adoradores, hay público. No hay compromiso, hay superficialidad. Se predica a un Jesús que no exige nada y a un evangelio que no te cambia. Se busca popularidad, no relevancia. Se predica el «ni yo te condeno» de Juan 8:11, pero no el «vete y no peques más». Se proclama a Jesús como Salvador de tus pecados, pero no como Señor de tu vida. Se prometen milagros inmediatos y satisfacción garantizada. No hay una explicación de los principios bíblicos, pero sí entretenimiento para que todos lo pasen bien. Quiere a Cristo, pero no su cruz. Ama las promesas, pero desecha los procesos. Busca salvación sin rendición. Tiene grandes templos y adoradores pequeños. Se preocupa más por atraer multitudes que en formar discípulos. En el «cristianismo circo» la iglesia es un concierto cristiano con un show de luces y humo; la Palabra de Dios se adapta a la cultura; el brunch es obligatorio y el estudio de la Biblia es opcional; el púlpito es sacado de su lugar para instalar allí la «bandita » de música. No existe una exposición clara y correcta de la Biblia, solo hay una búsqueda de una experiencia espiritual.

Así, se propone que cada persona tenga «su mejor versión», cuando Dios nos llama a «nacer de nuevo». Hay temas de los que no se predica, porque se teme incomodar al oyente; se reduce a Cristo a un «coach» motivacional y se olvida que el evangelio no fue dado para ser adaptado, sino para ser obedecido.

Así, los espectadores son entretenidos, la verdad bíblica es diluida y la iglesia deja de ser un cuerpo vivo para transformarse en una audiencia pasiva.

Quien decidió no ser parte del «cristianismo circo» fue el sacerdote Azarías. La historia de 2 Crónicas 26 es una montaña rusa de sentimientos: maravilla, motiva y decepciona. Allí se presenta la historia del rey Uzías. El palmarés de este monarca es impresionante. No exageramos al decir que bien puede comparase con el de David, Salomón y Josías. Sus actos son didácticos y ameritan estar incluidos en el manual del correcto liderazgo.

1. Fue un rey consagrado a Dios (vers. 4).

2. Buscó diariamente los consejos divinos y fue prosperado (vers. 5).

3. No dudó ante las batallas (vers. 6-7).

4. Cuidó de su pueblo e invirtió en seguridad interna, construyendo muros y defensas (vers. 9-10).

5. Valoró el trabajo y los frutos del campo, y fue un «amigo de la agricultura» (vers. 10).

6. Entrenó y equipó a un ejército de más de 300 mil hombres (vers. 13-14).

7. Tuvo visión de futuro, fomentó la creatividad y fue altamente reconocido (vers. 8, 15).

Sin embargo, este brillante líder se rebeló contra Dios y entró al templo para quemar incienso en el altar. ¿Quién se atrevería a detener al casi perfecto rey en esta gesta herética?

Emerge aquí el valeroso Azarías, un sumo sacerdote decidido y apasionado por Dios que no dudó en contradecir al inmenso Uzías, que había hecho (casi) todo bien. Junto con 80 sacerdotes, Azarías le explicó al rey de manera firme que él no podía quemar incienso. Inmediatamente, Uzías se enfermó de lepra, y tuvo esta condición hasta el día de su muerte. Fue separado a una casa apartada y en su lugar reinó Jotam, su hijo (2 Crón. 26:19-23).

Uzías, cuyo nombre significa «Jehová es mi fortaleza» fue presa de la presunción. Absorbido por la vanagloria se consideró a sí mismo como fuerza, olvidándose de quién había obtenido el poder para un reinado tan prestigioso. Fue un auténtico payaso en el palacio.

Necesitamos revitalizar nuestra identidad bíblica y nuestra identidad profética adventista. No necesitamos una iglesia donde la gente vaya a entretenerse y disfrutar un espectáculo. Necesitamos una iglesia donde se predique «la verdad presente».

No es tiempo de silencio ante una sociedad raquítica ética y moralmente. Es tiempo de alzar la voz de manera precisa, amorosa, certera, ubicada, firme y bíblica. Dios no espera menos que esto de nosotros. El desafío que le legó Pablo a Timoteo es nuestro desafío.

Leamos este texto intervenido para tomar conciencia de nuestra identidad (lo que está entre paréntesis es un agregado del autor):

«Te encarezco (tenemos una misión) delante de Dios y del Señor Jesucristo (nuestro Salvador y Señor), que juzgará (el juicio es parte del plan de salvación y no debemos tener miedo de hablar de esto) a los vivos y a los muertos en su manifestación y en su reino (realce de la Segunda venida de Cristo), que prediques la palabra (siempre con fundamento bíblico); que instes a tiempo y fuera de tiempo (nuestro ministerio no tiene días ni horarios); redarguye, reprende, exhorta (Dios no nos llamó a tareas agradables, nos llamó a hacer lo correcto) con toda paciencia (amor) y doctrina (firmeza). Porque vendrá tiempo (ya vino) cuando no sufrirán la sana doctrina (¿probaron hablar o predicar de temas delicados y populares en la sociedad de hoy?), sino que teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias (siempre hay hermanos que critican y se alienan bajo ideas no bíblicas), y apartarán de la verdad (tristemente esto sucede) el oído y se volverán a las fábulas (muchos cristianos hoy creen cualquier cosa)» (2 Tim. 4:1-5).

La iglesia (y el mundo) necesitan que reafirmemos nuestra identidad cimentada en la Palabra de Dios, aunque tengan comezón de oír. La verdad que incomoda también sana. La verdad que molesta también esclarece.

Somos llamados a reafirmar, predicar y vivir las verdades fundamentales que creemos: El sábado como día de reposo, la creación en siete días literales, el matrimonio heterosexual y monogámico, la unidad del cuerpo y el alma (y la muerte como un sueño hasta la Segunda venida de Cristo), la Iglesia Adventista como remanente elegido por Dios en el tiempo final, el ministerio profético de Elena de White, el ministerio sacerdotal de Cristo luego de 1844, la defensa de la vida desde la concepción y la valoración de un estilo de vida cristiano y bíblico libre de tabaco, alcohol, drogas, bebidas estimulantes, uso de joyas, tatuajes y vestimenta ostentosa.

Para Azarías hubiese sido más fácil aceptar la neutralidad teológica, «dejar hacer», ceder y no ser tan estricto. «Después de todo, se trata solo del rey con un poco de perfume», sería el típico pensamiento de un líder tibio. Azarías se aferró al «así dice Jehová» en vez de al manipulador y atractivo pensamiento humano y estuvo dispuesto a asumir los riesgos de su fidelidad. Tuvo el coraje de llamar al pecado por su nombre. No se acomodó a las nuevas tendencias. No pensó en la conveniencia propia. No se quedó en la zona de comodidad. No buscó argumentos humanos. No fue calculador. No pensó en intereses personales. Solo obedeció la voz divina.

Mientras los «payasos» siguen haciendo malabares doctrinales y queriendo imponer ideas atractivas y populares, pero extrabíblicas, tú afírmate en la verdad de Cristo.

El gran predicador Charles Spurgeon (1834-1892) dijo: «Llegará el tiempo en el que en vez de haber pastores predicando a las ovejas, habrá payasos entreteniendo a las cabras». Ese tiempo ya llegó.

Dios te invita hoy a ser un Azarías comprometido que mantenga en alto el estandarte de la identidad adventista.

Sobre el autor: Editor de Ministerio, edición de la ACES