Un dilema aparente
Recuerdo mi primera participación en un concilio pastoral. Yo me acaba de graduar con una licenciatura en Teología, estaba lleno de sueños y era consciente de que tenía mucho que aprender. Aquella experiencia fue profundamente enriquecedora. Durante el programa, dos sentimientos contradictorios dominaban mi corazón: el deseo ardiente de ser un pastor de éxito y la preocupación por las expectativas y los resultados que mis líderes y mi iglesia esperaban de mi ministerio.
En medio de este dilema, una de las conferencias del concilio fue especialmente impactante. Un pastor estadounidense utilizó una ilustración sobre el liderazgo que nunca he olvidado. Dibujó una cruz, escribiendo “Resultados” de manera vertical y “Personas” de manera horizontal. Con ello explicaba que un líder debe equilibrar números y personas, y que estos dos aspectos se entrecruzan, formando la base de un ministerio saludable. Esta ilustración me ha acompañado desde entonces, especialmente cuando reflexiono sobre los desafíos del ministerio pastoral. ¿Cómo podemos armonizar estos dos puntos que, a primera vista, parecen irreconciliables? Algunos creen que centrarse en los resultados —como bautismos, templos, iniciativas y proyectos— significa sacrificar las relaciones. Otros temen que dar prioridad a las relaciones humanas pueda comprometer los resultados y el crecimiento. ¿Es posible encontrar un equilibrio en esta ecuación?
Unir fuerzas
Es esencial darse cuenta de que ser una persona relacional y productiva no se excluyen mutuamente. Comprender, desarrollar y valorar a las personas no se opone al alto rendimiento. De hecho, los ministerios con más éxito integran estos dos aspectos de forma equilibrada y eficaz. Desarrollar relaciones no elimina la necesidad de mantener conversaciones sobre los resultados. Aunque los números pueden ser una forma de medir el rendimiento, no son la única ni necesariamente la más eficaz. El liderazgo relacional no significa renunciar a la autoridad inherente al líder. Al contrario, el liderazgo equilibrado combina la construcción de relaciones coherentes con la capacidad de tomar decisiones firmes y responsables, garantizando que ambos aspectos contribuyan al éxito del ministerio.
En este contexto, es esencial recordar que el poder que se nos hadado pertenece a Dios, no a nosotros. Debemos administrar este poder/autoridad con humildad, asegurándonos de que, al realizar un trabajo significativo en el Reino, las personas de nuestros equipos se sientan valoradas, cuidadas, capacitadas y tratadas con dignidad. El liderazgo relacional significa amar a las personas que diriges y cuidar de ellas, así como reconocer y valorar lo que pueden producir.
.Cómo encontrar la simbiosis entre los resultados y las relaciones humanas para lograr movilizar, influir y hacer que la gente sea productiva en la misión? Se trata, sin duda, de un gran desafío. Sin embargo, permíteme proporcionar algunos consejos importantes:
1. Considera los fines, pero sin olvidar los medios. El ministerio, la iglesia y el pastorado son diferentes de los negocios seculares. No solo nos guiamos por los “fines”, sino que también estamos comprometidos con los “medios”. No podemos centrarnos exclusivamente en realizar una visión o lograr un resultado. Es crucial prestar atención tanto al “cómo” como al “qué”. Si solo damos prioridad a los resultados, corremos el riesgo de convertir el ministerio en un fin en sí mismo, perdiendo la conexión con las personas implicadas.
Permíteme ser directo: no está bien pisotear a la gente en nombre de la misión y sus resultados. Una lectura atenta de los evangelios revela que a Jesús le importaba tanto establecer el Reino como cuidar de las personas por el camino. Para ser un gran líder cristiano, es esencial invertir en las relaciones, permitiendo de vez en cuando retirarse de la “bóveda” del rendimiento, manteniendo siempre el equilibrio entre el cuidado de las personas y la consecución de los objetivos.
2. Tómate tiempo para amar a la gente y estar con ella. Para entender este consejo, es importante recordar la metáfora del matrimonio. El matrimonio revela la necesidad de ayuda y atención mutuas. Las parejas que quieren ser felices deben seguir un camino de amor, afecto y diálogo. Todo amor compartido tiende a volver a quien lo da. El amor es una vía de doble sentido: uno que va y otro que viene. Una relación no es sana cuando una de las partes se define únicamente por lo que puede hacer por la otra, sin recibir nada a cambio. Esto es cierto no solo en el matrimonio, sino también en el contexto de un equipo o de una iglesia.
La Biblia dice: “Preocupémonos los unos por los otros, a fin de estimularnos al amor y a las buenas obras” (Heb. 10:24, NVI). Y añade: “Ámense unos a otros con afecto fraternal. En cuanto a la honra, den preferencia a los otros” (Rom. 12:10). Las personas tienden a responder mejor a los desafíos y proyectos cuando se sienten incluidas y apreciadas por sus líderes. A la luz de esto, es importante reflexionar: Todo el tiempo y la energía que dedicamos a ser mejores líderes es proporcional a la inversión que hacemos en ser más cariñosos y relacionales con las personas?
Lo cierto es que ya sea que las personas se sientan apreciadas y valoradas o utilizadas y devaluadas por sus superiores, esto repercutirá directamente en los resultados de cualquier organización. Pequeños gestos, como una visita, un mensaje de cumpleaños o una muestra de preocupación por el hijo enfermo de un hermano, pueden generar más beneficios personales y organizativos de lo que se piensa. Otro aspecto importante es dedicar tiempo a escuchar las historias de los miembros. Esto crea un “depósito relacional” que refuerza los lazos entre los líderes y aquellos a quienes dirigen. Además, cuando se habla con alguien, es esencial mirarle a los ojos y prestarle toda la atención concentrada, transmitiendo respeto y empatía.
3. Ora con ellos y por ellos. Cuando hablamos de oración, solemos pensar en pedir a Dios bendiciones materiales y salud. Sin embargo, el ejercicio del liderazgo es sumamente complejo, y no podemos ignorar el hecho de que vivimos en un gran conflicto entre el bien y el mal. El liderazgo requiere consagración, entrega y oración. En este contexto, es importante recordar: “Nadie puede estar seguro un solo día o una sola hora si no ora”.[1] Orar por el ministerio de los demás es importante, pero orar con ellos y por ellos es esencial. La Biblia dice: “Oren los unos por los otros, para que sean sanados” (Sant. 5:16).
4. Cuida de ti mismo. Antes de hablar de liderazgo relacional, tenemos que pensar en ejercer el liderazgo sobre nosotros mismos. Aunque pueda parecer contradictorio, el autocuidado es fundamental para un liderazgo eficaz. Brian Tracy aconsejaba: “Cuanto mejor te conozcas y te entiendas a ti mismo, mejores serán las decisiones que tomes y mejores los resultados”.[2]
Cuando estamos agotados, resulta difícil cultivar relaciones sanas. El agotamiento nos hace menos cariñosos, pacientes y amables. Si nuestro “depósito” está vacío, no tenemos nada que ofrecer a los demás, porque nadie puede dar lo que no tiene. En cambio, una vida plena tiene el poder de influir en otras vidas, haciéndolas más motivadas y productivas.
5. Construye objetivos junto con tus líderes. Este es un punto importante para cualquiera que quiera alcanzar objetivos y desarrollar buenas relaciones al mismo tiempo. Los objetivos no deben ser impuestos unilateralmente por el líder, como si estuviera en un pedestal, diciendo a los demás lo que tienen que hacer. Muchos líderes, como observó Bill Robinson, adoptan una actitud de “estar por encima” en lugar de “estar con” la gente.[3]
Para que los objetivos sean eficaces, deben estar bien definidos, ser claros, mensurables y compatibles con la realidad y el potencial de las condiciones circundantes. Los objetivos exagerados pueden generar miedo, mientras que los subestimados solo pueden verse como humor, sin motivar a los líderes.
Construir objetivos, sin embargo, requiere tiempo y dedicación. Algunas personas creen que una sola reunión basta para definirlo todo, escuchando a las personas que han sido convocadas de antemano. Sin embargo, este método tiene un problema: los líderes tienden a decir solo lo que creen que el líder quiere oír. Lo ideal es escuchar a los líderes a lo largo del tiempo, en conversaciones informales. En estas situaciones, las personas se sienten más cómodas abriendo sus corazones y compartiendo lo que realmente piensan y quieren, libres de prejuicios.
Escuchar de verdad requiere algo más que estar presente: requiere sensibilidad y capacidad de percepción. Una buena charla en una visita informal, en una reunión social, o incluso una charla en el patio de la iglesia mientras se espera el servicio, puede ofrecer valiosas perspectivas.
Por último, una vez establecidos los objetivos y las normas, es crucial dedicar tiempo a las evaluaciones periódicas, corrigiendo el rumbo en caso de ser necesario. Este proceso constituye la base de nuevos retos y logros significativos.
Conclusión
En el ejercicio del liderazgo, el dilema entre números y personas no debe verse como una decisión excluyente, sino como un equilibrio que hay que alcanzar. Los números son importantes para la gestión y la planificación, pero no pueden ser el único objetivo.
Un liderazgo eficaz debe buscar estrategias para utilizar los números como herramienta para servir mejor a las personas y ganar nuevos ciudadanos para el Reino. En este modelo relacional, la principal preocupación debe ser lo que queremos para los demás, no solo lo que queremos de ellos.
En resumen, el liderazgo cristiano debe aceptar tanto la importancia de los números como el valor inestimable de las personas. Los números pueden proporcionar datos y perspectivas útiles sobre la eficacia de un ministerio, pero la verdadera medida del éxito reside en la transformación y el cuidado de las vidas individuales. Debemos buscar un modelo de liderazgo que valore las métricas sin perder de vista la misión principal: servir y amara las personas, como hizo Cristo. Solo así podremos construir ministerios verdaderamente fructíferos que reflejen la esencia del amor y la gracia de Dios.
Sobre el autor: Pastor en São Carlos, estado de São Paulo
Referencias
[1] Elena de White, El conflicto de los siglos (ACES, 2015), p. 585.
[2] Brian Tracy, Cómo lideran los mejores líderes (Grupo Nelson, 2011), p. 34.
[3] Bill Robinson, Incarnate Leadership: 5 Leadership Lessons from the Life of Jesus (Zondervan, 2009), p. 23.