Una perspectiva bíblica

Las cuestiones relacionadas con la “identidad de género” han entrado en conflicto con las opiniones religiosas conservadoras. Este choque se ha convertido en un problema importante en las relaciones Iglesia-Estado en gran parte del mundo. Algunos sugieren que la única solución es que la religión cambie su visión de la sexualidad y el género, adaptándola más a los tiempos actuales. Los medios de comunicación laicos, por ejemplo, han hablado de importantes cambios de opinión y divisiones en el mundo evangélico en relación con el matrimonio entre personas del mismo sexo. Aunque algunas denominaciones se han vuelto más receptivas a la política pública sobre el matrimonio entre personas del mismo sexo, la mayoría de ellas sigue estando de acuerdo en que la iglesia debe poder ensenar y defender la visión bíblica de la sexualidad. En este contexto, aunque el discurso sobre la importancia de respetar a todas las personas está ganando más aceptación, las creencias subyacentes sobre el comportamiento sexual permanecen esencialmente inalteradas.[1]

Fundamentos teológicos e históricos

Separar el sexo (la identidad sexual biológica de una persona al nacer) del género (la forma en que alguien expresa su identidad sexual) puede parecer un fenómeno moderno. Sin embargo, la idea de una desconexión entre el sexo biológico y la expresión de género tiene profundas raíces en el mundo antiguo. La cultura grecorromana, por ejemplo, ya conocía el concepto de que los hombres se feminizaban y se presentaban como mujeres. Incluso antes de eso, las Escrituras hebreas contenían instrucciones que indicaban la existencia de prácticas paganas primitivas de personas que se identificaban con el sexo opuesto. Un análisis de cómo el pueblo de Dios abordó este fenómeno en el pasado puede ofrecer una valiosa perspectiva para que los cristianos reflexionen sobre las manifestaciones actuales de estas mismas cuestiones.

El contexto del Antiguo Testamento. Las Escrituras ensenan que Dios es el autor de nuestra identidad sexual. Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento afirman que Dios creó a todos los seres humanos como “varón y mujer” (Gén. 1:27; 5:2; Mat. 19:4; Mar. 10:6). Para la Biblia, el principio es que el sexo biológico sirve de base para la identidad de género de una persona, que se refleja en su apariencia, su identidad sexual y su comportamiento.[2]

La lógica bíblica del vínculo entre sexo biológico e identidad de género se revela en su forma de entender la naturaleza humana. Las Escrituras ensenan que el ser humano es una unidad formada por mente, cuerpo y espíritu (Gén. 1:1; Mar. 12:30). Por lo tanto, el alma —es decir, la persona en su totalidad— no puede reducirse a ninguno de estos elementos de forma aislada. Partiendo de esta visión integral del ser humano, resulta problemático afirmar que la identidad sexual o de género puede disociarse del cuerpo, o que el cerebro puede contraponerse al cuerpo en relación con la identidad sexual.

Esto no significa que los procesos subjetivos del pensamiento no puedan confundirse o disociarse de la identidad sexual. Al fin y al cabo, vivimos en un planeta afectado por el pecado. Además, puede haber casos de auténtica ambigüedad física, en los que es difícil identificar el sexo de un bebé. Estas condiciones, conocidas como intersexuales, representan un subconjunto muy pequeño de quienes se enfrentan a la confusión de género.

La Biblia afirma que la creación ha sido corrompida por el pecado (Rom. 3:9; 7:17; 8:20-23; Jer. 17:9; Gál. 5:17). Como consecuencia, la mente necesita ser renovada y recreada por Dios (Rom. 12:2; 2 Cor. 5:17). Por lo tanto, las emociones, los sentimientos y las percepciones humanas no son indicadores totalmente fiables de los designios, los ideales y la voluntad de Dios (Prov. 14:12; 16:25). Debemos buscar la guía de Dios a través del Espíritu Santo y de las Escrituras para discernir cuál es el plan de Dios para nuestra vida (Sal. 25:4, 8-10; 32:8).

Las Escrituras establecen una conexión entre el sexo biológico y la identidad de género a través de varias instrucciones que se nos dan. Una de ellas es la prohibición de que una persona de sexo masculino vista ropas del sexo opuesto: “La mujer no vestirá ropa de hombre, ni el hombre ropa de mujer, porque es abominación para el Señor tu Dios” (Deut. 22:5). Otra instrucción prohíbe las relaciones sexuales entre personas del mismo sexo: “No te acostarás con varón como con mujer. Es abominación” (Lev. 18:22).

Es importante señalar que esta instrucción contra las relaciones entre personas del mismo sexo presupone la existencia de una cualidad esencial y estática en la identidad sexual. De lo contrario, sería posible subvertir la norma simplemente reclamando la identidad del sexo opuesto. La importancia de preservar la identidad sexual biológica también queda patente en la prohibición de destruir o extirpar los genitales masculinos (Deut. 23:1).

Algunos sostienen que estos textos solo tenían una aplicación especial en el contexto del antiguo sistema israelita de sacrificios y rituales de purificación. Sin embargo, en lugar de ser simplemente textos aislados con una aplicación única en el contexto hebreo, estas instrucciones son internamente coherentes y subrayan el compromiso bíblico subyacente con la dualidad sagrada de los sexos. En relación con la vestimenta, por ejemplo, Richard Davidson afirma que “el travestismo es moral y culturalmente repugnante para Dios, no sólo por su asociación con la homosexualidad y los rituales de culto a la fertilidad, sino también —y principalmente— porque mezcla y confunde las distinciones básicas de la dualidad de sexos (masculino y femenino) establecidas en la creación”. Davidson concluye que “la intención era que esta legislación fuera permanente (transtemporal) y universal (transcultural) en su aplicación”.[3]

La conclusión de Davidson sobre la aplicación universal de estas enseñanzas se ve respaldada por el hecho de que se repiten en el Nuevo Testamento (Rom. 1:26‑29; 1 Cor. 6:9). El concepto clave de las instrucciones del Antiguo Testamento es que reflejan una teología bíblica más amplia sobre el papel de la distinción de sexos desde el momento de la Creación (Gén. 1:27; 2:21-25).

La instrucción del Nuevo Testamento. El testimonio bíblico de la creación del ser humano, con ambos sexos hechos a imagen de Dios, ha contrastado históricamente con los puntos de vista de las culturas circundantes. El mundo grecorromano, por ejemplo, adoptó en gran medida un dualismo espiritual/material, articulado por Platón y promovido por diversos grupos gnósticos. Este dualismo tendía a considerar la sexualidad como parte del mundo material y, por tanto, inferior o incluso maligno. El sexo masculino era relacionado el reino de la razón y el sexo femenino con el mundo de la pasión y la emoción.[4] Aristóteles también ensenaba un dualismo entre el cuerpo y la mente. Creía que las mujeres eran esencialmente hombres mutilados, lo que se evidenciaba por su supuesta razón más débil y sus pasiones más fuertes. Las mujeres, los eunucos y los hermafroditas eran considerados “hombres inferiores”, ya que sus cuerpos evidenciaban “almas inferiores”.[5]

Cristo contradijo tanto el dualismo material/espiritual griego como la idea de superioridad/inferioridad de género al afirmar que, “desde el principio”, Dios hizo al hombre y a la mujer como parte de una creación “buena” (Mar. 10:6; Mat. 19:4). Además, Cristo subrayó la dignidad de toda la humanidad, independientemente de su sexo. En Mateo 19:12, por ejemplo, menciona a los eunucos como parte de la comunidad de fe.

Algunos han sugerido que la declaración de Cristo sobre los eunucos abarcaba un tercer género o categoría distinta de la masculina o femenina.[6] Sin embargo, esta idea distorsiona el significado dado por Cristo. El contexto de este pasaje es el matrimonioy la importancia de la fidelidad dentro de él. Cuando los discípulos expresaron su sorpresa ante esta norma tan estricta, Cristo indicó que el matrimonio no es para todo el mundo. A continuación, mencionó tres categorías de individuos, incluidos los nacidos sin función sexual (Mat. 19:12).

Sin embargo, el género es mucho más que la función sexual. La Biblia no dice que los eunucos no tuvieran género. Al contrario, en la historia de Felipe y el etíope, al eunuco se le llama explícitamente “hombre” (aner) y se refiere a él con pronombres masculinos (Hech. 8:27, 38).

Aceptar al eunuco en la comunidad de fe no contradice la enseñanza de que los hombres no deben adoptar personalidades o identidades femeninas. En 1 Corintios 6:9, Pablo condena el comportamiento de los hombres blandos o afeminados (malakoi). Las evidencias de la historia clásica contradicen la idea de que la disforia de género solo se está comprendiendo ahora. Los griegos ya eran conscientes de la existencia de hombres que se feminizaban persistentemente. De hecho, la palabra que utilizaban para describir esta condición —malakoi— es la misma que emplea Pablo.[7]

Algunos señalan la afirmación de Pablo de que “en Cristo Jesús” “no hay varón ni mujer” como una indicación del fin de las distinciones de género (Gál. 3:28). Sin embargo, el contexto muestra que este pasaje se refiere a una declaración de igualdad relacionada con la salvación, y no a la eliminación de roles específicos de género en el hogar, la iglesia o la sociedad. Pablo fue igualmente enfático en otros textos, al afirmar que tales roles seguían existiendo y debían ser respetados por los cristianos (ver 1 Tim. 2:11-14; 1 Cor. 14:34-36; 11:7-14).

Conclusión

La Biblia es un libro antiguo, pero los principios que presenta sobre las diferencias entre hombres y mujeres, así como la necesidad de salvaguardar el pudor y la seguridad de ambos sexos, abordan directamente muchos problemas contemporáneos. Los adventistas del séptimo día creemos que las Escrituras están inspiradas por Dios y presentan aspectos fundamentales sobre la naturaleza humana, así como sobre el origen y la importancia de la diferencia entre los sexos.

Desde sus primeros capítulos, pasando por las experiencias del pueblo de Israel, hasta las enseñanzas de Cristo y los apóstoles en el Nuevo Testamento, vemos que la Biblia valora las características de ambos sexos y enseña que los géneros no deben ser indefinidos ni mixtos.

Sobre el autor: Abogado, teólogo y profesor en el Seminario de la Universidad Andrews


Referencias

[1] Por ejemplo, en 2019 la Iglesia Metodista Unida votó reafirmar su prohibición de casamiento entre personas del mismo sexo y de la ordenación de individuos LGBTQIA+ dentro de la iglesia (link.cpb.com.br/c34733).

[2] La discusión sobre los antecedentes bíblicos está basada en las declaraciones de la Comisión de Ética del Instituto de Investigación Bíblica (BRI por sus siglas en inglés) sobre Transgenderismo, divulgada en 2014 (link.cpb.com.br/aff4be). Ver también: Transsexuality: A Report of the Evangelical Alliance Policy Commission (Paternoster, 2000), pp. 45-54.

[3] Richard M. Davidson, Flame of Yahweh: Sexuality in the Old Testament (Baker Academic, 2012), p. 172.

[4] Megan K. DeFranza, Sex Differences in Christian Theology: Male, Female, and Intersex in the Image of God (Eerdmans, 2015), pp. 108-125.

[5] DeFranza, Sex Differences in Christian Theology, p. 117.

[6] DeFranza, Sex Differences in Christian Theology, pp. 102-106.

[7] Robert A. J. Gagnon, “The Scriptural Case for a Male-Female Prerequisite for Sexual Relations: A Critique of the Arguments of Two Adventist Scholars”, en Homosexuality, Marriage, and the Church, ed. por Roy E. Gane, Nicholas P. Miller y H. Peter Swanson (Andrews University Press, 2012), pp. 82-85.