«¿Quién eres tú?» (Juan 1:19). La pregunta que los sacerdotes y los levitas le hicieron a Juan el Bautista distaba mucho de ser mera curiosidad, era una forma de presión. Venían de Jerusalén y traían consigo expectativas y categorías preestablecidas: «¿Eres Elías? […] ¿Eres el profeta?» (Juan 1:21). Intentaban definirlo a partir de parámetros externos, de fuera hacia dentro.

Juan, sin embargo, no se dejó moldear por esa presión. No negoció su identidad con el clima del momento. Rechazó títulos que otras personas habrían aceptado y se definió a partir de su misión: «Yo soy la voz que clama en el desierto» (Juan 1:23). Juan se autodenominó «voz» porque había sido enviado para preparar el camino para la venida de Cristo. Su identidad no nació de la opinión ajena, sino de una comprensión clara de la misión recibida. Esto nos enseña que, cuando la misión es clara, la identidad permanece firme.

Este principio es decisivo para el ministerio actual. Vivimos en una época de múltiples presiones: expectativas, urgencias, corrientes de pensamiento, modismos y la tiranía de la inmediatez. En un mundo «líquido», quedarse a la deriva es un destino fácil. Pablo advirtió que, sin anclaje, terminamos «llevados por cualquier viento de doctrina» (Efe. 4:14).

En este contexto, la misión cumple una doble función: ancla y brújula. Es un ancla porque nos afianza cuando soplan vientos de presión y nos permite discernir con seguridad lo que no somos y lo que no nos define, dejando clara nuestra identidad. Y es una brújula porque nos orienta a tomar decisiones concretas: en una agenda llena, ayuda a distinguir lo urgente de lo esencial, ordena las prioridades y protege al pastor de convertirse en un especialista en lo secundario, eficiente en lo inmediato, pero pobre en lo central.

En la División Sudamericana, estamos trabajando con cuatro prioridades estratégicas, y una de ellas es la identidad. No se trata solo de un eslogan, sino de una necesidad espiritual y misional, ya que la identidad se estabiliza cuando vuelve a su raíz: la mision.

Por eso, la identidad adventista es, en esencia, identidad misional. Existimos para hacer discípulos de Jesucristo y proclamar a todos el evangelio eterno en el contexto de los tres mensajes angelicales, preparando al mundo para el pronto regreso de Jesús (Mat. 28:18-20; Hech. 1:8; Apoc. 14:6-12). No somos un movimiento definido por tendencias, sino un pueblo llamado a testificar con claridad profética. Dios nos ha llamado como un pueblo que guarda los mandamientos de Dios y tiene la fe de Jesús; este remanente anuncia la hora del juicio, proclama la salvación en Cristo y anuncia la proximidad de su segunda venida. Esta proclamación, simbolizada por los tres ángeles de Apocalipsis 14, invita a todos los creyentes a participar en este testimonio mundial.

La misión del pastor está íntimamente entrelazada con la misión de la iglesia local y sus departamentos, ya que ambos están comprometidos con la predicación del evangelio; el pastor actúa como consejero y guía para que la iglesia cumpla su propósito. Nuestra identidad pastoral se basa en guiar al pueblo de Dios hacia el cumplimiento de su misión profética. Si el «quién soy» se basa en cualquier otra cosa que no sea la misión, se desorienta y se debilita.

Volvamos, pues, a lo esencial: la fidelidad a la misión. Es en ella donde nuestra identidad se afirma y encuentra dirección.

Sobre el autor: Secretario ministerial para la Iglesia Adventista en Sudamérica