La misión de la iglesia es un tema fundamental, transversal y esencial en la Biblia. Está en el comienzo mismo de la Escritura y su origen se encuentra nada menos que en el accionar de Dios mismo. En el Jardín del Edén, luego de que Adán y Eva comieran del fruto prohibido, fue Dios quien salió a buscar a la pareja (Gén. 2:9). Luego les predicó la esperanza de la salvación, hablándoles del Descendiente que aplastaría la cabeza de la serpiente (vers. 15).
A lo largo de la historia del pueblo de Dios vemos al Creador tomando la iniciativa de acercarse a la humanidad para procurar su salvación. Esta actitud misionera de la Deidad encuentra su máxima expresión en Cristo Jesús, quien “aunque era de condición divina, no quiso aferrarse a su igualdad con Dios, sino que se despojó de sí mismo, tomó la condición de siervo y se hizo semejante a los hombres. Y quien, al tomar la condición de hombre, se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Fil. 2:6-8). La Segunda Persona de la Deidad vino a este planeta, se hizo como uno de nosotros, predicó las buenas nuevas del Reino y, finalmente, entregó su vida en sacrificio por el pecado. Esta actitud misionera de ir, contextualizarse y predicar el evangelio debe ser imitada por los seguidores de Cristo (Mat. 28:18-20).
En resumen, la misión de la iglesia nace de imitar la actitud misionera que Dios tuvo primero. Este accionar de Dios se lo suele denominar con el término técnico missio Dei, que significa “misión de Dios” en latín. Por su parte, la “misión de la iglesia” es denominada missio ecclesiae.
Es en este punto que algunos misiólogos llaman la atención al hecho de que la iglesia cristiana nace a partir de una misión. Es decir, su razón de ser y su objetivo por cumplir convergen en un mismo punto: la misión que Dios le ha encomendado. Por este motivo, algunos teólogos sugieren que no debemos pensar que la iglesia tiene una misión, sino que la misión tiene una iglesia.
Para que la iglesia pueda cumplir la misión, fue equipada con diferentes dones que son otorgados por el Espíritu Santo, quien “reparte a cada uno en particular como él quiere” (1 Cor. 12:11). No todos los cristianos podrán viajar al extranjero para misionar, no todos podrán evangelizar ante grandes multitudes y no todos pueden ensenar en detalle todos los puntos de la doctrina. Sin embargo, el Espíritu Santo asegura que cada persona recibe al menos un don. Incluso si las manifestaciones de estos dones son diferentes entre sí, siempre son “para el bien común” de la iglesia y de la humanidad (vers. 7).
Aquí lo importante es recordar que existe una misión que es la esencia y el propósito de la iglesia. Cada uno de nosotros tiene la responsabilidad ante Dios de utilizar los dones que él nos ha dado para cumplir la misión. Y así como los talentos que recibimos son diferentes, también lo son el campo de acción que tenemos y el ministerio que fuimos llamados a desarrollar. Lo importante es cumplir la Gran Comisión que Cristo nos dejó.
.Qué más se puede decir de la misión? Quizás no haga falta adentrarse en conceptos teológicos complejos ni en análisis bíblicos exhaustivos. Sencillamente, la misión de la iglesia es imitar la actitud de Dios, el primer misionero; y utilizar los dones que él nos da para llevar el mensaje de la salvación a nuestros semejantes. Elena de White lo resume de la siguiente manera: “La misión de la iglesia de Cristo es salvar a los pecadores que perecen. Es dar a conocer el amor de Dios a los hombres, y ganarlos para Cristo por la virtud de ese amor. A la verdad para este tiempo hay que llevarla hasta los rincones oscuros de la tierra, y esa obra tiene que comenzar por casa” (Recibiréis poder, p. 247).
Te invito a convertir la missio ecclesiae en una realidad en tu vida y en tu lugar.
Sobre el autor: Editor de la revista Ministerio, edición de la ACES