La fidelidad a la vocación y su impacto en el liderazgo
Elías, invadido por un profundo desánimo, se refugió en una cueva del monte Horeb tras la agotadora batalla con los falsos profetas en el monte Carmelo, que resultó en la muerte de cuatrocientos cincuenta profetas de Baal y cuatrocientos profetas de la diosa Asera (1 Rey. 18:19). Este enfrentamiento había sido precedido por tensos encuentros con el rey Acab y su infame esposa Jezabel, quien, originaria de Sidón, había introducido en Israel el fervor de su religión y tuvo la audacia de intentar destruir la identidad espiritual del pueblo de Dios.
Por orden divina, Elías había profetizado la falta de lluvia y la consecuente devastación de las cosechas, como una forma de exponer la falsedad de Baal, el supuesto dios de la naturaleza. Luego de que finalmente cayera una lluvia torrencial y después de haber corrido veinte kilómetros delante del carro de Acab, Elías se sintió cansado, exhausto y vulnerable a la depresión, hasta el punto de desear la muerte. Dominado por el miedo y el desánimo, huyó al desierto de Sinaí, donde, después de cuarenta días de caminata, se refugió en una cueva.
Esa escena refleja con precisión su estado emocional y su crisis vocacional. El exceso de trabajo, sin equilibrar el descanso y el ocio, condujo al agotamiento y a la pérdida de la pasión por el desempeño y el desarrollo de su vocación.[1] En medio de la desesperación, Elías derramó su corazón ante Dios: «Sentí un vivo celo por el Señor Dios Todopoderoso, porque los israelitas han dejado tu pacto, han derribado tus altares y han matado a tus profetas. Solo yo he quedado, y me buscan para quitarme la vida» (1 Rey. 19:10). Pero ¿por qué Elías fue precisamente al monte Sinaí, también conocido como monte Horeb? Es necesario entender que tenía una batalla espiritual para guiar al pueblo a romper con el sincretismo entre el yahvismo y el baalismo, llamándolos de nuevo a la adoración exclusiva a Yahvé. Según el profesor Homer Heater hijo, la peregrinación de Elías fue una búsqueda de las raíces del yahvismo, ya que en ese monte Dios se le había aparecido a Moisés, donde le había entregado la Ley y donde Israel había nacido como nación fundada en la adoración a Yahvé.[2]
Así, la mención del Sinaí en la historia de Elías se refiere al encuentro de Dios con Moisés, del cual este salió como fundador de la nación. De la misma manera, a partir de su encuentro con Dios, también en el Sinaí, Elías aparece como el reconstructor y reformador de Israel.[3]
Lidiando con el pasado
«¿Qué haces aquí, Elías?» (1 Rey. 19:9). Esa pregunta, totalmente innecesaria para un Dios omnisciente (Sal. 139), se parece a la que fue hecha a Adán: «¿Dónde estás?» (Gén. 3:9). No se trata de una investigación sobre su ubicación geográfica, sino de una indagación acerca de su condición en relación con el plan y el llamado que Dios le había confiado.
La respuesta de Elías (1 Rey. 19:10) se centró en las glorias del pasado. Su intensa dedicación a lograr el bienestar espiritual de Israel, sumada a la falta de reconocimiento o aprecio y a la inesperada persecución por parte de los líderes de la nación, generó en él profundos problemas emocionales: son problemas que encuentran paralelismos con el ministerio pastoral en la actualidad.
La falta de reconocimiento sincero o de un ambiente de trabajo acogedor puede producir sentimientos como desánimo, depresión, miedo, frustración, enojo y bajo autoestima. Cuando ya hay una predisposición al desánimo, esos problemas tienden a verse empeorados por la indiferencia o por la falta de una retroalimentación honesta por parte de los líderes que forman parte de la jerarquía de cualquier sistema.[4]
A pesar de la importancia de estos factores, es fundamental asumir la responsabilidad y buscar la madurez emocional, vocacional y espiritual, sin perder de vista dos aspectos esenciales. En primer lugar, la Palabra de Dios nos guía a olvidar el pasado (Isa. 43:18), especialmente cuando se torna un ancla que nos ata a un momento puntual o un velo que nos impide ver el futuro (vers. 19). En segundo lugar, todo pastor enfrentará crisis vocacionales y momentos de desánimo en algún punto de su trayectoria.
En ese contexto, aplican las siguientes palabras de Elena de White: «A todos nos tocan a veces momentos de intensa desilusión y profundo desaliento, días en que nos embarga la tristeza y es difícil creer que Dios sigue siendo el bondadoso benefactor de sus hijos terrenales; días en que las dificultades acosan al alma, en que la muerte parece preferible a la vida. Entonces es cuando muchos pierden su confianza en Dios y caen en la esclavitud de la duda y la servidumbre de la incredulidad. Si en tales momentos pudiésemos discernir con percepción espiritual el significado de las providencias de Dios, veríamos ángeles que procuran salvarnos de nosotros mismos y luchan para asentar nuestros pies en un fundamento más firme que las colinas eternas; y nuestro ser se compenetraría de una nueva fe y una nueva vida».[5]
«Olvidándose de Dios, Elías huyó hasta hallarse solo en un desierto deprimente».[6] Huida y soledad: ese es el peligroso destino cuando nos olvidamos de Dios y escuchamos solo nuestros problemas y sentimientos.
Como pastores, debemos recordar que estamos en medio del gran conflicto, el cual posee «dimensiones cósmicas, históricas y personales», según afirma el pastor Alberto Timm.[7] Así como el diablo intentó desanimar y engañar a Elías, buscará hacer lo mismo con los pastores de la actualidad ya que —al igual que Elías— ellos son los portavoces de la verdad presente (Apoc. 14:6-12).
También es necesario recordar que David, en su más grande crisis, encontró ánimo en el Señor, su Dios (1 Sam. 30:6), y que Pablo nos enseña que la verdadera alegría no depende de las circunstancias, sino que se encuentra en una persona: Cristo (Fil. 4:4-7). En otras palabras, necesitamos permitir que la mirada de Dios nos defina, y no la validación de jefes o colegas, aunque tales consideraciones tengan valor e importancia para el equilibrio emocional.
Comenzar de nuevo ahora para un futuro mejor
En la conversación entre Dios y Elías, el Señor le da algunos imperativos que todavía resuenan en nuestros oídos, ya que la historia registrada en el Antiguo Testamento fue escrita como ejemplo tipológico (1 Cor. 10:11).
En primer lugar, Dios dijo: «Sal» (1 Rey. 19:11). Elías debía dejar la cueva. Para algunos pastores, esa cueva podría simbolizar la pérdida del rumbo, manifestada en tristeza, resentimiento, estancamiento, autocompasión y amargura (Heb. 12:15). Luego, el Señor agregó: «Vuélvete por tu camino» (1 Rey. 19:15). Ese regreso estaba directamente ligado a los planes que Dios todavía tenía para el futuro de Elías. Esto deja claro que Dios no había permitido que el profeta depusiera las armas ni renunciara a su ministerio.
En relación con esto, Elena de White afirmó: «Mucho depende de la actividad incesante de quienes son fieles y leales; y por esta razón Satanás hace cuanto puede por impedir que el propósito divino se realice mediante los obedientes. Induce a algunos a olvidar su alta y santa misión y a hallar satisfacción en los placeres de esta vida. Los mueve a buscar la comodidad, o a dejar los lugares donde podrían ser una potencia para el bien y a preferir los que les ofrezcan mayores ventajas mundanales. A otros los induce a huir de su deber, desalentados por la oposición o la persecución. Pero todos los tales son considerados por el Cielo con la más tierna compasión. A todo hijo de Dios cuya voz el enemigo de las almas ha logrado silenciar se le dirige la pregunta: “¿Qué haces aquí? Te ordené que fueses a todo el mundo y predicases el evangelio, con el fin de preparar a un pueblo para el día de Dios. ¿Por qué estás aquí? ¿Quién te envió?”».[8]
Independiente de los muchos y legítimos factores que pueden llevar al pastor al desánimo, una misión permanece, tal como sucedió con la iglesia que enfrentó una amarga decepción (Apoc. 10:10-11). El imperativo es doble: «Vuélvete por tu camino» (1 Rey. 19:15). Pero ¿qué necesitaba hacer exactamente Elías? Algunas acciones eran imprescindibles.
Primero, necesitaba volver a empezar y continuar el camino de su llamado. El monte Horeb debía quedar atrás, y Elías, como alguien que había estado en la presencia de Dios, debía descender ya que había trabajo que hacer al pie del monte. No es casualidad que Elías aparezca luego en la transfiguración, en el momento en el que los discípulos desearían quedarse en el monte a pesar de las necesidades misioneras que existían allá abajo (Mat. 17:2-4, 14-21).
En segundo lugar, Dios le ordena a Elías que unja a Hazael y Jehú, reyes de Siria e Israel (1 Rey. 19:15-16). De alguna manera, el futuro de esos pueblos pasaba por las manos de Elías. Su misión, por lo tanto, debía trascender las fronteras de Israel. En cierto sentido, el destino de las naciones hoy depende de cómo responden al mensaje proclamado por los pastores y por la Iglesia en todo el mundo antes de la segunda venida de Cristo (Apoc. 14:6-12).
En tercer lugar, el nuevo comienzo de Elías implicaba la orden de ungir a «Eliseo hijo de Safat, de Abel Meula, […] para que sea profeta» en su lugar (1 Rey. 19:16). Actualmente, se observa un éxodo masivo de pastores que dejan el ministerio por razones que van desde problemas morales hasta desafíos
emocionales. Muchas veces, esto se ve agravado por la incomprensión de la iglesia, la soledad personal y profesional y la falta de apoyo, soporte y motivación organizacional. Sin embargo, a pesar de esas dificultades, el imperativo del ministerio permanece: perseverar, predicar, formar líderes y, sobre todo, generar sucesores.
Si Elías se hubiera quedado en la cueva, ¿qué relevancia habría tenido todo su trabajo? Ninguna. Necesitaba discipular a otros para garantizar la continuidad de su obra. Querido pastor, solo la eternidad revelará la grandeza de tu obra.
Conclusión
Elena de White escribió: «Algunos se han sentido tentados a retirarse de la obra para dedicarse a trabajos manuales. Vi que si Dios aparta de ellos su mano y quedan sujetos a las enfermedades y la muerte, entonces sabrán lo que son tribulaciones. Es muy terrible murmurar contra Dios. Los que lo hacen no reparan en que el camino por donde van es áspero y requiere abnegación y crucifixión del yo, y no han de esperar que cuanto les suceda se deslice tan suavemente como si anduvieran por el camino ancho».[9]
¿Tú también te has sentido tentado a abandonar el llamado de Dios? Entonces, necesitas comenzar de nuevo, porque todavía hay un largo «camino» por delante (1 Rey. 19:7). A pesar de sus fragilidades y miedos, que se asemejaban a los nuestros (Sant. 5:17), el fin del camino de Elías fue glorioso (2 Rey. 2:10-11). La traslación, como expresión de victoria final, es la meta suprema de todo pastor, y debe servir como esperanza y consuelo en tiempos de lucha y desánimo (1 Tes. 4:16-18).
No estás solo. A pesar de los frecuentes momentos de desánimo, podemos tener la certeza de que «las aflicciones de este tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que se ha de manifestar en nosotros» (Rom. 8:18).
Sobre el autor: Pastor en Aracaju, Sergipe, Brasil
Referencias
[1] Gene Getz, Elias: Um Modelo de fé e Coragem (Mundo Cristão, 2003), pp. 158-193.
[2] Roy B. Zuck (ed.), A Biblical Theology of the Old Testament (Moody Press, 1991), p. 134.
[3] Para Mario Pereyra y Enrique Espinosa, hay muchos paralelismos entre Moisés y Elías: (1) soportaron el aprendizaje en el desierto; (2) sufrieron la fuerza de la soledad; (3) fueron intercesores del pueblo; (4) a través de ellos, Dios mostró su poder de forma excepcional y prodigiosa; (5) cada plaga provocada por Moisés mostró la falta de poder de algún dios del panteón egipcio o demostraba el poder de Dios; por su parte, Elías usó la misma estrategia: la sequía de tres años y medio atacaba el reino de Baal, el dios de la lluvia, y de Astarté, la diosa de la primavera; (6) ambos se encontraron con Dios en el mismo lugar, donde recibieron el mensaje de una nueva misión (ver La Posmodernidad desde la perspectiva profética [Bienestar Psicológico Editorial, 2000], p. 186).
[4] Gary Smaley, O Amor que Permanece Para Sempre (United Press, 1998), p. 62.
[5] Elena de White, Profetas y reyes (ACES, 2008), p. 119.
[6] White, Profetas y reyes, p. 119.
[7] Alberto Timm en Semana Teológica en la UNASP en 2024, al hablar sobre el tema del Gran Conflicto como uno de los temas centrales de la teología adventista.
[8] White, Profetas y reyes, p. 126.
[9] Elena de White, Joyas de los testimonios (ACES, 2015), t. 1, p. 38.
