Fundamentos y orientaciones prácticas para las ceremonias de boda en el contexto adventista

Desde el principio, el plan de Dios fue unir a las personas en lazos de afecto y relación humana. Según la Biblia, el vínculo más significativo e íntimo es el que se experimenta en el matrimonio. A pesar de los esfuerzos del Enemigo por destruir esta institución sagrada, Dios la ha mantenido y protegido para cumplir su voluntad sobre la humanidad, y ofrecer a las familias un refugio de amor. Aunque muchas personas, en diferentes contextos, se han alejado de los ideales del matrimonio, la Palabra de Dios nos invita a rescatar y exaltar este pacto como parte esencial de su propósito de restaurar a la humanidad.

El vínculo más sagrado

Los que planean casarse deben ser conscientes de las implicaciones morales, sociales y espirituales del matrimonio, así como de su proyección eterna. Elena de White declaró: “Los que piensan en casarse deben pesar cada sentimiento y cada manifestación del carácter de la persona con quien se proponen unir su suerte. Cada paso dado hacia el matrimonio debe ser acompañado de modestia, sencillez y sinceridad, y con el serio propósito de agradar y honrar a Dios. El matrimonio afecta la vida ulterior en este mundo y en el venidero”.[1]

El matrimonio y la familia son dones de Dios para la humanidad, que representan una expresión de su amor por sus criaturas. La sierva del Señor escribió: “El vínculo de la familia es el más estrecho, el más tierno y sagrado de la Tierra. Estaba destinado a ser una bendición para la humanidad. Y lo es siempre que el pacto matrimonial sea sellado con inteligencia, en el temor de Dios, y con la debida consideración de sus responsabilidades”.[2] A pesar de los tiempos en que vivimos, marcados por la degradación moral y la diversidad cultural, la Biblia presenta principios permanentes establecidos por Dios para sostener y gobernar el matrimonio. La Iglesia Adventista sostiene que “el matrimonio, instituido así por Dios, es una relación monógama heterosexual entre un hombre y una mujer. Como tal, el matrimonio es un compromiso público, legalmente vinculante y para toda la vida, entre un hombre y una mujer, y entre la pareja y Dios”.[3]

Unión plena y duradera

El compromiso del matrimonio se describe en la Escritura como una alianza, es decir, un pacto solemne entre dos personas en presencia de Dios (Mal. 2:14; Prov. 2:16, 17). Al igual que el pacto entre Dios y su pueblo, este compromiso se caracteriza por su permanencia, obligación y fidelidad mutua (Efe. 5:21-23). La familia y la comunidad son testigos de este compromiso de amor, reconociendo que es Dios quien sostiene y protege esta unión, destinada a durar toda la vida (Mat. 19:6). Inevitablemente, la ruptura de este pacto solemne tiene graves consecuencias para la pareja, sus descendientes y la sociedad en su conjunto.

Preparativos para la boda

La preparación es fundamental para garantizar una unión matrimonial sana y duradera. Hay que tener en cuenta algunos aspectos fundamentales:

Consejeria: El asesoramiento prematrimonial es esencial para quienes van a casarse. No se debe apresurar el matrimonio y se debe recibir la orientación necesaria. El ministro responsable de esta tarea puede preparar los temas más relevantes sobre el matrimonio o utilizar el Curso para novios elaborado por el Ministerio de la Familia de la División Sudamericana.

Requisitos legales: Es necesario cumplir los requisitos legales relativos al matrimonio, ya sea en el Registro Civil correspondiente o solicitando la presencia de un funcionario civil autorizado en el lugar donde se vaya a celebrar la ceremonia religiosa. En algunos países, el matrimonio civil puede ser realizado por ministros religiosos siempre y cuando se haya acordado con el ministro oficiante y la iglesia, y se haya presentado la debida solicitud de autorización en el Registro Civil correspondiente.[4]

Requisitos eclesiasticos: Deben tenerse en cuenta los siguientes aspectos:

1. En la ceremonia religiosa del matrimonio, las exhortaciones, los votos, la oración y la declaración de casamiento son realizados únicamente por un pastor adventista ordenado.[5]

2. Los novios deben presentar su certificado de matrimonio civil antes de la ceremonia (si la ceremonia solo tiene efectos religiosos).

3. Se espera que los novios no estén viviendo físicamente juntos, ya que la Biblia presenta un orden lógico que establece la bendición divina antes de la unión de la pareja (Gén. 1:27, 28; 4:1). El noviazgo se reconoce como un período preparatorio para el futuro matrimonio.[6] Las prácticas sexuales antes o fuera del matrimonio se consideran una violación de los mandamientos de Dios (1 Cor. 6:18; Mat. 19:9).

4. La Iglesia Adventista del Séptimo Día, según la Biblia, no celebra matrimonios entre personas de diferentes religiones (2 Cor. 6:14, 15).

5. La iglesia no celebra bodas los viernes por la tarde ni los sábados debido a que los preparativos y las actividades de celebración de la boda interfieren con el propósito original del sábado.[7]

6. Acerca del divorcio y el nuevo casamiento,

el Manual de la iglesia afirma: “El cónyuge que violó el voto matrimonial y se divorcia no tiene el derecho moral de volver a casarse mientras el cónyuge que fue fiel al voto matrimonial viva, y permanezca sin casarse y casto. La persona que lo haga será separada de la feligresía de la Iglesia. La persona con quien él o ella se case, si es miembro de la iglesia, también será separada de la feligresía de la iglesia”.[8]

7. Cualquier otra situación deberá presentarse, en su caso, a la Asociación/ Misión para su análisis.

Estructura y naturaleza de la ceremonia

Aunque las diferencias culturales han integrado formas y símbolos específicos en la ceremonia nupcial, la Iglesia Adventista orienta que esta celebración siga un orden y una estructura coherentes. Además, no se debe olvidar que en algunos casos también es necesario cumplir con los protocolos establecidos por la ley. “Aunque el matrimonio fue realizado por primera vez por Dios solo, se reconoce que los humanos viven ahora bajo los gobiernos civiles de esta Tierra; por lo tanto, el matrimonio tiene un aspecto divino y un aspecto civil. El aspecto divino está gobernado por las leyes de Dios; y el aspecto civil, por las leyes del Estado”.[9]

Como en toda ceremonia cristiana, el centro y el objeto de culto es siempre Dios. Hay que honrarlo como Autor y Mantenedor de esta unión sagrada. La pareja se presenta para reconocer la soberanía de Dios y buscar su bendición. Los novios son adoradores que, con reverencia y gratitud, invitan a sus familiares y sus amigos a celebrar en presencia del Creador. Con este enfoque, tanto los novios como el pastor deben asegurarse de que esta gozosa ocasión refleje claramente los valores y los principios bíblicos adventistas.

Aunque el programa puede constar de varias partes, hay al menos cuatro que son esenciales y constituyen el centro de la ceremonia. Estas partes deben ser dirigidas única y exclusivamente por un ministro ordenado.

Sermon y exhortacion: Es necesario un mensaje claro y directo de la Biblia para que todos los presentes comprendan la importancia del momento. Este sermón no debería durar más de “cinco a diez minutos, y debería ocuparse del plan de Dios para el matrimonio y la unidad de la familia, el amor mutuo en el matrimonio”.[10] La “exhortación” es lo que el pastor dice a la pareja después del mensaje bíblico e inmediatamente antes de los votos matrimoniales.[11]

Votos: Pueden ser pronunciados por el pastor oficiante, y los novios responden afirmativamente, comprometiéndose ante Dios a amar a su cónyuge para toda la vida. Los novios también pueden repetir los votos mientras el pastor los presenta, o pueden pronunciar votos preparados de antemano y consensuados con el pastor oficiante.[12]

Oracion: Esta oración pastoral debe pronunciarse preferentemente de rodillas (a menos que exista algún impedimento justificado), ya que representa un momento de profunda solemnidad.[13]

Declaracion: La declaración estándar que debe hacer el ministro seguirá la siguiente estructura, dependiendo de si la ceremonia es legal y/o religiosa: “Por el poder investido en mí como ministro del evangelio de Jesucristo, y por [jurisdicción legal], ahora declaro que [la novia y el novio] son marido y mujer según la ordenanza de Dios y de acuerdo con las leyes de [jurisdicción legal]. ‘Lo que Dios unió no lo separe el hombre’ ”.[14]

Planificación

Se recomienda que el pastor haga énfasis en la sencillez y la economía a la hora de celebrar la ceremonia. Con antelación, el pastor y los ujieres deben hacer planes específicos, preparando un orden establecido para la ceremonia. También es esencial que se discutan de antemano los principios de la música, la vestimenta y la comida.

El ministro no debe actuar como coordinador de la boda, sino como consejero principal. Muchos de los participantes en una ceremonia de boda no están acostumbrados a estar delante de un público, y pueden sentirse inseguros y nerviosos. Un ensayo previo puede reducir considerablemente las tensiones y proporcionar mayor seguridad al grupo que participa en la ceremonia. En colaboración con el coordinador de la boda, será muy valioso reunir a los participantes para organizar el proceso, crear un sentimiento de compañerismo y ofrecer orientación espiritual.[15]

En resumen

El apóstol Pablo declaró: “Maridos, amen a sus mujeres, así como Cristo amó a la iglesia y se entregó a sí mismo por ella” (Efe. 5:25). En este versículo, Pablo utiliza la imagen de un matrimonio para ilustrar el vínculo entre Cristo y la iglesia. Esta relación se utiliza para fortalecer y ejemplificar el vínculo matrimonial. Veamos algunas de las características de este amor:

Amor sacrificado: Es el amor que permite al marido amar a su esposa como Cristo amó a la iglesia. Este amor no es solo declarativo, poético o enunciativo, sino que implica sacrificio, incluso hasta la muerte.

Amor santificador: Amor que santifica mediante la Palabra, la verdad y el Señor. Apartado para un uso sagrado.

Amor protector: Amor que ama, cuida y protege.

Amor fiel: Amor que establece un compromiso de fidelidad. Solo Cristo garantiza el fiel cumplimiento de este compromiso.

El matrimonio fue establecido por Dios en el Edén y confirmado por Jesús como una unión para toda la vida entre un hombre y una mujer en amorosa comunión (Mat. 19:4, 5). Para el cristiano, el matrimonio es un compromiso con Dios y con su cónyuge, y solo debe contraerse entre un hombre y una mujer que compartan la misma fe. El amor mutuo, el honor, el respeto y la responsabilidad constituyen la base de esta relación, que debe reflejar el amor, la santidad, la intimidad y el compromiso duradero que existen entre Cristo y su iglesia.

Una historia de amor

Ida Blun nació en Worms (Alemania) y era la quinta de siete hermanos. En 1871 se casó con Isidor Straus, con quien tuvo siete hijos. En una ocasión, ambos se encontraban en Europa con la intención de viajar a los Estados Unidos. La nave en la que se embarcaron se llamaba Titanic. La noche del famoso naufragio, la pareja se encontraba cerca del bote 8, junto con su sirvienta, Ellen Bird. Aunque el oficial a cargo del barco intentó persuadirlos para que subieran al bote, Isidor se negó mientras hubiera mujeres y niños en cubierta. Animó a su mujer a subir al bote, pero ella decidió quedarse con él. Evidentemente, no había espacio suficiente para que los dos se salvaran. Con espacio disponible para solo una persona y ante el inminente naufragio, ambos trataron de convencer al otro de que subiera al bote y se salvara.

El amor hizo que cada uno diera prioridad al otro, y el amor hizo que ninguno de los dos quisiera salvarse a costa del otro. Nadie pudo convencerlos. Según los testigos, sus últimas palabras fueron: “Hemos vivido juntos cuarenta años; si no podemos seguir viviendo juntos, moriremos juntos”. Y así, abrazados, se hundieron. El cuerpo de Isidor fue recuperado,

pero el de Ida nunca se encontró. En el cementerio de Woodslawn, en el Bronx, Nueva York, hay una lápida situada en el mausoleo de los Straus, cuyo epitafio dice: “Las aguas torrenciales no pueden apagar el amor, ni los ríos anegarlo” (Cant. 8:7).

Valora tu matrimonio dedicando tu tiempo y tus recursos para fortalecer intencionalmente el vínculo con tu cónyuge. Recuerda que el matrimonio es un reflejo del amor de Cristo por la iglesia y, como tal, debe cultivarse con paciencia, perdón y dedicación.

Sobre el autor: Bruno Raso es vicepresidente de la Iglesia Adventista para Sudamérica y Josué Espinoza secretario ministerial asociado para la Iglesia Adventista en Sudamérica


Referencias

[1] Elena de White, El ministerio de curación (ACES, 2008), p. 277.

[2] Elena de White, El hogar cristiano (ACES, 2013), p. 13.

[3] Manual de la iglesia (ACES, 2024), p. 13.

[4] División Sudamericana. Requisitos para el matrimonio en la Iglesia Adventista del Séptimo Día. Voto 2014-110.

[5] Manual de la iglesia, p. 82.

[6] Manual de la iglesia, p. 169.

[7] División Sudamericana. Requisitos para el matrimonio en la Iglesia Adventista del Séptimo Día. Voto 2014-110.

[8] Manual de la iglesia, p. 176.

[9] Manual de la iglesia, p. 175.

[10] Guía para ministros adventistas del séptimo día (ACES, 2010), p. 152.

[11] Manual de la iglesia, p. 206.

[12] Guía para ministros adventistas del séptimo día, pp. 152, 153.

[13] Manual de la iglesia, p. 206

[14] Guía para ministros adventistas del séptimo día, p. 154.

[15] Guía para ministros adventistas del séptimo día, pp. 149, 150.