La soberanía de Dios en la misión

¿Te has preguntado alguna vez por qué la Biblia no menciona a China, solo hace referencia a la India una vez y parece ignorar a los miles de millones de personas que hoy constituyen casi la mitad de la población mundial? Este aparente silencio sobre ciertas regiones del mundo puede dar la impresión de que el mensaje bíblico se limita a un área geográfica restringida. Pero ¿es correcto este concepto?

El Dios de la Biblia es un Dios misionero.[1] Toda la Biblia es un documento misionero, porque revela los propósitos y las acciones de Dios en la misión. El Antiguo y el Nuevo Testamento están interconectados y enfatizan la actividad redentora de Dios, que busca reconciliar al mundo consigo mismo: primero, a través de Israel y, después, a través de Cristo.[2]

Desde las primeras páginas de la Biblia, vemos a Dios en misión. Varios estudiosos sugieren que la base para comprender la universalidad de la misión se encuentra en Génesis 1 a 11.[3] Estos capítulos narran los inicios de la historia humana y demuestran que, desde el principio, el propósito de salvación de Dios siempre ha estado relacionado con todas las personas. La creación, la entrada del pecado, el juicio y la expulsión del Edén tienen implicaciones universales. Del mismo modo, el ofrecimiento de salvación de Dios se dirige a todas las familias de la Tierra que decidan creer.

Los primeros capítulos de la Biblia presentan los medios con los que Dios pretende llegar a todas las familias de la Tierra. Las naciones han de ser bendecidas por la “descendencia”: el “Descendiente” de la mujer (Gén. 3:15); la “descendencia” de Sem, en cuyas tiendas vendría a morar Dios (Gén. 9:27); y la “descendencia” de Abraham (Gén. 12:1-3), a quien se revela el propósito divino de atraer hacia sí a todas las naciones de la Tierra.[4]El propósito de Dios era bendecir a un pueblo para que se convirtiera en un canal a través del cual todas las familias de la Tierra pudieran recibir la bendición de la salvación.

Al observar la universalidad de la misión de Dios al comienzo de la historia de la humanidad, es evidente que en Génesis 1 a 11 la humanidad es una sola y Dios trata con el mundo como un todo. Sin embargo, el llamado a Abraham introduce un cambio radical en la actividad misionera de Dios. En Génesis 12, no se mencionan los pecados, sufrimientos y problemas que afectan a toda la humanidad. Casi abruptamente, un solo hombre y su extensa familia se sitúan en el centro de la historia, y Dios comienza a utilizarlos como instrumentos suyos en favor de todas las familias de la Tierra.

El relato bíblico pasa de un individuo a una familia, luego a una tribu y, finalmente, a la nación de Israel. La elección de este pueblo escogido,[5] que se convirtió en canal selecto de las bendiciones de Dios, fue un acto de amor y gracia (Deut. 4:37; 7:6-8) con el propósito de llevar la redención a todas las familias de la Tierra. Por lo tanto, el llamado a Abraham y, en consecuencia, a Israel, deben contemplarse desde la perspectiva del propósito de Dios de salvar a las naciones.

La historia de Israel no es más que la continuación de la relación de Dios con las naciones y, por tanto, debe entenderse a la luz de esta relación no resuelta. Israel fue elegido para servir a Dios en la tarea de conducir a las demás naciones hacia él. El propósito divino era que las naciones de todo el mundo volvieran a reconocer al Dios de Israel como el Señor de toda la Tierra. Este propósito abarca China, Japón y todas las demás naciones que no se mencionan en la Biblia.

No hay elección divina sin misión. El llamado de Dios presupone un llamado a la acción. Las Escrituras hebreas no hablan de una elección divina para ser salvos, sino de una elección para cumplir una misión (Éxo. 3:7-10; 7:1, 2; 19:5, 6; Jer. 1:5).[6] Mediante Israel, Dios buscó el mundo. La pregunta inevitable que surge inmediatamente después de esta afirmación es: ¿Cómo se lograría este objetivo? La historia de Israel parece demostrar que la soberanía de Dios era el principio dominante, el factor primordial que garantizaba que se cumpliría el propósito divino.

La soberanía de Dios

Para reivindicar soberanía es necesario contar con dos condiciones: un territorio donde se ejerce el dominio y una narrativa que describa los actos soberanos en ese territorio. El relato de la creación bastaría por sí solo para demostrar que la soberanía de Dios es un tema de vital importancia en la Biblia. Las Escrituras muestran que el Reino de Dios es todo lo que existe, y la historia de la salvación es el registro de las acciones de Dios cumpliendo sus propósitos eternos lo largo de la historia.[7]

Aunque Dios reina sobre toda la Tierra (Sal. 47:2, 7), su reinado se centró en una nación cuando eligió a Israel como su vehículo de redención. La estrategia divina consistió en hacer de Israel una expresión del Reino de Dios en la Tierra, utilizándolo como agente mediador de su voluntad y ejecutor de sus propósitos. Este criterio exigía que Dios estableciera una relación especial con su pueblo elegido para que pudiera cumplir el propósito para el que había sido llamado.

En cualquier relación, los acontecimientos cotidianos ofrecen las mejores oportunidades para conocer a la otra persona. Israel llegó a conocer a Dios a través de los actos de liberación que el Señor llevó a cabo en su historia. La memoria colectiva de la nación se convirtió de hecho en un registro de las intervenciones divinas. Acontecimientos como las plagas de Egipto y la alianza en el Sinaí no solo se interpretaban como una herencia nacional, sino como revelaciones divinas. Las fiestas nacionales de los israelitas señalaban a un único héroe: Dios. Con el tiempo, los israelitas se dieron cuenta de que su existencia como nación derivaba de Dios y dependía de él.

Dios actúa en la historia de su pueblo, a veces, explícitamente; otras, detrás de bastidores.[8] En cada nuevo acto, la soberanía de Dios impregna el tema, los personajes, el lugar, la trama, el conflicto, la resolución y el punto de vista.

Mientras que las naciones que rodeaban a Israel tenían una cosmovisión politeísta y asociaban a sus dioses con su tierra natal, Israel tenía pruebas suficientes para comprender que su Dios no era una deidad nacional, sino el único Dios verdadero, el Señor de todas las naciones, que reina sobre todos los pueblos.[9] Dios es soberano en Madián y Jericó, en el desierto y en el mar, en las montañas y en los valles, en Egipto y en Canaán. Toda la Tierra le pertenece y su soberanía no conoce fronteras (Éxo. 9:14, 16, 29).

La primera demostración de esto ocurrió cuando el pueblo de Israel aún estaba en Egipto. La decisión del faraón, “Yo no conozco al Señor, ni tampoco dejaré ir a Israel” (Éxo. 5:2), refleja una negación explícita del derecho del Señor a reinar. Venerado como un ser casi divino, el faraón comprendió correctamente la naturaleza trascendente del conflicto en el que estaba implicado. No se trataba simplemente de una lucha entre Dios y un ser humano, sino entre dos deidades: el Dios verdadero y el faraón divinizado de Egipto.[10] La lección dada al faraón también fue aprendida de forma práctica por Israel, ya que Dios manifestó su realeza sometiendo a las naciones al control de su pueblo.

Así, la soberanía de Dios fue el factor determinante que permitió a Israel conocer a Dios y, en consecuencia, cumplir el encargo de transmitir este conocimiento a todas las naciones de la Tierra. Al mismo tiempo, cada vez que Israel no cumplía el propósito de su llamado, Dios volvía a revelar su soberanía. En ocasiones, esto implicaba utilizar a otras naciones para castigar a su pueblo, pero siempre asegurándose de que su propósito salvífico siguiera cumpliéndose.

La soberanía de Dios en la misión contemporánea

Las riendas de la misión siguen estando en manos de Dios, que sigue siendo soberano. Debemos abordar la tarea misionera con la perspectiva adecuada: solo participamos con Dios en lo que él está haciendo.

Los propósitos eternos de Dios se cumplirán inevitablemente. La variable en esta ecuación es la participación humana. La soberanía de Dios no restringe el libre albedrío ni impone su voluntad a cada una de nuestras decisiones. Podemos participar en la misión a nuestra manera o a la manera de Dios, pero los resultados no serán los mismos. Nuestros mejores planes, iniciativas, esfuerzos y resultados serán irrelevantes si no se mueven en la dirección en la que va Dios.

En la misión, es esencial trabajar en armonía con Dios para que lo que se realice sea útil a sus propósitos. El albañil no construye la casa según las ideas que se le ocurren, sino que sigue un plan. Cuanto más compleja es la construcción, mayor es la necesidad de seguir el plan. El Dios soberano, que inició su misión universal y la llevó a su etapa actual, ya tiene el plan para completarla, un plan lo bastante amplio como para incluir a todos aquellos que le permiten ejercer la soberanía en sus vidas.

En otras palabras, si queremos tener la oportunidad de llevar a cabo una pequeña parte del proyecto de Dios para la edificación de su Reino en el lugar donde le estamos sirviendo, necesitamos permitir que el Señor sea soberano en nuestras vidas. La soberanía de Dios se ejerce especialmente donde está su pueblo.

La soberanía se pone de manifiesto a través de acciones soberanas. La aceptación de la soberanía se demuestra mejor a través de una actitud de sumisión. Si Dios es soberano en nuestras vidas, debemos reflejarlo a través de una vida devocional coherente. Debemos someter nuestros planes a Dios y así avanzar o retroceder según lo indique la mano de la Providencia. La soberanía de Dios se hace evidente cuando, por ejemplo, oramos para que el Espíritu Santo dirija una reunión administrativa y aceptamos un resultado diferente al que esperábamos.

Honramos la soberanía de Dios en nuestros esfuerzos misioneros cuando no despreciamos nuestro lugar de trabajo. Mucho antes de que llegáramos, el Espíritu Santo ya estaba actuando en ese lugar. Fuimos colocados allí para participar en el cumplimiento de los propósitos de Dios en la vida de esas personas. Ahí es donde desarrollamos nuestra vocación y, sobre todo, servimos a Dios. No subestimes la importancia de ese lugar.

Al mismo tiempo, en el campo de la misión, tener una percepción clara del ideal es más importante que simplemente estar motivado o tener buenas intenciones. No alcanza con estar dispuestos a someternos a la soberanía de Dios. Necesitamos comprender la dirección en la que se mueve el Senor para poder cooperar con él en su misión. He aquí algunas pautas que pueden ayudarnos en este proceso.

En primer lugar, basa tus actividades misioneras en sólidos principios bíblicos, extraídos de una cuidadosa exégesis y apoyados en una hermenéutica precisa. El Dios de la Biblia es un Dios misionero, y toda la Escritura es un libro misionero. De hecho, nuestras mejores ideas deberían ser una reproducción de lo que hemos aprendido observando la actividad misionera del propio Dios.

En segundo lugar, consulta la guía del don profético. La Biblia dice: “Nada hace Dios, el Señor, sin revelar su secreto a sus siervos los profetas” (Amós 3:7).

En tercer lugar, no actúes independientemente de la comunidad del pueblo de Dios. Elena de White escribió: “Dios tiene una iglesia en la tierra, que es su pueblo escogido, que guarda sus mandamientos. Él no está conduciendo ramas extraviadas, no uno aquí y otro allí, sino un pueblo”.[11] La historia de la iglesia cristiana y del movimiento misionero muestra que, por lo general, cuando Dios inicia una nueva fase de su misión, no coloca su plan exclusivamente en el corazón de una sola persona. Juan Wycliffe en Inglaterra, Juan Huss en Bohemia, Martín Lutero en Alemania y Juan Calvino en Suiza, entre otros, fueron instrumentos de Dios en la promoción de la Reforma protestante y ejemplifican cómo él actúa en una misma dirección para lograr cambios significativos.

En cuarto lugar, no ignores los sueños. A veces el corazón nos lleva a lugares en los que pocos han estado, inspirando planes que quizá nunca lleguen a realizarse. Ese deseo sincero de hacer algo que glorifique a Dios, edifique la iglesia, movilice a la gente para la misión y salve a personas para el Reino de los Cielos no puede quedarse en el ámbito de las ideas. Hay que sembrar la semilla. Una semilla no germina en tu bolsillo o en tu mano: !necesita ser plantada! El conocimiento que quieres dominar, el proyecto que quieres implementar, el evento que quieres promover, el ministerio que quieres cumplir, la tierra que quieres comprar, la iglesia que quieres construir, el cambio que quieres implementar; para todo esto, la semilla debe ser sembrada. Hay que empezar. Probablemente será pequeña al principio, pero el crecimiento es un principio del Reino de Dios (Mar. 4:30-32). No debes ignorar tus sueños, aunque te sientas inseguro o la idea te parezca totalmente ilógica. Puede que el siguiente paso en la dirección de Dios dependa de una iniciativa de sus hijos.

Sobre el autor: Profesor de Teología en la UNASP


Referencias

[1] Ross Hastings sugiere que la misión es el atributo definitivo de Dios, en el sentido de que la misión divina muestra que el ser triuno de Dios es amor (Missional God, Missional Church [InterVarsity Press, 2012], p. 251). Richard Davidson apunta que, en la creación, encontramos la misión original de Dios: el Padre enviando al Espíritu (Gén. 1:2, Sal. 104:30) y al Hijo (Gén. 1:3; Juan 1:1), con la misión de crear el universo (“los cielos y la tierra” de Génesis 1:1); y, en particular, este mundo (“Back to the Beginning: Genesis 1–3 and the Theological Center of Scripture”, en Christ, Salvation and the Eschaton [Andrews University, 2009], pp. 11-19.

[2] George A. F. Knight, A Christian Theology of the Old Testament (John Knox Press, 1959), p. 8.

[3] Gordon J. Wenham sugiere que Génesis 1 al 11 proporciona el trasfondo para el llamado de Abraham y muestra que, aunque el pecado hubiera aparentemente frustrado el plan divino para la humanidad, las promesas hechas a los patriarcas cumplen el propósito divino de bendecir a todas las naciones de la Tierra (Genesis 1–15, Word Biblical Commentary 1 [Word Books, 1987], pp. l-liii.

[4] Walter Kaiser, Mission in the Old Testament: Israel as a Light to the Nations (Baker Academic, 2012), pp. 2-7.

[5] H. H. Rowley sugiere que el pueblo de Israel fue elegido no por ser superior a otras naciones, sino por la gracia de Dios, que al escogerlos derramó su amor sobre ellos, a pesar de sus falencias (Isa. 60:11; 61:5, 9). El propósito de la elección es el servicio. Cuando no se cumple con el servicio, la elección pierde su significado y puede convertirse en un motivo de castigo divino (The Biblical Doctrine of Election [Lutterworth, 1950], pp. 18, 19, 52).

[6] Jiří Moskala, “The Mission of God’s People in the Old Testament”, Journal of the Adventist Theological Society 19 (2008), pp. 40-60.

[7] H. Merrill propone que la soberanía de Dios es el tema principal, el factor subyacente del pensamiento bíblico alrededor de lo que todo gira. En su opinión, no sería incorrecto sugerir que este concepto encapsula la esencia del mensaje bíblico y que, de hecho, es el centro teológico de las Escrituras (Everlasting Dominion: A Theology of the Old Testament [Broadman and Holman, 2006], pp. 138, 147, 155).

[8] Christopher J. H. Wright, Living as the People of God: The Relevance of the Old Testament Ethics (InterVarsity Press, 1983), p. 24.

[9] Daniel I. Block, The Gods of the Nations: Studies in Ancient Near Eastern National Theology (Evangelical Theological Society, 1988), pp. 74-96.

[10] Merrill, Everlasting Dominion, pp. 140, 157.

[11] Elena de White, Consejos para la iglesia (ACES, 2013), p. 347.