Testigo silencioso de olas embravecidas y de tempestades intensas, el FaroLes Eclaireurs (conocido como «El Faro del fin del mundo») se levanta erguido con sus franjas rojas y blancas y con su luz titilante. Sus 11 metros de altura y 3 de diámetro se encuentran enclavados entre rocas del idílico paisaje del extremo sur del continente americano (en el Canal de Beagle). El faro comenzó a funcionar en 1923. Desde entonces, ha evitado que decenas de barcos naufraguen y ha posibilitado la salvación de cientos de vidas.
«El faro del fin del mundo» permanece en su lugar. Fijo. Firme. Inamovible. Y con la luz encendida. No negocia su posición con las olas. No se apaga para no molestar a los que navegan en la oscuridad. No se mueve de su posición para ser más «relevante» o «inclusivo». No deja de emitir luz para no «ofender». Solo brilla constante y mostrando el camino seguro.
Como pastores adventistas estamos llamados a ser faros en estos tiempos finales donde reina la oscuridad. Dios nos dejó el privilegio y la responsabilidad de ser luces (Mat. 5: 14-16), a seguir el ejemplo de obediencia y a predicar el mensaje de Jesús, la verdadera Luz del mundo (Juan 8:12). Fortalecer nuestra identidad cristiana en una sociedad cada vez más relativista y sin valores morales absolutos es un gran desafío. ¿Cómo podemos lograr esto?
1. Recordar nuestro llamado. Levítico 20:26 declara: «Han, pues, de serme santos, porque yo, el Señor, soy santo; y los he separado de los pueblos para que sean míos». La santidad es la identidad que Dios quiere imprimir en nosotros. Ser diferente es un privilegio y una consecuencia natural de pertenecerle. No se trata de que nos separemos «del mundo» por orgullo o superioridad; sino por lealtad a su carácter santo. «El mundo» te invita a mezclarte, a diluirte y a que tus valores se negocien según la encuesta de opinión más reciente. Dios pide lo contrario. La diferencia es profunda y se evidencia en cómo amamos (incluso a los enemigos), en cómo perdonamos (sin guardar rencor), en cómo usamos nuestro cuerpo (templo del Espíritu Santo), en cómo hablamos (verdad con gracia) y en cómo enfrentamos el sufrimiento (con esperanza eterna).
2. Fortalecer nuestra vida de oración. Marcos 1:35 dice que Jesús se levantaba por la mañana y tenía su culto personal. La santidad no empieza por lo externo. Su germen es la oración secreta, expresada en súplicas y lágrimas. No podemos formar —ni menos aún mantener— nuestra identidad sin una vida dedicada a la oración.
3. Profundizar nuestro estudio de la Biblia. De acuerdo con 2 Timoteo 3:15-17, la Palabra de Dios es útil y nos prepara para toda buena obra. No hay manera de mantener la identidad sin estudiar las Sagradas Escrituras. Lamentablemente, muchos hoy basan su vida devocional y de aprendizaje con aplicaciones del celular, videos de YouTube y posts motivacionales. No digo que consumir esto sea malo en sí; pero esa no puede ni debe ser la base de nuestra comunión con Dios. Gran parte de la pérdida de nuestra identidad tiene que ver en que abrevemos en fuentes poco fiables.
4. Atreverse a tener conversaciones «incómodas». Josué 1:6-9 orienta a todo líder que sea fuerte y valiente para hacer lo que es correcto. Con amor, humildad y fundamento bíblico, debemos hablar de temas que son considerados «polémicos», no porque realmente lo sean, sino por no aceptar lo que la Biblia y los escritos de Elena de White enseñan. El silencio ante el error y la omisión de la verdad acaban normalizando el pecado. Corregir no es castigar, es custodiar la santificación.
¡Sé un faro del fin del mundo! ¡Mantén tu luz encendida! Que Filipenses 2:15 sea una realidad en tu vida y en tu ministerio: «Sean irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin culpa en medio de una generación torcida y perversa, en la cual ustedes resplandecen como luces en el mundo».
Sobre el autor: Director de Ministerio, edición de la ACES
