Un pacto de fe con Dios y su pueblo
Uno de los momentos más significativos en la vida de una persona es cuando se entrega a Cristo. Este compromiso público es fruto de la obra transformadora del Espíritu Santo en el corazón. Él obra en el alma, produciendo resultados que se reflejan en la vida práctica. Elena de White dijo: “Cuando el Espíritu de Dios se posesiona del corazón, transforma la vida. Los pensamientos pecaminosos son puestos a un lado, las malas acciones son abandonadas; el amor, la humildad y la paz reemplazan a la ira, la envidia y las contiendas. El gozo reemplaza a la tristeza, y el rostro refleja la luz del Cielo”.[1]
Esta relación con Dios se manifiesta en nuestras elecciones diarias, en las palabras que decimos, en las acciones que realizamos y, especialmente, en la decisión de declarar públicamente este compromiso mediante el bautismo. Por eso es esencial tener en cuenta algunas pautas para esta ceremonia, que sin duda es una de las más inspiradoras que realiza la iglesia.
Importancia
El bautismo es sumamente importante porque es a través de él como se establece la pertenencia a la iglesia. Además, es esencial que la persona que se bautiza sea plenamente consciente de su decisión y comprenda el compromiso que contrae con Cristo y su iglesia. “El creyente es bautizado en Cristo y en la comunión de la iglesia. Desde la perspectiva del NT, el cuerpo de Cristo está compuesto por personas que han sido bautizadas en Cristo. Están en una íntima unión con Cristo (Gál. 3:27) y al mismo tiempo ahora disfrutan del compañerismo con otros miembros de iglesia”.[2] Ser bautizado significa pasar a formar parte del cuerpo de Cristo, por lo que es esencial comprender toda la dinámica que implica, incluida la importancia y el significado de la ceremonia.
El bautismo tiene su origen en el Nuevo Testamento. Aunque Juan el Bautista, como precursor del Mesías, realizó el bautismo de arrepentimiento en el río Jordán (Mar. 1:4, 5), es en el ejemplo de Cristo (Mar. 3:14, 15) y su mandato a la iglesia donde el bautismo encuentra su significado, valor y expresión más profundos. Jesús declaró: “Vayan a todas las naciones, hagan discípulos bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y enséñenles a obedecer todo lo que les he mandado. Y yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo” (Mat. 28:19, 20).
En este contexto, el acto del bautismo es una de las marcas de los seguidores de Cristo, los que experimentan el nuevo nacimiento (Juan 3:5-8). Jesús enseñó: “El que crea y sea bautizado será salvo. Pero el que no crea será condenado” (Mar. 16:16). “En la iglesia apostólica, el bautismo seguía automáticamente a la aceptación de Cristo. Constituía una confirmación de la fe del nuevo creyente (ver Hech. 8:12; 16:30-34)”.[3]
Requisitos
El elemento más importante para que una persona se bautice es la creencia de que Cristo es su Salvador personal. La certeza de que sus pecados son perdonados y el deseo de vivir una nueva vida en Cristo son fundamentales para el bautismo. Pero, además, el candidato debe ser consciente de los privilegios y los deberes que Cristo y la iglesia esperan de él cuando toma esta decisión. Por esta razón, es esencial que las personas sean instruidas adecuadamente antes del bautismo. El pastor y los líderes de la iglesia, junto con los que participan en el discipulado, “deben instruir a los candidatos en las enseñanzas y en las prácticas relacionadas que sostienen la iglesia, con el fin de que entren en la iglesia con una sólida base espiritual”.[4] El bautismo no debe llevarse a cabo por impulso, presión, improvisación o cualquier otro motivo superficial.
Pablo fue uno de los mayores líderes de la iglesia y se tomó muy en serio el compromiso que debe existir en toda persona que se entrega a Cristo. Él era evangelista, teólogo y estaba completamente comprometido con la misión, pero nunca minimizó la importancia de la instrucción para alcanzar a más personas para Cristo. Elena de White declaró: “Antes de aceptar en la comunión de la iglesia a los que profesaban el cristianismo, había tenido cuidado de darles instrucción especial en cuanto a los privilegios y los deberes del creyente cristiano; y se había esforzado fervorosamente por ayudarlos a ser fieles a sus votos bautismales”.[5] Es importante destacar que la enseñanza o instrucción forma parte de otros elementos que buscan dar mayor certeza a la decisión de bautizarse. El Manual de la iglesia señala: “Las personas que reconocen su estado de pecadores perdidos, se arrepienten sinceramente de sus pecados y experimentan la conversión pueden, después de haber sido debidamente instruidas, ser aceptadas como candidatos al bautismo y en la feligresía de la iglesia”.[6]
Otro elemento importante que debe tenerse en cuenta, y que sin duda está relacionado con la educación, es la edad mínima del bautizado. Este requisito debe tener en cuenta la capacidad del joven para comprender los principios básicos de la fe que abraza. Aunque la Biblia no establece claramente una edad específica para el bautismo, según el pastor Wilson Paroschi: “En todo el Nuevo Testamento, no hay ejemplos de bautismo infantil o adolescente que ayuden a determinar cuál era la práctica apostólica en relación con esta cuestión”.[7] El propio Manual de la iglesia tampoco adopta una postura directa al respecto: “Aunque no hay una edad mínima para el bautismo, se recomienda que los niños que expresan el deseo de ser bautizados sean atendidos y animados, y entren en un programa de instrucción que pueda conducirlos al bautismo”.[8] Elena de White afirma: “Los niños de ocho, diez y doce años tienen ya bastante edad para que se les hable de la religión personal. No mencionen a sus hijos algún período futuro en el que tendrán bastante edad para arrepentirse y creer en la verdad. Si son debidamente instruidos, los niños, aun los de poca edad, pueden tener opiniones correctas acerca de su estado de pecado y el camino de salvación por Cristo”.[9]
Antes de la ceremonia
Una vez que se han seguido debidamente todos los pasos establecidos en el Manual de la iglesia, como el examen público del candidato previo al bautismo,[10] su voto bautismal y la votación de la iglesia sobre su admisión a la feligresía, puede celebrarse la ceremonia. Sin embargo, es importante tener en cuenta el momento, el lugar, las instalaciones y la temperatura del agua, entre otros aspectos.
El bautismo, tanto si se celebra en una iglesia como al aire libre, debe preservar la solemnidad del acontecimiento. A veces, la creatividad, que es bienvenida, puede hacer que la ceremonia pierda su importancia. Ejemplos de ello son: un programa demasiado largo, un bautisterio muy pequeño o con poca agua, ausencia de decoración, túnicas bautismales de una talla inapropiada o que no combinan bien, o cantar un himno o canción para cada bautizado. Todo esto hace que la ceremonia sea pesada o pierda su solemnidad. Elena de White escribió: “Y désele a la ocasión toda la importancia y solemnidad que se le pueda impartir. Los ángeles de Dios están siempre presentes en un servicio tal”.[11]
Durante la ceremonia
El candidato puede entrar en el bautisterio luego de que ingrese el pastor. El ministro, o la persona que dirige la ceremonia, puede invitar a los familiares y a las personas implicadas a acercarse al bautisterio y, si es posible, contar un poco la experiencia de conversión del candidato. Inmediatamente después, se hará una declaración (no una oración): “Por causa de tu profesión de fe en Cristo como tu Salvador, y en vista de tu deseo de vivir una vida nueva en él, yo te bautizo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”.[12] El ministro debe dirigirse al bautizado en el momento del bautismo y, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, realizar el bautismo.
En eventos con varios pastores, puede invitarlos a levantar la mano durante el bautismo, aunque esto no es necesario. Otro detalle que conviene aclarar es quién realiza la ceremonia. El bautismo lo realiza el ministro que está dentro del bautisterio con el bautizado. Por lo tanto, lo correcto sería decir: “El pastor [decir su nombre] te bautiza en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”.
Después de la ceremonia
Tras recibir su certificado de bautismo, las personas que se han entregado a Cristo necesitan recibir una cálida bienvenida por los miembros de la iglesia. Para ello, hay que presentarles a sus discipuladores e invitarlos a acompañarlos en su camino cristiano.
Cristo nos ordenó hacer discípulos, y el bautismo forma parte de ese mandato. Ser seguidor de Cristo, vivir sus propósitos y dar testimonio de su gracia redentora es, de hecho, la experiencia más rica de la vida. En este sentido, Elena de White declaró: “El conocimiento de Dios y de Jesucristo, expresado en el carácter, los exalta sobre todo lo que se estima en la Tierra o en el Cielo. Es la educación más elevada que haya.
Es la llave que abre los portales de la ciudad celestial. Es propósito de Dios que todos los que se visten de Cristo por el bautismo posean este conocimiento”.[13]
Sobre el autor: Secretario ministerial para la Iglesia Adventista de Sudamérica
Referencias
[1] Elena de White, El Deseado de todas las gentes (ACES, 2008), p. 144.
[2] Herbert Kiesler, “Ritos: Bautismo / Lavamiento de los pies / Cena del Señor”, en Tratado de teología adventista del séptimo día, ed. por Raoul Dederen (ACES, 2009), p. 662.
[3] Creencias de los adventistas del séptimo día (ACES, 2018), p. 262.
[4] Manual de la iglesia (ACES, 2022), p. 49.
[5] Elena de White, Los hechos de los apóstoles (ACES, 2009), p. 246.
[6] Manual de la iglesia, p. 50.
[7] Wilson Paroschi, “Bautismo juvenil: La edad ideal”, Ministerio Adventista (julio-agosto de 2009), p. 10.
[8] Manual de la iglesia, p. 49.
[9] Elena de White, conducción del niño (ACES, 2014), p. 466.
[10] “Si no es posible llevar a cabo el examen público, entonces debe ser realizado ante la Junta Directiva de la iglesia o ante una comisión designada por esta, tal como la comisión de ancianos, cuyo informe deberá presentarse luego a la iglesia antes del bautismo” (Manual de la iglesia, p. 50).
[11] Elena de White, El evangelismo (ACES, 2015), p. 315.
[12] Guía para ministros adventistas del séptimo día (ACES, 2010), p. 141.
[13] White, El evangelismo, pp. 315, 316.