La revelación de Dios como fundamento de la verdadera libertad
El área del Templo de Jerusalén fue, en muchas ocasiones, el escenario en el que Jesús demostró el carácter divino de su ministerio. En Juan 8, leemos que él reafirma su autoridad al defender a la mujer sorprendida en flagrante delito. Después de este episodio, muchos judíos comenzaron a cuestionar al Maestro, impugnando la autoridad de su mensaje; sin embargo, a pesar de esta incredulidad, «muchos creyeron en él» (vers. 30). A continuación, Jesús se dirige a los que creyeron y les hace una promesa llena de esperanza: «conocerán la verdad, y la verdad los libertará» (vers. 32).
Los términos utilizados por el Maestro, aunque necesarios para calificar la realidad humana, introducen conceptos que rozan las fronteras de lo indefinible. ¿Qué es la verdad? ¿Qué es la libertad? Para muchos pensadores, estos términos pertenecen a la categoría del metalenguaje, dada la dificultad de definirlos con precisión. «¿Qué es la verdad?» (Juan 18:38), preguntó Pilato a Jesús en los momentos que precedieron a su sacrificio final. El texto bíblico transmite la idea de una salida abrupta de Pilato, sin esperar la respuesta esclarecedora del Maestro.
El presente estudio pretende contribuir a la comprensión de la frase pronunciada por Jesús (Juan 8:32), buscando presentar el sentido semántico, literario y bíblico de los términos allí empleados.
¿Qué es la verdad?
La mayoría de las obras enciclopédicas, aunque cada texto utiliza su propia fraseología, conceptualizan de forma sintética la verdad como la concordancia con lo que es real. Según T. R. Giles, esta definición tiene su origen en Aristóteles, al formular la Teoría de la Correspondencia, según la cual «toda proposición es verdadera si lo que expresa como siendo real es realmente real».[1] Platón, por su parte, califica el conocimiento verdadero como sabiduría. Para este pensador, el ser humano tiene dos formas de acceder a la sabiduría: la primera, denominada doxa, corresponde al conocimiento que no necesita ser buscado, como el calor, la vegetación o los sonidos de la naturaleza; la segunda, llamada epistēmē, representa el conocimiento verdadero, adquirido mediante la búsqueda racional a través del método.[2]
A lo largo de los siglos, diversos pensadores han formulado diferentes enunciados con el objetivo de expresar el significado del término «verdad». Se ha llegado incluso a la sistematización de tipos de verdad, como la histórica, la científica, la intuitiva, la de la coherencia, así como la objetiva y la abstracta. Sin embargo, lo que destaca en todas estas afirmaciones es el conocimiento como factor necesario para acceder a la verdad. Pedro Abelardo, en el prefacio de su libro Sic et non [Sí y no], sugiere la práctica de la duda para el desarrollo del conocimiento: «Por la duda llegamos a la investigación, y por esta, alcanzamos la verdad».[3]
Si el conocimiento conduce a la verdad, entonces la verdad, en el ámbito humano, siempre será relativa. El conocimiento humano es, de hecho, parcial, ya que se amplía continuamente a través de la ciencia, la tecnología y el saber en general. Se concluye, así, que para el ser humano es imposible obtener la verdad absoluta, como ya admitía Kant. Este mismo pensador reconocía como fuente última de toda verdad la actividad de una entidad superior.[4] René Descartes, de manera aún más enfática, afirmaba que la verdad solo se encuentra en Dios, en quien están contenidos todos los tesoros de la ciencia y la sabiduría.[5] Este pensamiento exalta el atributo de la omnisciencia divina, que implica la idea de que la verdad corresponde al perfecto conocimiento de Dios sobre todas las cosas (Job 28:20-26).
Otros autores, anteriores a los ya mencionados, hicieron afirmaciones similares. Agustín admitía que la verdad de las cosas solo existía en la mente de Dios. Anselmo de Canterbury confirmaba que Dios es la causa eterna de toda verdad. De este modo, se entiende que la verdad depende de la revelación, ya que toda verdad es verdad divina. Otros pensadores, como Leibniz, Malebranche y Berkeley, concluyeron que toda verdad, al fin y al cabo, es verdad de Dios.
En el Antiguo Testamento, la palabra «verdad» es una traducción del término hebreo emet, que aparece unas cien veces. Los traductores de este término relacionan su significado con virtudes personales, como la fidelidad, la integridad, la firmeza en las promesas, la seguridad, la veracidad en el habla y la rectitud en la conducta. En la versión de la Septuaginta (LXX), en muchos textos en los que aparece el término hebreo emet («verdad»), la traducción emplea el término griego pistis («fe»). A pesar de esta diversidad semántica, el uso del término «verdad» expresa siempre una actitud de dependencia de Dios, ya que, según los lingüistas especializados, no hay verdad —en el sentido bíblico— fuera de Dios.[6] Una expresión clara de esta comprensión se encuentra en el cántico de Moisés, al afirmar que Dios es emet («verdad») (Deut. 32:4); una idea similar aparece en el Salmo 31:5.
En el Nuevo Testamento, la palabra «verdad» es una traducción del término griego alētheia, que aparece más de 110 veces. Este término también se traduce como «fidelidad», «justicia» y «paz duradera», pero los expertos afirman que, etimológicamente, alētheia sugiere algo que se revela, se abre o se descubre.[7] Los escritores del Nuevo Testamento utilizan el término «verdad» en el sentido de una revelación divina, que llega al conocimiento humano a través de las declaraciones de Jesús (Juan 8:45) y la acción del Espíritu Santo (Juan 16:13). Aún más enfática es la afirmación de que Cristo mismo es la verdad (Juan 14:6), siendo verdadero porque no busca su propia gloria, sino la de Aquel que lo envió (Juan 7:18). A pesar de estar limitado en su naturaleza por la encarnación, Jesús estaba lleno de gracia y verdad (Juan 1:14) y, ante Pilato, declaró que la razón de su existencia era dar testimonio de la verdad (Juan 18:37). Basándose en estas afirmaciones, Pablo reafirma que la verdad se encuentra en Cristo (Rom. 9:1) y sugiere, además, que se convierte en sinónimo del evangelio mismo (2 Tes. 2:13; Gál. 5:7).
¿Qué es la libertad?
La forma más sintética en que la mayoría de las enciclopedias conceptualizan la libertad es como la condición de ser libre, con el derecho de expresarse y actuar según la propia voluntad. En la época de Pericles (siglo V a. C.), el equivalente a la libertad era la parresia, entendida como el «derecho a hablar libremente».[8] Aristóteles relacionaba la libertad con el uso de la voluntad: el hombre que realiza acciones voluntarias es libre; el que realiza acciones involuntarias es esclavo.[9] A lo largo de los siglos, el concepto predominante de libertad fue el de «hacer lo que se desea». Hegel, por su parte, desarrolla el sentido de la libertad al afirmar que consiste en lo que una persona tiene poder para hacer, o en la capacidad de construir su propio destino.[10]
A pesar de las contribuciones filosóficas, el concepto de libertad se manifiesta de diversas formas, casi proporcionalmente al número de expresiones culturales y modos de pensamiento, destacando sobre todo las ideas políticas. Los analistas de los diversos conceptos de libertad coinciden en que esta no puede entenderse únicamente como un derecho personal o individual, ya que el ser humano es, por naturaleza, un ser social. Por esta razón, sostienen la preeminencia de un factor común a todas estas expresiones: la imposición de la ley. La ley (–) es necesaria como principio de orden, de modo que toda forma de libertad
debe estar sujeta a la prescripción de la ley, ya sea natural o moral.
Al admitir que la libertad está sujeta a la imposición de la ley, se considera que esta condición humana establece la relación universal según la cual toda causa produce un efecto determinado. Kant afirmaba que, en la naturaleza, se observa un completo «determinismo» y que la libertad no es una cuestión física, sino moral, situándose en el reino de lo noumenico, es decir, en la «mente humana».[11] Ampliando el sentido de este concepto, se admite que la libertad se experimenta en la esfera de la conciencia humana.
En el Antiguo Testamento, la palabra «libertad» aparece en dos formas principales, en poco más de una docena de textos. El término hebreo derōr («libertad») se refiere a la prescripción que determinaba la liberación de los esclavos cada 50 años (Lev. 25:10). Este término también aparece en la narración histórica de la liberación de los esclavos durante el reinado de Sedequías (Jer. 34:8). El otro término es hopshit, utilizado como adjetivo para referirse a la liberación de los esclavos en el séptimo año (Éxo. 21:2, 5). Este término también expresa la condición de una persona apartada de la comunidad por motivos de salud (2 Rey. 15:5). En la versión de la LXX, el término griego empleado es eleutheria, que designa la condición del ser humano libre en contraste con el esclavo o el extranjero. Sin embargo, cuando se aplica al pueblo de Israel, el término exalta la liberación del pueblo de la esclavitud egipcia (Éxo. 20:2; Deut. 7:8) y, en sentido profético, relaciona la libertad con la obra del Redentor, el Mesías, que vendría a proclamar la liberación a los cautivos (Isa. 61:1).
En el Nuevo Testamento, el término griego eleutheria («libertad») adquiere un significado más restringido, disociado de las expresiones de carácter político y del derecho a seguir el designio de la voluntad humana. En el uso que el apóstol Pablo hace del término, se manifiesta el sentido determinista de alcanzar la gloriosa libertad de los hijos de Israel (Rom. 8:21; Gál. 5:1), con la consiguiente libertad del pecado (Rom. 6:18, 22).
La verdad los hará libres
La promesa pronunciada por el Maestro de Galilea —«conocerán la verdad, y la verdad los libertará» (Juan 8:32)— no se refiere en modo alguno al conocimiento de la verdad alcanzado por el ser humano en los ámbitos científico, cultural o de cualquier otro tipo. Tal verdad será siempre relativa y susceptible de modificación. Cristo, por el contrario, se refería al conocimiento de la verdad absoluta o divina. La verdad es un atributo de Dios; y, en un sentido aún más enfático, declara que Dios es verdadero (Juan 7:28), reafirmando así que Dios es la verdad misma. El ser humano adquiere esta verdad a través de la revelación: por la Palabra escrita (Juan 17:17; Dan. 10:21), por la acción del Espíritu Santo (Juan 16:13) y, de manera suprema, por la persona de Cristo (Juan 14:6).
Al adquirir el conocimiento de la verdad a través de estas tres fuentes de revelación, el ser humano experimenta una profunda transformación, ya que este conocimiento de la verdad no es meramente teórico, sino existencial; se trata del nuevo nacimiento (Juan 3:3-5). El conocimiento de la verdad es una realidad práctica (Juan 3:21), que implica la conversión y transforma al individuo en un verdadero adorador (Juan 4:23). Elena de White anima a vivir esta práctica al afirmar: «Lo único que nos permite obtener una comprensión más perfecta de la verdad consiste en que mantengamos nuestro corazón enternecido y subyugado por el Espíritu de Cristo».[12]
El complemento de la frase pronunciada por el Maestro sobre el conocimiento de la verdad es la promesa de alcanzar la libertad. No se trata de una libertad de carácter político o social, proclamada por el espíritu cívico humano, sino de una libertad cuyo fin último conduce a la vida eterna (Rom. 6:22). Elena de White reafirma esta comprensión al declarar que «se les revela la verdad como poder de Dios para su salvación».[13]
En conclusión, es necesario destacar que la libertad prometida por Cristo fue el propósito de su ministerio (Luc. 4:18) y se realizó efectivamente en el evento de la cruz (Gál. 3:13). Al adquirir el conocimiento de la verdad, es decir, al aceptar la revelación divina, el ser humano recibe la liberación del pecado (Rom. 6:18, 22), del cautiverio de Satanás (Luc. 13:16), de la condenación de la ley (Rom. 7:6; 8:3) y de la muerte (Rom. 8:2, 21).
Sobre el autor: Profesor emérito de Teología en la UNASP
Referencias
[1] Thomas R. Giles, Introducao a Filosofia (EDUSP, 1979), p. 126.
[2] Manuel G. Morente, Lecciones Preliminares de Filosofia (Editorial Diana, 1964), p. 6.
[3] Tony Lane, Pensamento Cristao – Dos Primordios a Idade Media (Abba Press, 1999), t. 1, p. 135.
[4] Immanuel Kant, The Critique of the Pure Reason (Encyclopedia Britannica Inc., 1952), p. 94.
[5] Rene Descartes, Meditation IV (Encyclopedia Britannica Inc., 1952), p. 89.
[6] R. Laird Harris, Dicionario Internacional de Teologia do Antigo Testamento (Vida Nova, 1998), p. 87.
[7] Jean J. von Allmen, Vocabulario Biblico (ASTE, 2001), p. 597.
[8] Johannes B. Bauer, Dicionario de Teologia Biblica (Edições Loyola, 1981), t. 2, p. 634.
[9] José F. Mora, Diccionario de Filosofia Abreviado (Editora Sudamericana, 1974), p. 255.
[10] George W. F. Hegel, The Philosophy of Right, p. 26.
[11] Immanuel Kant, The Science of Right, p. 420.
[12] Elena de White, El Deseado de todas las gentes (ACES, 2008), p. 457.
[13] White, El Deseado de todas las gentes, p. 419.
