El camaleón es un reptil fascinante, conocido por su habilidad para cambiar de color. Utiliza esta característica para camuflarse, regular su temperatura corporal y comunicarse con otros camaleones. Esta transformación se produce gracias a unas células especiales de su piel, que reflejan la luz de diferentes maneras.

De manera similar, muchos cristianos «cambian de color» en su vida cotidiana para mezclarse con diversos contextos y entornos, adoptando comportamientos que no concuerdan con la fe que profesan. Con ello, su identidad espiritual se vuelve fragmentada, incoherente y, a veces, imperceptible.

Uno de los mayores retos de la era posmoderna es precisamente la fragmentación de la identidad, la pérdida de una noción integrada de quiénes somos realmente. Esto me recuerda a un filósofo que, cuando le preguntaron «¿Cómo estás?», respondió con ironía: «¿En qué piso?». Comparaba su vida con una casa de varios pisos, sugiriendo que sus palabras y actitudes variaban según donde se encontraba.

En cierto sentido, esto es comprensible. Después de todo, todos desempeñamos diferentes roles sociales: somos hijos, profesionales, ciudadanos y hermanos en la fe. Sin embargo, cuando alguien cambia sus principios y valores en cada contexto, hasta el punto de no ser reconocido como la misma persona, hay una grave crisis de identidad. Y ese es precisamente el problema de Laodicea, la iglesia que espera el regreso de Cristo. Jesús le advierte: «Tú dices: “Yo soy rico, estoy enriquecido, y nada necesito”. Y no conoces que eres un cuitado y miserable, pobre, ciego y desnudo» (Apoc. 3:17).

En la página 16 del libro Mission Drift (Bethany House, 2014), Peter Greer y Chris Horst hacen una advertencia contundente: «Sin una vigilancia constante, las organizaciones religiosas se desviarán inevitablemente de su propósito y misión originales». Citan ejemplos notables, como Harvard, Yale y Princeton, universidades que nacieron basadas en principios cristianos, pero que se alejaron tanto de los «antiguos hitos» (ver Prov. 22:28) que hoy se describen como instituciones «sin Dios».

La pregunta inevitable es: ¿Cómo preservar la identidad? La respuesta está en el ejemplo de Jesús. Él nunca perdió la conciencia de quién era. Cuando fue interrogado por los líderes religiosos, afirmó con convicción: «sé de dónde he venido y a dónde voy» (Juan 8:14). Ese claro sentido de identidad, fruto de su comunión con el Padre, dio propósito a su ministerio (ver Juan 6:38).

Del mismo modo, cada adventista está llamado a mantener la coherencia en todos los «pisos de su casa». Necesitamos saber cuál es nuestro origen, quiénes somos y adónde vamos. En cualquier contexto, debemos ser reconocidos como seguidores de Cristo, el pueblo remanente que guarda los mandamientos de Dios y tiene fe en Jesús (ver Apoc. 12:17).

El plan de Dios es que aceptemos el «Así dice el Señor», traduciéndolo en un estilo de vida coherente. El apóstol Pablo escribió: «Y no se conformen a este mundo, sino transfórmense mediante la renovación de su entendimiento» (Rom. 12:2). Mientras que el camaleón se adapta al entorno, el cristiano está llamado a transformarlo.

No podemos ser una iglesia guiada por suposiciones, ni convertirnos en rehenes del secularismo, haciéndonos eco de la cultura en lugar de proclamar la voz de Dios. Somos un movimiento profético, con un cuerpo doctrinal sólido y el llamado a predicar al mundo con «gran voz».

¿Estás seguro de tu verdadera identidad o te has camuflado bajo las luces de este mundo?

Sobre el autor: director de la revista Ministerio, edición de la CPB