El relato de la presentación de Jesús en el Templo revela un contraste sorprendente entre el sacerdote que ofició el rito y Simeón, un anciano desconocido. El primero realizó la ceremonia mecánicamente, sin darse cuenta de que estaba ante el Hijo de Dios. El otro, en cambio, reconoció a Jesús en conexión directa con el Cielo.

Sin visión espiritual, el sacerdote llevó a cabo el ritual. “El sacerdote cumplió la ceremonia oficial. Tomó al niño en sus brazos y lo sostuvo delante del altar. Después de devolverlo a su madre, inscribió el nombre ‘Jesús’ en el rollo de los primogénitos” (Elena de White, El Deseado de todas las gentes [ACES, 2008], p. 36). Luego despidió a la familia como habría hecho con cualquier otra.

Aquel sacerdote jamás habría podido imaginar que aquella pareja de campesinos de Galilea sería elegida para criar al Mesías. Las cosas espirituales son locura para el corazón carnal. No puede percibirlas, se “han de discernir espiritualmente” (1 Cor. 2:14). Lo peor es que estamos hablando de la ceguera de alguien llamado a un servicio esencialmente espiritual.

Pero Dios no permitiría que su Hijo estuviera a merced de la burocracia sacerdotal de la época. “Había en Jerusalén un hombre llamado Simeón, justo y piadoso, que esperaba el consuelo de Israel. Y el Espíritu Santo estaba sobre él” (Luc. 2:25). Sintonizado con la frecuencia del Cielo, tenía ojos agudos para percibir la gloriosa manifestación divina oculta en el frágil cuerpo de un bebé. Al menos tres puntos diferenciaban a Simeón del sacerdote:

Era justo y piadoso. Simeón se comportó con integridad. Veía las cosas como Dios las ve. Por eso pudo “ver al Cristo del Señor” (Luc. 2:26) antes de experimentar la muerte. La palabra “piadoso” apunta a su constante práctica devocional. Su religión no era vacía y formal, sino llena de vida y sentido. Solo quienes entrenan su mente y su corazón para encontrarse con el Señor pueden ver las manifestaciones de Dios.

Tenía los ojos puestos en la promesa. Simeón se tomó en serio las profecías y esperó la consolación de Israel. Su vida giraba en torno a la esperanza de que las promesas mesiánicas se cumplieran. Deseaba con todas sus fuerzas vivir para el día en que el mundo fuera visitado por la Majestad del Cielo. Para personas así se revela el secreto de Dios. Esto nos enseña que no basta con saber que Jesús viene. Hay que amar su venida (2 Tim. 4:8).

Estaba lleno del Espiritu. Simeón no tenía una relación esporádica con el Espíritu Santo. No vivía de destellos espirituales ni dependía de la vida espiritual de otros. El texto es enfático: “El Espíritu Santo estaba sobre él” (Luc. 2:25). Estaba lleno del Espíritu y recibió el don de profecía, que alimentó aún más su sueño de ver a Cristo. Movido por el Espíritu, fue al Templo y vio lo que el sacerdote no había visto. El fruto y los dones espirituales moldean la mente para percibir las cosas de Dios, y así él nos utiliza con poder para su gloria.

José y María salían del Templo sin que nadie se diera cuenta hasta que apareció un anciano desconocido. Una atmósfera celestial descendió. Simeón recibió en sus brazos al Regalo de Dios y entonó el cántico que había ensayado toda su vida: “Ahora, Señor, conforme a tu promesa, despide a tu siervo en paz. Porque mis ojos han visto tu salvación” (Luc. 2:29, 30). Esta fue la verdadera presentación de Jesús, hecha en la Tierra y celebrada en el Cielo. ¡Que cada rito y ceremonia abra nuestros ojos espirituales para ver a Jesús!

Sobre el autor: Coordinador editorial de la CPB