Estrategia misionera para el crecimiento del Reino

Cuando se habla de evangelización, generalmente pensamos en campañas misioneras, parejas misioneras, estudios bíblicos, campañas de salud, clases bíblicas, reuniones para no bautizados, entre otras iniciativas. Sin embargo, la idea de plantar iglesias como un método de evangelización no siempre se nos ocurre enseguida. Suele ser visto como un desafío particular: el de abrir obra en un nuevo territorio.

Esa percepción está tan arraigada que la plantación de iglesias termina percibiéndose como una meta distante y compleja, poco asociada al trabajo evangelizador en sí. Acostumbrados a buscar resultados rápidos, solemos considerar que es una tarea demasiado grande como para considerarla como un método regular. En ese contexto, es muy común que surjan pensamientos como: «¿Plantar una iglesia? Voy a necesitar espacio, terreno, construcción, dinero, personas, […] no será nada cómodo; no quiero una campaña larga; este lugar es difícil; no hay habilitaciones urbanas», entre otros. Por eso, a menudo la plantación de iglesias termina siendo tratada de maneta más selectiva.

Pero ¿y si lo viéramos de otra manera? ¿Y si lo entendiéramos como parte de la vida cotidiana de la iglesia, como un estilo de vida permanente de la comunidad local? Por supuesto que el proceso varía según el contexto: en algunos lugares puede darse más rápido; en otros, más lento. Sin embargo, esto no significa que la inauguración de nuevas iglesias deba suceder solo cada cierta cantidad de años.

Podemos cultivar un ministerio de plantación constante de iglesias que aunque los frutos tarden en notarse— mantenga a la comunidad firmemente comprometida con ese propósito, haciendo de él una parte esencial de su misión e identidad.

Acciones para la plantación

Participar de una iglesia ya estructurada es cómodo: podemos adorar a Dios en la tranquilidad de un templo bien organizado, con ministerios en funcionamiento y programas bien conducidos. Sin embargo, el Señor muchas veces nos desafía a salir de esa zona de confort, invitándonos a colaborar en la expansión del evangelio en lugares en los que todavía no hay una comunidad establecida.

 El primer paso para tener una iglesia plantadora es comprender la naturaleza de esa obra. La plantación de iglesias es parte de la misión encomendada por el Señor en su Palabra. El apóstol Pablo escribió: «De esta manera me esforcé por predicar el evangelio donde Cristo no había sido nombrado antes, para no edificar sobre ajeno fundamento, sino como está escrito: “Aquellos a quienes nunca les fue anunciado acerca de él lo verán; y los que nunca han oído de él entenderán”» (Rom. 15:20-21).

Establecer iglesias en nuevos territorios es una obra divina. Para llevarla a cabo, no es necesario que las personas vengan a nosotros: somos nosotros quienes debemos acercarnos a ellas —o, como diría Pablo, «¿cómo predicarán si no son enviados?» (Rom. 10:14-15). Tal vez nunca tengamos la oportunidad de evangelizar en otro continente o en otro país, pero podemos disponernos a alcanzar un vecindario, una comunidad o una zona cercana donde todavía no haya una iglesia plantada. Para eso, es necesaria la misma valentía pionera de quien emprende una misión atravesando el mar hacia el extranjero.

Muchos todavía necesitan recorrer largas distancias para llegar a una iglesia. ¿Por qué seguir así? Sería mucho mejor resolver el problema por la raíz: plantar una iglesia cerca de casa. A menos que vivas al lado de una iglesia adventista, siempre podrás decir: «Puedo tener una iglesia adventista más cerca». Eso fortalece la expansión del Reino y multiplica las oportunidades de servicio.

En varias localidades, existen iglesias que ya están consolidadas —incluso, a veces abarrotadas de gente— en las que es difícil imaginar cómo podrían integrarse los nuevos conversos. Este desafío se complica más cuando la congregación cuenta con un número excesivo de líderes. Con frecuencia, Dios podría hacer mucho más con esos líderes capacitados poco aprovechados.

Entonces, ¿por qué no emprender una misión en otro vecindario? Es mucho mejor tener miembros comprometidos con buenas obras, aunque necesiten colaborar en un lugar más alejado de sus iglesias, para plantar una nueva congregación. Es preferible que participen de una obra pionera a que permanezcan con poca o ninguna participación en sus congregaciones debido a la superposición de liderazgo.

El mayor desafío es que los líderes se desprendan del «egoísmo eclesiástico»: se trata de ese susurro interno que dice «no pierdas a los buenos hermanos», «ellos son talentosos», «¿quién lo podrá sustituir si se va?». Esos pensamientos no solo reflejan falta de fe en la obra misionera de la iglesia, sino también en la providencia divina.

En algún momento, tal vez te tocará decirle a un joven talentoso: «Debes estudiar teología; tu lugar es servir como pastor en la obra de Dios». Tomar esa decisión duele, porque significa perder a alguien útil. Pero la obra de Dios no se limita a la iglesia local: se extiende al vecindario, al distrito, a la región, al país, e incluso al mundo entero. Y eso no se puede concretar sin el establecimiento de acciones pioneras.

A veces, necesitamos dejar de pensar «localmente» para ver la obra como la ve Dios: no se trata solo de la salvación de nuestro vecindario, sino de la salvación de todos, trascendiendo las fronteras de nuestra visión y de nuestra comodidad. La iglesia y sus líderes deben confiar en que «despedirse» de personas para que participen de una obra pionera es precisamente la obra de Dios. Es fundamental que esa convicción esté firmemente presente en los líderes, si queremos que el plan tenga éxito.

Unidades de Escuela Sabática y grupos pequeños

A veces queremos «reinventar la rueda» en cada campaña de plantación de iglesias, siempre creando alguna estrategia nueva. Si bien no hay ningún problema en buscar ideas innovadoras, no podemos olvidar que las estrategias bíblicas ya son eficaces y bendecidas precisamente por eso: ¡porque son bíblicas!

En las Escrituras, los relatos misioneros del libro de Hechos podrían llamarse «el evangelio de las casas». Allí, los cristianos se reunían (Hech. 8:3; ver Rom. 16:3-5; 1 Cor. 16:19), anunciaban el evangelio (Hech. 5:42) y mantenían un ministerio de oración (Hech. 12:11-13). El ambiente familiar y acogedor favorecía la comunión, fortalecía los vínculos entre los creyentes y permitía que el mensaje de Cristo llegara a las personas de manera práctica y transformadora.

Así como en los tiempos bíblicos alguien debía ofrecer su casa, hoy no es diferente y el efecto es el mismo. Abrir el hogar para la obra misionera o para grupos pequeños es un acto de fe, confianza y compromiso con la expansión del Reino. Más que una estrategia, se trata de un estilo de vida que hace que la iglesia esté presente en la vida de las personas.

En nuestras congregaciones, ya tenemos pequeñas comunidades: las clases de Escuela Sabática. Muchas de ellas ya se reúnen en las casas durante la semana en encuentros de grupos pequeños. Pero ¿qué pasaría si además se reunieran los sábados en un lugar fijo, preferiblemente en un vecindario donde viva la mayoría? Podrían convertirse en sucursales de Escuela Sabática e incluso iniciar una nueva iglesia. Inicialmente, no sería necesario un terreno: lo que importa es la disposición a comenzar la obra.

Por supuesto, esta iniciativa debe llevarse a cabo en coordinación con el pastor y con el apoyo de la dirección de la iglesia. La asamblea debe estar al tanto, apoyar e incentivar el surgimiento de una nueva filial de la Escuela Sabática fuera del templo, viéndola como una potencial nueva iglesia, incluso ofreciendo financiamiento para que la obra pionera sea factible. Sin embargo, lo más importante es que la nueva filial comience, ya sea en la casa de alguien o en un lugar alquilado. Esa propuesta también debe ser presentada a la congregación. Se puede, incluso, hacer un llamado para que los miembros interesados apoyen temporalmente el plan junto con el grupo que se establecerá allí permanentemente. Ese apoyo inicial es fundamental. A partir de ahí, se pueden implementar otras estrategias: campañas médicas, evangelización personal y pública, centros de influencia, estudios bíblicos, trabajo en parejas misioneras, entre muchas otras. En relación con esta obra, Elena de White escribió: «En muchos lugares pueden formarse grupos de observadores del sábado. Frecuentemente no serán grupos grandes; pero no hay que desatenderlos; no hay que dejarlos morir por falta de debido esfuerzo personal e instrucción. No debe abandonarse la obra prematuramente […]. En la Escuela Sabática hay también mucho que hacer en cuanto a dar a comprender a la gente su obligación, e inducirla a hacer su parte. Dios la llama a trabajar para él, y los pastores deberían dirigir sus esfuerzos».[1]

Familiaridad, evangelización e intención

En las reuniones de los hogares, la iglesia apostólica se encontraba con gran alegría, porque había algo que les gustaba a todos: la comida (Hech. 2:46). En tu filial de la Escuela Sabática, busca ofrecer un ambiente familiar, que una y fortalezca al grupo. Compartir el alimento no es solo un momento de camaradería, sino que se puede volver una estrategia misionera: une rápidamente a las personas, genera alegría, crea sentimiento de pertenencia e involucra, de forma natural y paulatina, a aquellos que todavía no fueron bautizados. A eso se suma la visitación de la comunidad de fe, que, aunque sea pequeña al comienzo, nace unida y motivada. De forma paralela, los estudios bíblicos y la evangelización intencional, realizados por medio de la amistad con los vecinos y los contactos cercanos, son fundamentales. Esa intención en la evangelización es un pilar indispensable que requiere dedicación, apoyo y concentración de esfuerzos, y cuya recompensa es profundamente gratificante.

Cuando el grupo se consolida en esa visión, los beneficios se comienzan a notar pronto. Como afirma Ed Stetzer, una de las razones por las que la plantación de iglesias es, en sí misma, una estrategia evangelizadora es que «las iglesias nuevas son más eficaces que las grandes, especialmente en la evangelización» y «ganan más personas para Cristo que las iglesias establecidas».[2]

El terreno y el edificio de un futuro templo son bendiciones que llegarán en el momento justo. Existen muchas historias, frecuentemente milagrosas, de cómo Dios prospera esta obra. Es importante recordar que la iglesia está conformada por personas, no por ladrillos. Cristo vendrá a buscar vidas, no bancos o paredes. Por eso, lo esencial al comienzo es contar con personas dispuestas.

La situación del edificio de reunión del templo puede ser diferente en cada contexto y, si no hubiere un lugar previamente comprado —como sucede en algunas situaciones—, una casa siempre será un punto de partida válido. El resto vendrá por la provisión de Dios.

No podemos olvidar ni la osadía de Pablo al plantar iglesias (Hech. 14:21-23; 16:9-10; Rom. 15:20), ni la firmeza de carácter para liderarlas (1 Tes 2:2; Hech. 20:31; Gál. 1:8-9). La obra de Dios no puede avanzar sin el establecimiento de nuevas iglesias, y esa es una responsabilidad eclesiástica que involucra a cada miembro de la congregación.

Conclusión

El crecimiento de la iglesia es, en última instancia, un milagro. Como dice Pablo: «Yo planté, Apolo regó, pero el crecimiento lo ha dado Dios» (1 Cor. 3:6). Ese crecimiento no es solo numérico: se manifiesta plenamente en todos los aspectos que conforman una iglesia. La bendición está disponible, esperando a los protagonistas que estén dispuestos a experimentarla.

En esta obra, la determinación de los líderes de la iglesia es fundamental. Plantar iglesias debe ser un estilo de vida, una estrategia y una tarea que permanezca constantemente en el pensamiento misionero de la iglesia local, considerando siempre las posibilidades estratégicas y la misión que debe cumplirse. La iglesia de Cristo no debe esperar el regreso del Señor en decadencia, sino en crecimiento y cumpliendo su misión (Mat. 28:19-20). ¿Aceptas este llamado?

Sobre el autor: Secretario académico de la Facultad de Teología de la UPeU


Referencias

[1] Elena de White, Consejos sobre la obra de la Escuela Sabática (ACES, 2015), p. 171.

[2] Ed Stetzer, Planting Missional Churches (Broadman & Holman Publishers, 2006), pp. 7-8.