Recordar la Cruz y esperar el Cielo

Realizar la ceremonia de la Comunión es uno de los deberes más sagrados del pastor. Así como la Cruz representa el acto central de nuestra salvación, la Cena del Señor es la pieza central de nuestro culto. Su celebración, preferentemente trimestral, debe esperarse con alegría, consagración y espíritu de entrega. Mientras que el lavamiento de los pies simboliza la purificación y el servicio, la Cena del Señor expresa gratitud y alabanza por la salvación, siendo un recordatorio de la Redención que apunta al pasado (la obra de Cristo en la Cruz), al presente (el perdón de los pecados hoy) y al futuro (el “banquete escatológico”).

¿Cuál es el verdadero propósito de la ceremonia de la Comunión, nuestra decimosexta creencia fundamental? ¿Cómo pueden el lavamiento de los pies y la Cena del Señor beneficiar espiritualmente a la iglesia? Y ¿cómo debe el pastor dirigir estos servicios de una manera significativa y relevante? Estas preguntas serán abordadas en este artículo.

Origen y fundamento

La Cena del Señor surgió de la fiesta de la Pascua del Antiguo Testamento (Éxo. 12), y ambas comparten elementos significativos. La Pascua simbolizaba la liberación de Israel de Egipto, mientras la Cena del Señor señala nuestra liberación del pecado (Mat. 26:28). El cordero pascual se comía con pan sin levadura (Éxo. 12:8). Este último elemento se mantiene en la Cena del Señor, en la que el pan simboliza a Cristo, el Pan de Vida, sin pecado (Juan 6:35; Heb. 7:26). Para hacer la harina, se muele el trigo, como Cristo fue “molido” por nuestros pecados (Isa. 53:5). Del mismo modo, el jugo de uva sin fermentar, obtenido de la fruta exprimida, representa la sangre de Cristo, que purifica y redime (1 Cor. 11:25).

Aquel jueves, Cristo celebró la Pascua con los doce discípulos, les lavó los pies y realizó la primera Cena. Elena de White describe este momento como “el punto de transición entre dos sistemas y sus dos grandes fiestas”.[1] La muerte del Cordero de Dios pondría fin a las ceremonias que durante cuatro mil años habían apuntado al sacrificio venidero. En la fiesta anual de la Pascua, Cristo instituyó el memorial de su muerte, que sería observado por sus seguidores en todas las tierras y durante todos los siglos.

La Cena del Señor se menciona por primera vez en los evangelios sinópticos (Mat. 26:17-30; Mar. 14:12-25; Luc. 22:7-23). Instituida por Jesús, esta ceremonia se centra en él, el verdadero Anfitrión. La mesa es suya, no del ser humano. El pastor, los ancianos, los diáconos y las diaconisas actúan solo como oficiantes. Curiosamente, la Cena del Señor no se menciona en el Evangelio de Juan, aunque el discurso de Jesús sobre el Pan de vida en Juan 6 parece aludir a ella. Por otra parte, el lavamiento de los pies se encuentra exclusivamente en el Evangelio de Juan y no en los sinópticos. Lejos de ser contradictorios, estos relatos son complementarios.

Es interesante observar que en la época “de su liberación de Egipto, los hijos de Israel comieron la cena de Pascua de pie, con sus lomos ceñidos, con su bordón en la mano, listos para el viaje. […] Pero en el tiempo de Cristo […] el pueblo tomaba entonces la cena pascual en posición recostada. Se colocaban canapés en derredor de la mesa, y los huéspedes descansaban en ellos apoyándose en el brazo izquierdo, y teniendo la mano derecha libre para manejar la comida. En esta posición, un huésped podía poner la cabeza sobre el pecho del que seguía en orden hacia arriba. Y los pies, hallándose al borde exterior del canapé, podían ser lavados por uno que pasase alrededor de la parte exterior del círculo”.[2] Esta descripción ayuda a entender mejor cómo eran la cena y el lavamiento de pies que realizó Jesús.

Según Robert Odom, la expresión “ ‘ninguno de los que estaban a la mesa’, de Juan 13:28, es en realidad una frase formada por un participio plural del verbo griego anakeimai, que significa: ‘de los que estaban recostados’ o ‘de los que estaban reclinados’. El nombre griego que en Lucas 22:21 y 30 se traduce por ‘mesa’ es trapeza, que significa simplemente una mesa para comer”.[3] Este mueble era distinto del que retrató Leonardo Da Vinci en su obra La última cena. Probablemente se trataba de una mesa baja y curvada que permitía un fácil acceso a la comida. Por esta razón, el texto bíblico menciona que Juan, el discípulo amado, se reclinó sobre Jesús (Juan 13:25).

También es importante mencionar que en la cultura oriental compartir una comida simbolizaba fuertes lazos de afecto y compañerismo. Además, las alianzas solían ratificarse “alrededor a una mesa”, donde las partes se comprometían a cumplir sus juramentos. Al compartir la copa y el pan con los discípulos, Jesús estableció una alianza con ellos. En este Nuevo Pacto, él derramaría su sangre y les prepararía un lugar en el Reino de Dios.[4]

La Cena del Señor es, por lo tanto, un memorial de la expiación sustitutiva y un recordatorio de la redención futura. No es un servicio fúnebre, sino una celebración de la gracia divina. Conociendo nuestra tendencia a la autosuficiencia, Dios instituyó esta ceremonia para recordarnos que somos pecadores totalmente dependientes de él y que pronto participaremos en las Bodas del Cordero.

A continuación, veremos las orientaciones principales para realizar las ceremonias del lavamiento de los pies y la Cena del Señor.

Lavamiento de pies

Jesús y sus discípulos, probablemente con los pies sucios, llegaron al aposento alto donde celebrarían la cena pascual. Había una jarra de agua, una palangana y una toalla preparadas, pero no había ningún sirviente para lavarles los pies. Después de la cena pascual, Cristo se levantó de la mesa y lavó los pies de los Doce, incluido el traidor. ¿Qué lecciones podemos aprender de esta importante ceremonia? El teólogo Ekkehardt Müller enumera siete:[5]

El amor del Señor (Juan 13:1). El relato sobre cómo fue instituido el lavamiento de los pies está profundamente arraigado en el principio del amor. En Juan 13:1 vemos el amor de Jesús por todos los discípulos, incluido Judas, que lo traicionaría (Juan 13:1-4, 10, 11). El Reino de Dios se funda en el amor desinteresado, no en la venganza. Aquella noche, Jesús dijo: “Un mandamiento nuevo les doy: que se amen unos a otros. Que se amen así como yo los he amado” (Juan 13:34). Por eso, el lavamiento de los pies es un acto de amor sacrificado.

La humildad del Señor (Juan 13:4, 5). En el Antiguo Testamento no hay constancia de superiores lavándoles los pies a inferiores. Incluso Abraham, al ofrecer hospitalidad al Señor, solo proporcionó agua para que le lavaran los pies (Gén. 18:4). Sin embargo, Jesús, el Dios eterno, se inclinó para lavar los pies de sus discípulos. Esta actitud revela que la condescendencia de Jesús no se limitó a su humilde nacimiento o a su vida de trabajador. Mientras que otros maestros son servidos por sus seguidores, este Maestro servía a todos. Jesús nos llama a seguir su ejemplo, aunque ello requiera esfuerzo, renuncia o humildad.

Igualdad ante el Señor (Juan 13:13-16). Aunque el cristianismo no elimina todas las distinciones sociales, ante Dios no hay diferencia de posición, etnia, sexo o edad. El líder cristiano debe rebajarse a lavar los pies de su hermano en Cristo. En este sentido, el lavamiento de pies es una crítica a la injusticia social, y promueve la comunión entre todos los miembros de la iglesia. Elena de White escribió: “La reconciliación

mutua de los hermanos es la obra para la cual se estableció el rito del lavamiento de los pies”.[6]

Plena comunión con Jesús (Juan 13:8). Pedro intentó impedir que Jesús le lavara los pies, pero tuvo que reconocer que eso significaría la separación del Maestro. Al igual que Pedro no podía salvarse a sí mismo, nosotros dependemos de Jesús para la salvación. Lavarnos los pies refleja nuestra continua dependencia del Señor.

La purificación del Señor (Juan 13:10). El lavamiento de los pies se asocia a la purificación. Jesús dejó claro que el acto simbolizaba una limpieza espiritual, no solo física. Judas no estaba limpio porque había decidido traicionar a Jesús, lo que indica que esta ceremonia trata acerca de la pureza moral. Aunque seamos purificados en el bautismo, el lavamiento de los pies representa una necesidad continua de perdón y limpieza.

El mandamiento del Señor (Juan 13:14-16). Jesús nos llama a seguir su ejemplo. Del mismo modo que él fue bautizado y celebramos la Cena del Señor en su memoria, también debemos practicar el lavamiento de los pies. El discipulado implica imitar al Maestro.

La bendición del Señor (Juan 13:17). Por último, Jesús declara “bienaventurados” a los que participan en el lavamiento de los pies. No se trata de un ritual vacío, sino de un acto rico en significado que aporta bendiciones espirituales a los participantes.

La Cena del Señor

Albert W. Palmer, en su libro The Art of Conducting Public Worship [El arte de dirigir cultos públicos], presenta algunas palabras que nos ayudan a comprender el significado de la Cena del Señor:[7]

Conmemoración. Como ya se ha mencionado, este servicio tiene sus raíces en la historia, comenzando con la Pascua del Antiguo Testamento y culminando con los acontecimientos de aquel jueves por la noche. A los discípulos y a los que vendrían después, Jesús les dijo: “Hagan esto en memoria de mí” (1 Cor. 11:24). Con palabras de paz y seguridad, les ofreció pan y jugo de uva como símbolos de su muerte. Participar de estos emblemas es conmemorar, es decir, recordar la victoria de Cristo.

Acción de gracias. Después del lavamiento de los pies, participamos de los emblemas de la mesa de la Comunión. Esta celebración se ha llamado “eucaristía”, palabra griega que significa “acción de gracias”. Leemos en la Biblia que Jesús “tomó luego en sus manos una copa, dio gracias a Dios y la pasó a sus discípulos” (Mat. 26:27). Es un momento solemne de gratitud por la salvación.

Comunión. La Cena se celebra “alrededor” de una mesa, el símbolo más preciado del hogar y la unión, donde los amigos se reúnen en hermandad. Pablo hace hincapié en la comunión en 1 Corintios 10:16 y 17, utilizando el término koinonia. Esta palabra puede traducirse como “compañerismo”, “estrecha relación mutua”, “compartir” o “participación”. Así, la Cena promueve tanto la comunión vertical (con Dios) como la comunión horizontal (con el prójimo).

Sacrificio. Esta ceremonia se instituyó a la sombra de la Cruz, cuando Jesús entregó conscientemente su vida. El pan y el vino se convirtieron en símbolos de su cuerpo partido y de su sangre derramada.

Esperanza. La Cena del Señor no sólo nos recuerda la vida y muerte de Jesús, sino que apunta a la segunda venida de Cristo (Mat. 26:29; 1 Cor. 11:26). Al participar de los emblemas, recordamos que Jesús prometió comer y beber con nosotros de nuevo en el reino de su Padre. Además, al participar, confesamos que esperamos ansiosamente su regreso.

Lealtad. Es una contradicción tratar de adorar a Cristo celebrando la Cena del Señor mientras se adora a los ídolos (1 Cor. 10:21). La Cena nos convoca a expresar nuestra lealtad a Cristo como Señor supremo de nuestra vida y nos desafía, con cada participación, a entregarle nuestros corazones. No debemos tratar la Cena del Señor a la ligera, sino que debemos celebrarla dignamente y con un sincero examen de corazón (1 Cor. 11:28-30).

Proclamación. Participar en la Comunión es un acto de proclamación (1 Cor. 11:26). Al participar de los emblemas, confesamos que hemos aceptado el sacrificio de Cristo y anunciamos su pronto regreso.

Aspectos prácticos

La ceremonia de la Comunión es una oportunidad para “recordar el sacrificio de Cristo y para fundamentar la comunidad de la iglesia”.[8] A continuación veremos algunos aspectos prácticos de este importante rito cristiano:

Frecuencia. La Cena del Señor debe celebrarse preferentemente una vez al trimestre, durante el culto. También puede tener lugar en ocasiones especiales, como en el culto de la víspera de Navidad, al final de una semana de oración, en un retiro espiritual, entre otros momentos. Es importante que la ceremonia se incluya en el calendario anual de la iglesia y se anuncie con antelación, para que los dirigentes y los miembros dispongan de tiempo suficiente para los preparativos.

Oficiantes. Los pastores y los ancianos y ancianas ordenados están autorizados a dirigir el servicio de Comunión, asistidos por diáconos y diaconisas en la manipulación y la distribución de los elementos, así como en la organización y la provisión del material necesario para el lavamiento de los pies. Todo debe hacerse con prolijidad, reverencia y dedicación.

Participantes. Los adventistas practican la comunión abierta, invitando a participar a todos los que se han entregado a Cristo. Elena de White escribió: “El ejemplo de Cristo prohíbe la exclusividad en la Cena del Señor. Es verdad que el pecado abierto excluye a los culpables. Esto lo enseña claramente el Espíritu Santo (1 Cor. 5:11). Pero, fuera de esto, nadie ha de pronunciar juicio. Dios no ha dejado a los hombres el decir quiénes se han de presentar en esas ocasiones. Porque ¿quién puede leer el corazón?”[9]

Presencia. Al participar juntos en esta ceremonia, los cristianos manifiestan públicamente su unidad y su pertenencia a una gran familia, cuya cabeza es Cristo. Por esta razón, no es aconsejable celebrar ceremonias de comunión virtuales, en las que los participantes permanecen en sus casas y participan de los emblemas aisladamente.

Los niños. La Iglesia Adventista del Séptimo Día cree que los niños pueden participar activamente en el servicio de Comunión después de haberse entregado a Jesús por el bautismo. Además, no es aconsejable reproducir la Cena con sus elementos en los salones de niños.

Sermón. Debido a las características de esta ceremonia, debe ajustarse el orden habitual del servicio, incluida la predicación. Normalmente, el mensaje se da antes del lavamiento de los pies y no debe exceder los diez minutos. Los sermones largos le quitan tiempo a la ceremonia del lavamiento de los pies y la Cena del Señor. Por esta razón, el mensaje debe ser breve y cristocéntrico, que lleve a la iglesia a la confesión de pecados, el arrepentimiento y el perdón.

Lavamiento de pies. Según el Manual de la iglesia, “deben prepararse áreas separadas para que los hombres y las mujeres celebren el Rito de Humildad. Cuando hay escaleras o la distancia es un problema, deben tomarse las providencias oportunas en favor de los discapacitados. En los lugares donde sea socialmente aceptable y donde la vestimenta sea tal que no haya inmodestia, pueden hacerse arreglos para que el esposo y la esposa, o los padres y sus hijos bautizados, participen juntos del Rito de Humildad”.[10]

Musica. Durante el lavamiento de los pies, deben cantarse en la iglesia himnos apropiados, mientras los líderes se preparan para ocupar sus puestos en la mesa de la Comunión. Los himnos, ya sean cantados o instrumentales, deben seleccionarse de antemano, ya que desempeñan un papel esencial en la creación de una atmósfera de adoración a Dios.

¿Lavamiento de pies en la boda? Mezclar ceremonias con características diferentes puede distorsionar sus significados. En la Cena del Señor, los emblemas del cuerpo y la sangre de Cristo simbolizan la vida, la muerte, la resurrección y el glorioso regreso de Jesús (Mat. 24:30). Además, la Cena está abierta a todos los que han entregado su vida a Cristo, mientras que en las bodas solo participan los novios. El lavamiento de pies, una parte esencial de la Cena, está asociado a la contrición, al examen de conciencia, al arrepentimiento y a la confesión, aspectos que no se corresponden con la celebración de un matrimonio. Por lo tanto, esta combinación carece de sentido y no promueve un culto que glorifique a Dios.[11]

Conclusión

Comparte el programa de la ceremonia con tus líderes de antemano. Hagan todo con orden y reverencia. De esta manera, tu iglesia se beneficiará grandemente. Elena de White escribió: “En los primeros días del movimiento adventista, cuando los miembros eran pocos, la celebración de los ritos constituía una ocasión sumamente provechosa. El viernes antes de ese acontecimiento cada miembro de iglesia se esforzaba por remediar todo lo que tendiera a separarlo de los hermanos y de Dios. Se efectuaba una cuidadosa investigación del corazón, se ofrecían sinceras oraciones pidiendo que Dios revelase los pecados ocultos; se hacían confesiones de engaños en los negocios, de palabras ofensivas pronunciadas con apresuramiento y de pecados acariciados. El Señor se acercaba a nosotros, y nosotros recibíamos mucho poder y ánimo”.[12] Deseo que Dios te bendiga en la organización y la realización de la Cena del Señor.

Sobre el autor: Editor de Ministerio, edición de la CPB


Referencias

[1] Elena de White, El Deseado de todas las gentes (ACES, 2008), p. 608.

[2] White, El Deseado de todas las gentes, pp. 608, 609.

[3] Robert L. Odom, “La primera celebración de los ritos de la Casa del Señor”, Ministerio Adventista (marzo de 1953), p. 28.

[4] Herbert Kiesler, “Ritos: Bautismo / Lavamiento de los pies / Cena del Señor”, en Tratado de teología adventista del séptimo día, ed. por Raoul Dederen (ACES, 2009), pp. 671, 672.

[5] Ekkehardt Mueller, “Seventhy-Day Adventists and the Lord’s Supper”, Ministry Magazine (abril de 2004), pp. 11, 12.

[6] Elena de White, El evangelismo (ACES, 2015), p. 277.

[7] Albert W. Palmer, The Art of Conducting Public Worship (Macmillan Caribbean, 1966).

[8] Guia para ministros adventistas del séptimo día (ACES, 2010), p. 141.

[9] White, El Deseado de todas las gentes, p. 612.

[10] Manual de la iglesia (ACES, 2024), p. 198.

[11] Wagner Aragão, “El casamiento y el lavamiento de los pies ¿van juntos?”, Ministerio Adventista (marzo-abril de 2023), p. 30.

[12] White, El evangelismo, p. 276.