Una clave para comprender la verdad bíblica en su conjunto
Este artículo ofrece una breve reflexión sobre la doctrina del santuario, centrándose en cuatro aspectos significativos. En primer lugar, enfatiza la base bíblica de un elemento tan decisivo para nuestro sistema de creencias. En segundo lugar, muestra que la verdad del santuario es más que una proposición intelectual, ya que se centra en Jesús y lo coloca en el centro de nuestra experiencia cristiana. En tercer lugar, evidencia que la doctrina del santuario tiene un notable poder explicativo, al arrojar luz sobre otros aspectos de nuestras Creencias Fundamentales, especialmente aquellos relacionados con la salvación y la escatología. Por último, destaca el papel de esta verdad en la formación de la identidad, el mensaje y la misión de la iglesia. La sección final resume los puntos principales.
Fundamento bíblico
Para empezar, hay que destacar que la doctrina del santuario se basa en un sólido fundamento bíblico. Desde Génesis hasta Apocalipsis, desde el tabernáculo hasta el templo de Salomón, desde el Edén hasta la Nueva Jerusalén, encontramos la idea de la presencia de Dios entre su pueblo. Además, la noción de un juicio antes de la sentencia ya aparece en Génesis 3:8-19. Antes de pronunciar el veredicto sobre la pareja culpable, Dios hace la pregunta punzante: «¿Dónde estás?» (Gén. 3:9). Una idea similar aparece en el episodio de Babel. Dios investiga antes de pronunciar la sentencia sobre los constructores de la torre: «Entonces el Señor descendió para ver la ciudad y la torre que edificaban los hombres» (Gén. 11:5).
Una idea similar aparece en un salmo de David, que describe a Dios realizando una investigación desde su templo celestial: «El Señor está en su santo templo, el trono del Señor está en el cielo, sus ojos ven, sus párpados examinan a los hombres» (Sal. 11:4). Además, la noción de un templo celestial desde donde el Señor gobierna y juzga el cosmos recorre todo el Antiguo Testamento.[1]
La idea del juicio, más específicamente relacionada con el pueblo de Dios, surge con mayor claridad en el libro de Daniel. Las dos visiones paralelas y sus respectivas escenas del juicio celestial en Daniel 7:9-14 y de la purificación del santuario en Daniel 8:14 conectan este juicio con la obra especial del Hijo del Hombre y con la purificación del santuario celestial después del período profético de «dos mil trescientas tardes y mañanas» (Dan. 8:14).
En el Nuevo Testamento, la epístola a los Hebreos y el libro del Apocalipsis destacan el santuario celestial en sus mensajes. Hebreos enfatiza la noción de un santuario celestial donde Cristo ministra a nuestro favor: «Lo principal de lo que venimos diciendo es que tenemos un Sumo Sacerdote que se sentó a la diestra del trono de la Majestad en el cielo; y es ministro del santuario, de aquel verdadero santuario que levantó el Señor y no el hombre» (Heb. 8:1-2). Esta idea se deriva de la comprensión tipológica del tabernáculo como una prefiguración de su contraparte celestial, ya implícita en la palabra «modelo» aplicada al santuario terrenal (Éxo. 25:9, 40). En el libro del Apocalipsis, el santuario celestial también ocupa un lugar destacado. De hecho, el libro sigue una estructura basada en el tabernáculo, y el santuario celestial aparece en puntos cruciales del libro (Apoc. 11:1-2, 19; 14:15, 17; 15:5-8; 16:17).[2]
Como ya se ha señalado, la verdad del santuario se basa en un sólido fundamento bíblico y, por lo tanto, pertenece legítimamente al conjunto de enseñanzas teológicas esbozadas en las Escrituras y establecidas por los pioneros del movimiento adventista del séptimo día.
A continuación, consideraremos la relación entre la verdad del santuario y Jesús.
Centralización en Jesús
Así como el tabernáculo terrenal tenía su razón de ser debido a la gloria de la shejinah que habitaba en él, el santuario celestial encuentra su significado último para nosotros porque alberga la presencia y la obra del Jesús resucitado. En otras palabras, el santuario celestial, con todo lo que representa doctrinal y existencialmente, solo tiene sentido porque Jesús está allí ministrando en nuestro favor. Desconectado de Jesús, el santuario sería una cáscara vacía y una doctrina irrelevante.
Esto se hace evidente cuando examinamos algunos pasajes bíblicos que se refieren al santuario celestial. Por ejemplo, la carta a los Hebreos indica que todas las actividades relacionadas con el santuario celestial y realizadas en él se centran en Jesús. En el santuario celestial, Jesús actúa como nuestro Sumo Sacerdote y ministra con la sangre de su sacrificio, sustituyendo y cumpliendo los servicios del santuario terrenal.
Por lo tanto, la verdad del santuario puede ser nuestra fuente de esperanza, no solo porque es una verdad proposicional, sino porque esa verdad proposicional tiene un profundo poder afectivo, ya que nos señala y nos conduce a Jesús. Como se declara en la carta a los Hebreos: «Esa esperanza es una segura y firme ancla de nuestra vida, que penetra más allá del velo, donde Jesús entró por nosotros como precursor, hecho Sumo Sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec» (Heb. 6:19-20). Debido a su conexión con Jesús, el santuario se convierte en una fuente de esperanza.
Apocalipsis también describe el santuario celestial en conexión con Jesús. En una de las escenas más destacadas, Juan vio un libro sellado que nadie podía abrir. Pero mientras lloraba porque no había nadie cualificado para romper los sellos, uno de los ancianos se dirigió a él con buenas noticias: «No llores. El León de la tribu de Judá, la Raíz de David, ha vencido para abrir el libro y desatar sus siete sellos» (Apoc. 5:5). A medida que se desarrolla la visión, he aquí que el León se asemeja a «un Cordero que parecía que había sido sacrificado» (Apoc. 5:6, NTV). Es probable que esta escena del santuario represente la inauguración del santuario celestial inmediatamente después de la ascensión de Jesús.[3]
En ese momento crítico del plan de salvación y la resolución del gran conflicto, solo Jesús, entre todos los seres celestiales y debido a su sacrificio en la cruz, poseía la dignidad y las cualificaciones necesarias para
intervenir y llevar el plan de redención de Dios a su plena realización.
Es importante señalar que, más adelante, al final del libro, el santuario reaparece en la imagen de la Nueva Jerusalén en forma cúbica, que remite al santo de los santos del santuario, también de forma cúbica. Más importante aún, la ciudad que desciende del cielo (Apoc. 21:16-17) alberga la presencia de Dios y del Cordero, estableciendo así la gloria de la shejinah entre los redimidos a lo largo de las infinitas eras de la eternidad.
Así, la idea y la realidad del santuario, que desempeñaron un papel crucial en toda la historia de la redención, reaparecen al final del Apocalipsis y de la propia Biblia, destacando la presencia de Dios y del Cordero en la ciudad-templo (Apoc. 22:1-4). Por lo tanto, el santuario comienza con Jesús, se desarrolla con Jesús y encontrará su consumación en Jesús.
Poder explicativo
Un aspecto esencial de la doctrina del santuario se encuentra en su poder explicativo. Más que una doctrina, el santuario es un marco para integrar otros aspectos de la verdad bíblica.[4] En una declaración programática, Elena de White afirma la importancia del santuario: «El asunto del Santuario fue la llave que reveló el misterio del chasco de 1844. Exhibió todo un sistema de verdades, relacionado y armonioso, que mostraba que la mano de Dios había dirigido el gran movimiento adventista y, al poner de manifiesto la situación y la obra de su pueblo».[5]
El ministerio de Jesús en el santuario celestial tiene implicaciones soteriológicas, ya que él intercede en favor de los creyentes y tiene una dimensión cósmica en el contexto más amplio del gran conflicto. A través de las actividades de Jesús en el santuario celestial, la cruz queda impresa en la estructura misma del cosmos. Jesús revela la justicia, la misericordia y el amor insuperables de Dios al tratar con los pecadores. Debido a la cruz y sus repercusiones en el santuario celestial y en la vida de los redimidos, el carácter de Dios queda justificado ante todo el orden cósmico y creado. Y cuando el gran conflicto llegue a su resolución, «Satanás mismo [poco antes de su destrucción], en presencia del universo como testigo, confesará la justicia del gobierno de Dios y la rectitud de su ley».[6]
La doctrina del santuario también ayuda a explicar la importancia crucial de la enseñanza bíblica sobre la naturaleza de la humanidad. Para que el juicio investigativo tenga sentido, es necesaria la inmortalidad condicional del ser humano, basada en la comprensión bíblica de la muerte como un estado inconsciente. Si los seres humanos tuvieran almas inmortales que, después de la muerte, fueran al cielo o al infierno, la noción de tal juicio no tendría sentido.
Para ilustrar aún más el poder explicativo del santuario, cabe mencionar una cuestión relevante planteada por el escritor cristiano Philip Yancey. Reflexionando sobre la ascensión de Jesús, pregunta: «¿Por qué nos dejó Jesús solos para pelear las batallas? He sacado la conclusión, en realidad, de que la Ascensión constituye mi lucha mayor en el campo de la fe, no si sucedió o no, sino por qué. Me hace pensar más que el problema del dolor, más que la dificultad de armonizar la ciencia y la Biblia, más que creer en la Resurrección y en otros milagros. Parece raro que reconozca semejante idea —no he leído nunca un libro o artículo que se propongan responder a las dudas acerca de la Ascensión– y sin embargo, para mí lo que ha sucedido después de la partida de Jesús choca con la médula de mi fe. ¿No habría sido mejor que la Ascensión nunca hubiera ocurrido? Si Jesús hubiera permanecido en la tierra podría responder a nuestras preguntas, resolver nuestras dudas, mediar en nuestras discusiones sobre doctrina y normas».[7]
Como Yancey expresa de manera tan conmovedora, la ascensión plantea preguntas y puede representar un problema teológico significativo. Sin embargo, a la luz de la verdad del santuario, la ascensión se vuelve comprensible y un paso coherente en el plan de salvación de Dios, y el aparente desafío que plantea la ascensión recibe esta clara respuesta de Elena de White: «Este ministerio siguió efectuándose durante 18 siglos en el primer departamento del Santuario. La sangre de Cristo, ofrecida en beneficio de los creyentes arrepentidos, les aseguraba el perdón y la aceptación del Padre, pero no obstante sus pecados permanecían inscritos en los libros de registro. Como en el servicio típico había una obra de expiación al fin del año, así también, antes que la obra de Cristo para la redención de los hombres se complete, queda por hacer una obra de expiación para remover el pecado del Santuario. Este es el servicio que comenzó cuando terminaron los 2.300 días. Entonces, así como lo había predicho Daniel el profeta, nuestro sumo sacerdote entró en el Lugar Santísimo para cumplir la última parte de su obra solemne: la purificación del Santuario».[8]
Las limitaciones de espacio de este artículo no permiten una elaboración más detallada sobre otros puntos teológicos y doctrinales que se vuelven más claros a la luz del santuario. Basta con destacar que, a través del lente de la verdad del santuario, varias otras doctrinas y enseñanzas de las Escrituras adquieren mucho más significado y claridad, como la salvación, la ley de Dios y el sábado, la escatología y el intrincado problema del mal.
Doctrina distintiva
Además de lo expuesto, cabe señalar que la doctrina del santuario desempeña un papel clave en la identidad, el mensaje y la misión de la iglesia remanente. Cuando comenzó la segunda fase de la obra celestial de Jesús, Dios levantó un pueblo en la Tierra para proclamar este mensaje a todos (Apoc. 14:6). Del mismo modo, cuando comenzó la purificación del santuario celestial, Dios inició una obra de purificación de su pueblo remanente en la Tierra. Como afirma Elena de White: «Mientras prosigue el juicio investigador en el cielo, mientras los pecados de los creyentes arrepentidos son quitados del Santuario, debe haber una obra especial de purificación, de eliminación del pecado, entre el pueblo de Dios en la Tierra. Esta obra está presentada con mayor claridad en los mensajes de Apocalipsis 14».[9]
Así, el movimiento adventista del séptimo día surgió como el reflejo terrenal de lo que se desarrollaba en el santuario celestial y a partir de él. Dado que el llamado del remanente y la obra de Jesús en el santuario celestial están interconectados, la identidad del remanente reside en su conexión con el santuario. Los tres mensajes angelicales de Apocalipsis 14 resumen la esencia del mensaje confiado al remanente y se centran en aspectos esenciales de la verdad bíblica que han sido descuidados a lo largo de la historia cristiana, pero que se han vuelto crucialmente relevantes en el tiempo del fin.
Además, el mensaje del santuario destaca dimensiones específicas de la verdad bíblica y define el contenido de la misión de la iglesia. Según se presenta en Apocalipsis 14:6-12, la iglesia remanente está llamada a realizar una proclamación global, invitando a personas de todas partes del mundo a adorar al Creador. Esta proclamación incluye el anuncio del juicio que procede del santuario, la creación y la validez permanente de los mandamientos de Dios, especialmente el sábado (que remite al acto creador) así como el mensaje de la caída de Babilonia y la advertencia contra la adoración de la bestia. Todos estos elementos están intrínsecamente vinculados de manera cronológica y conceptual a la verdad del santuario. Así, la iglesia existe para vivir y proclamar este hermoso mensaje.
Conclusión
Este artículo ha mostrado que la creencia del santuario se basa en una sólida base bíblica y ha puesto de manifiesto que la verdad del santuario se centra en Jesús, lo que le confiere validez, legitimidad y relevancia. Además, destacó al poder explicativo de la verdad del santuario, indicando que no debe entenderse solo como una doctrina más, sino como una lente que interpreta, aclara y muestra la relevancia de otras dimensiones de la enseñanza bíblica. Por último, dejó claro que la verdad del santuario moldea la identidad adventista del séptimo día, da contenido a nuestro mensaje e impulsa la misión que Dios ha confiado a la Iglesia Adventista del Séptimo Día.
Sobre el autor: Director del Instituto de Investigación Bíblica de la Asociación General
Referencias
[1] Elias Brasil de Souza, The Heavenly Sanctuary/Temple Motif in the Hebrew Bible: Function and Relationship to the Earthly Counterparts (Berrien Springs, MI: Adventist Theological Society, 2005).
[2] Richard M. Davidson, A Song for the Sanctuary: Experiencing God’s Presence in Shadow and Reality (Silver Spring, MD: Biblical Research Institute, 2022), pp. 639-656.
[3] Davidson, A Song for the Sanctuary, pp. 640-642.
[4] Véase Alberto Ronald Timm, O Santuario e as Tres Mensagens Angelicas: Fatores Integrativos no Desenvolvimento das Doutrinas Adventistas (Engenheiro Coelho, SP: Unaspress, 2018); y «The Sanctuary Motif Within the Framework of the Great Controversy», en The Cosmic Battle for Planet Earth: Essays in Honor of Norman R. Gulley, ed. Ron du Preez y Jiri Moskala (Berrien Springs, MI: Andrews University, 2003), pp. 69-84.
[5] Elena de White, El conflicto de los siglos (ACES, 2015), p. 476.
[6] Elena de White, Patriarcas y profetas (ACES, 2015), p. 351.
[7] Philip Yancey, El Jesus que nunca conoci (Editorial Vida, 1995), pp. 233-234.
[8] Elena de White, El conflicto de los siglos, pp. 473-474.
[9] Elena de White, El conflicto de los siglos, p. 478.
