La importancia de la planificación estratégica para el cumplimiento de la misión

En 1911, partieron dos expediciones hacia el Polo Sur. La primera, liderada por el noruego Rolad Amundsen, se destacó por su meticulosa planificación. Trazó la ruta, estudió los métodos de experimentados viajeros del Ártico y decidió utilizar trineos tirados por perros. Con un equipo conformado por esquiadores habilidosos y especialistas en navegación, Amundsen organizó el viaje para lograr recorrer entre 24 y 32 kilómetros en 6 horas cada día. Así garantizó que tanto los hombres como los animales pudieran descansar adecuadamente. Gracias a esa minuciosa preparación, su expedición llegó al Polo Sur con éxito por la primera vez en la historia, el 14 de diciembre de 1911.

Por otro lado, la expedición liderada por Robert Scott tuvo graves errores de planificación. Él escogió trineos motorizados y caballos, que pronto resultaron inadecuados para las condiciones extremas. La mala distribución de los recursos y el uso de indumentaria inapropiada hicieron que el viaje se volviera aún más difícil. El grupo, exhausto, llegó al Polo Sur solo para descubrir que Amundsen ya había plantado la bandera noruega. El regreso fue incluso más trágico: la desnutrición, las enfermedades y la ausencia de un liderazgo eficaz dieron como resultado la muerte de Scott y de parte de su equipo.[1]

Estas dos historias muestran que una planificación meticulosa marca toda la diferencia. Permite definir caminos, organizar recursos, anticipar desafíos y conducir un equipo hacia el éxito. Planear no es solo elaborar estrategias: es asumir responsabilidades y crear previsibilidad; muchas veces, es lo que diferencia el éxito del fracaso. Este principio es especialmente válido en el ministerio pastoral.

Dios de planes

Desde la creación del mundo hasta el plan perfecto de salvación, todo lo que Dios hace tiene lógica, propósito e intención: siempre en el tiempo oportuno (Sal. 33:11; Efe. 1:9-11; 1 Cor. 14:40). No hay nada azaroso en la forma en la que él conduce la historia, sino que hace todo con orden revelando su amor y cuidado. Elena de White escribió: «Como las estrellas en la vasta órbita de su derrotero señalado, los propósitos de Dios no conocen premura ni demora».[2] Este principio nos muestra que la planificación no es solo una herramienta de los gerentes de empresas, sino un reflejo de la naturaleza divina, y debe incorporarse en nuestras acciones. Planificar es transformar la visión en realidad. Es crear puentes entre el sueño y la acción, entre la teoría y la práctica. Vivir sin un rumbo claro es desperdiciar oportunidades, dejar que la vida sea guiada solo por las circunstancias. La planificación estratégica nos ayuda a alinear actividades, organizar prioridades y avanzar con claridad en medio de los desafíos del presente. No se trata de una carga burocrática, sino de un instrumento para dar sentido, enfoque y propósito a nuestro ministerio.

Lamentablemente, las investigaciones muestran que menos del 3 % de la población tiene metas claras, tanto personales como profesionales. ¡Eso no puede suceder con un pastor! Bill Byrne escribió: «No se puede alcanzar un objetivo que no se ve, ni ver un objetivo que no se tiene».[3] Por eso, en el comienzo de este año, es necesario preguntarse: «¿Dónde quiero llegar? ¿Cuáles son los costos, los objetivos y los posibles obstáculos en el camino? ¿Qué procesos y herramientas debo usar? ¿Qué metas tengo que compartir y delegar?». Pensar, reflexionar y planificar no es opcional: es esencial. Después de todo, quien no planifica, planifica fallar.

Jesús dijo: «¿Quién de ustedes, queriendo edificar una torre, no se sienta primero a calcular el costo y ver si tiene lo que necesita para terminarla?» (Luc. 14:28). Para el Creador del universo, la planificación es un aspecto indispensable en la elaboración de cualquier proyecto. El Comentario bíblico adventista agrega: «No tiene sentido comenzar algo que no se puede completar. Un proyecto semejante absorbería tiempo y energía sin esperanza de ninguna recompensa».[4] En el libro Líder de 360°, John Maxwell relata la estrategia del general retirado Tommy Franks para superar desafíos: «Cada día de su carrera desde el 23 de febrero de 1988, ha ido a su trabajo pensando en lo que sucederá en su día […]. Frank dice: “Cada mañana […] anotaba los retos y las oportunidades que podían ocurrir ese día. Más de cinco mil tarjetas después, todavía lo hago. La tarjeta por sí misma no es importante; prepararme para cada día sí lo es”».[5] Así como el general Franks, debemos planificar nuestras acciones a corto, mediano y largo plazo. ¡Al fin y al cabo, también estamos en «guerra»!

¿Para qué planificar?

Para un pastor, la planificación es parte fundamental de la misión: significa preparar caminos para atender las necesidades reales de las personas, ofreciendo esperanza y transformación. Para que eso suceda, es necesario actuar con intención, valorando cada recurso y cada oportunidad, reconociendo que el tiempo y la energía deben ser invertidos con excelencia en el cumplimiento de la Gran Comisión. Elena de White escribió: «Necesita ejercitar su mente haciendo planes referentes a cómo usar el tiempo para alcanzar los mejores resultados».[6]

Sin embargo, la planificación debe ir codo a codo con la fe. Una cosa no quita la otra: la fe no es sinónimo de desorden ni reemplaza la planificación meticulosa.

Los soldados de la independencia de Estados Unidos tenían el siguiente dicho: «Confía en Dios, pero mantén seca tu pólvora».[7] Elena de White refuerza esta idea: «Se necesitan hombres que pidan a Dios sabiduría en oración y que, bajo la dirección de Dios, puedan poner nueva vida en los viejos métodos de trabajo».[8] ¿No es un excelente punto de partida para nuestro ministerio en este nuevo año? ¡Que el Señor nos ayude a dar vida, propósito y «pólvora» a nuestras estrategias y proyectos!

Planificar también es un acto de cooperación, que requiere dependencia de Dios y disposición para escuchar a otros. La Biblia afirma: «Los planes se afirman con el consejo, y la guerra se hace con sabia dirección» (Prov. 20:18). Por eso, debemos actuar unidos, siguiendo en primer lugar los planes de Dios para su iglesia. Por otro lado, planificar también es un acto de responsabilidad personal porque, como advirtió Elena de White, hay hombres que se «satisfacen en seguir siendo incompetentes e ineficientes como si otros debieran trazar los planes y pensar por ellos […] Dios se avergüenza de soldados así».[9] La planificación nos invita a cumplir nuestro rol en la obra, sin delegar a otros lo que Dios confió en nuestras manos.

Cuando se encara bien, la planificación estratégica da lugar a la innovación y al crecimiento. Elena de White escribió: «Deben introducirse nuevos métodos. El pueblo de Dios debe despertar a las necesidades del tiempo en que vivimos».[10] Es por medio de estrategias claras que la iglesia llega a diferentes contextos: «Algunos pueden ser colocados a trabajar en los vallados; de esta forma, con una sabia planificación, se puede predicar la verdad en todos los distritos».[11] Para eso, necesitamos líderes que tengan una visión amplia y corazón misionero. Por lo tanto, la planificación es una clave para que la misión avance con creatividad, eficacia y unidad.

Otro punto esencial: quienes planifican ganan tiempo y evitan el agotamiento. Charles C. Gibbons afirmó: «Una de las mejores formas de ahorrar tiempo es pensar y planear con anticipación; cinco minutos de planeación pueden ahorrar una hora de trabajo».[12] Cuando sabemos a dónde queremos llegar, nuestras energías se concentran y, como consecuencia, cuidamos nuestra salud física y mental. Elena de White enfatizó: «Debo instar a los obreros a planificar su labor de tal manera que no se fatiguen a causa del trabajo excesivo».[13] La planificación evita que el fervor se convierta en agotamiento.

Cabe recordar que la planificación estratégica no sirve solo para obras grandes o proyectos ambiciosos. La fidelidad comienza en las pequeñas tareas, en los gestos diarios que parecen simples, pero que, si se acumulan, dan grandes resultados. A la vez, es necesario reconocer la diversidad: «En la obra de salvar almas, el Señor convoca a obreros que tienen diferentes planes e ideas, y diversos métodos de trabajar»,[14] recordando que las «mentes de diversas clases no pueden tratarse de la misma forma».[15]

Por eso, planificar es más que organizar tareas: es alinearse al carácter de Dios. Es vivir con propósito, promover la armonía y entregarse totalmente al servicio. El apóstol Pablo expresó esa convicción en 2 Corintios 12:15: «De muy buena gana gastaré lo mío y me gastaré yo mismo por ustedes». Este es el corazón del planeamiento estratégico cristiano: dedicar tiempo, talento y energía para que la misión de Dios avance con orden, cooperación y amor.

Disposición para actuar

Tan importante como planificar es actuar. Después de establecer planes y metas, el pastor debe cerrar la agenda, dejar el escritorio e ir al campo para estar entre sus ovejas. El teólogo Jorge Barro escribió: «El modelo de la iglesia que perdura en nuestros días es más gerencial que relacional. El pastor se parece más al gerente de una empresa que a un mentor de vidas […]. ¡Un tremendo error! Para ser pastor se requieren algunos requisitos y uno de ellos, que es innegociable, es el cuidado de las ovejas».[16] En este viaje rumbo al Cielo, no podemos perder de vista que el objetivo de nuestra planificación es estar con las personas, alimentarlas con la Palabra, alcanzar a los hijos de Dios que todavía andan por el camino, producir frutos para el Reino de Dios y ver el crecimiento espiritual de nuestros miembros. Las metas son importantes, sí, pero solo si son dirigidas por el Espíritu de Dios y están impregnadas de amor genuino.

Sobre el autor: Eduardo Lopes es director de Recursos Humanos en AdventHealth, en Estados Unidos. Milton Andrade es editor de Ministerio, edición en portugués


Referencias

[1] John Maxwell, As 21 Irrefutáveis Leis da Liderança (Thomas Nelson Brasil, 2007), versión Kindle.

[2] Elena de White, El Deseado de todas las gentes (ACES, 2008), p. 23.

[3] Bill Byrne, Habits of Wealth (Performance One Pub, 1992), p. 211.

[4] Francis D. Nichol (ed.), Comentario bíblico adventista (ACES, 1995), t. 5, p. 792.

[5] John Maxwell, Líder de 360° (Líder Latino, 2005), pp. 114, 115.

[6] Elena de White, Mente, carácter y personalidad (ACES, 2013), t. 1, p. 6.

[7] Charles R. Swindoll, Liderança em Tempos de Crise (Mundo Cristão, 2004), p. 42.

[8] Elena de White, El ministerio de la bondad (ACES, 2010), p. 101.

[9] White, Mente, carácter y personalidad, t. 1. p. 262.

[10] Elena de White, El evangelismo (ACES, 2015), p. 72.

[11] Elena de White, El ministerio médico (ACES, 2015) p. 429.

[12] Citado en Maxwell, Líder de 360°, p. 125.

[13] White, El evangelismo, p. 99.

[14] Elena de White, Consejos para los maestros (ACES, 2014), p. 490.

[15] Elena de White, Consejos sobre la salud (ACES, 2014) p. 396.

[16] Jorge H. Barro, Pastores Livres (Descoberta Editora, 2013), p. 97.