Así como profetas, sacerdotes y reyes fueron ungidos con aceite para desempeñar funciones especiales, la ordenación por imposición de manos simboliza el reconocimiento de que Dios llama a ciertas personas para propósitos exclusivos. Para abordar esta cuestión, entrevistamos al pastor Stanley Arco, presidente de la División Sudamericana. Nacido en Laranjeiras do Sul, Paraná, obtuvo una licenciatura en Teología en el Instituto Adventista de Ensino (IAE) en 1987. Fue director del Ministerio Joven durante 17 años y ocupó cargos administrativos en Brasil, Bolivia y Chile. Desde abril de 2021, lidera la Iglesia Adventista en América del Sur. Está casado con Regiane dos Reis Arco y es padre de tres hijas: Dilsiane, Monise y Thaís.
¿Cuál es la relación entre el rito de la ordenación y el llamado divino en la vida de un pastor?
El llamado al ministerio tiene siempre un origen divino. Dios toma la iniciativa, utiliza diversas formas o instrumentos y concreta este llamado. La iglesia, a su vez, acompaña el proceso: proporciona preparación académica y pastoral a través de un curso de estudios teológicos, seguido de un período de 4 a 6 años de servicio como aspirante al ministerio. Tras esta fase de aprendizaje, crecimiento y las evaluaciones necesarias, tiene lugar la ordenación al ministerio mediante la imposición de manos.
Esta ceremonia pública simboliza la confirmación por parte de la iglesia de un llamado que tiene su origen en el Señor. El rito de la ordenación constituye el reconocimiento oficial, por parte de la Iglesia Adventista del Séptimo Día, de que el candidato ha sido llamado por Dios para dedicar su vida al ministerio como un compromiso de por vida.
¿Qué aspectos indican que el pastor está preparado para la ordenación?
Después del período de estudios teológicos (de 4 a 6 años) y como aspirante (de 4 a 6 años), la iglesia realiza una evaluación final, analizando el ministerio del candidato hasta la fecha y sus perspectivas futuras. El pastor debe demostrar pruebas satisfactorias en las siguientes áreas: (1) Cualidades personales: conversión, obediencia, testimonio y consagración; identidad bíblica adventista evidente, reflejada en el servicio y la misión; vida familiar ejemplar; madurez física, emocional, espiritual y social; integridad, honestidad, ética y fidelidad; un claro sentido de vocación y dedicación a la salvación de las personas. (2) Reconocimiento y compromiso con la doctrina bíblica: plena aceptación de la Biblia como Palabra de Dios; comprensión y adhesión al mensaje, la organización y las creencias de la IASD, de acuerdo con la Biblia, el Manual de la iglesia y la Guía para ministros. (3) Aptitudes de liderazgo: capacidad para estudiar, interpretar y presentar las enseñanzas de las Escrituras a través de la predicación y la enseñanza; guiar a las personas al bautismo y al discipulado de nuevos creyentes; nutrir, capacitar y guiar a la iglesia para salvar y servir; preparar a la iglesia para el regreso de Jesús.
¿Por qué la ceremonia de ordenación no debería considerarse como un premio?
El llamado al ministerio es un don de la gracia de Dios. La ordenación, como prueba de este llamado, no es un premio, un honor o un título. Quien la recibe no lo hace por méritos propios, sino exclusivamente por gracia divina.
Veamos algunos ejemplos de la Biblia. El apóstol Pablo escribió: “Doy gracias al que me fortaleció, a Cristo Jesús nuestro Señor, que me tuvo por fiel y me puso en el ministerio” (1 Tim. 1:12). En cuanto a Josué, Dios ordenó a Moisés: “Lleva contigo a Josué hijo de Nun, en quien está el Espíritu, y pon tu mano sobre él” (Núm. 27:18). También el joven Timoteo fue llamado al ministerio y recibió la imposición de manos: “No descuides el don que está en ti, que te fue dado por profecía, con la imposición de las manos del presbiterio” (1 Tim. 4:14). Por lo tanto, la ordenación debe considerarse con seriedad, como un resultado de la gracia divina.
El pastor también tiene el privilegio de dirigir las ceremonias de ordenación de los líderes de la iglesia local. ¿Qué criterios deben tenerse en cuenta en el perfil de los líderes que serán presentados para la imposición de manos?
Vemos que en la iglesia apostólica existían tres categorías de líderes ordenados: (1) Ministerio evangelico, cuya función implica la predicación, la enseñanza, la administración de los ritos y el cuidado pastoral de la iglesia (1 Tim. 4:14; 2 Tim. 4:1-5); (2) Ancianato, responsable de supervisarla congregación local (Hech. 14:23; Tito 1:5, 9; 1 Tim. 3:2, 5); y (3) Diaconado, encargado de asistir a los pobres y de la obra de benevolencia de la congregación (Fil. 1:1; Hech. 6:1-6; 1 Tim. 3:8-13). Para el ministro, la ordenación la define la organización que lo emplea; y para el ancianato y el diaconado, la define la iglesia local.
Aunque todos los cristianos están llamados al servicio espiritual, el Nuevo Testamento describe una iglesia organizada, administrada y alimentada por personas especialmente llamadas por Dios y apartadas por la imposición de manos para un servicio espiritual específico. En 1 Timoteo 3:1 al 13 vemos las cualidades y las competencias espirituales requeridas para el ancianato y el diaconado.
¿Cómo puede transformarse este rito en una oportunidad de crecimiento espiritual y misionero para la iglesia?
El pastor debe hacer de este momento no solo un acto ceremonial, sino un momento espiritual de adoración a Dios, de edificación de la iglesia y de consagración al servicio fiel en la causa del Señor. De esta manera, se promueve el crecimiento espiritual y misionero.
Cuando ministres este rito, debes hacer hincapié en el sacerdocio de todos los creyentes, ya que en Cristo somos nuevas criaturas, ministros de la reconciliación y portadores del evangelio (2 Cor. 5:17-21). Efesios 2:19 al 22 enseña que no somos extranjeros ni forasteros, sino conciudadanos de los santos. No somos huérfanos, sino llamados a formar parte de la familia de Dios. No somos piedras sueltas, sino piedras vivas, incorporadas para completar el edificio de Dios.
¿Qué mensaje dejaría a los pastores ordenados y a los que aún esperan la ordenación?
A los pastores ordenados les diría que recuerden que son representantes de Cristo. Sirvan con humildad, compasión y amor, siendo un ejemplo para su rebaño y sus colegas más jóvenes. Que su vida refleje el carácter de Cristo: “Apacienten la grey de Dios” (1 Ped. 5:2).
A los aspirantes les diría que aprovechen este tiempo de preparación para profundizar en su relación con el Maestro, fortaleciendo su fe y alcanzando a las personas de su familia y su comunidad. Sigan el consejo de Pablo a Timoteo: “Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que expone bien la palabra de verdad” (2 Tim. 2:15).
A todos los pastores les digo: Fortalezcan su compromiso total con Dios y con la Biblia como guía en la vida, en los sermones, en la visitación, en la consejería, en la administración eclesiástica y en las decisiones que tomen. Permitan que el Espíritu Santo los use para guiar a sus familias y comunidades de fe. Discipula a tus iglesias a fin de que vivan preparadas para el regreso de Jesús. Lleva a cabo tu ministerio hasta el final de manera honorable, para poder decir como Pablo: “He peleado la buena batalla” (2 Tim. 4:7).