El bautismo, la ceremonia nupcial, la comunión de la Cena del Señor, y otras ceremonias religiosas fueron tradicionalmente consideradas por el cristianismo como sacramentos. Este concepto teológico se basa en la idea de que el creyente accede a la gracia de Dios mediante ciertos ritos o rituales. Por lo tanto, el sacramento no es solo un símbolo, sino que efectivamente produce en el creyente aquello que simboliza. En otras palabras, “el Sacramento […] no es solo símbolo de una realidad superior, sino que, en virtud de la acción latente de Dios, produce la realidad que significa” (Salvatore Garogalo, Pietro Parente y Antonio Piolanti, Diccionario de Teología Dogmática [Barcelona: Editorial Litúrgica Española, 1955], p. 322).
Los reformadores protestantes notaron rápidamente que este concepto del sacramento no era compatible con la doctrina de la justificación por la fe. Ellos defendieron que las personas no necesitan de rituales o ceremonias para acceder a la gracia de Dios: es suficiente con creer en Jesucristo y la salvación que él ofrece. Por lo tanto, la mayoría de los reformadores afirmaron que las ceremonias son simplemente símbolos de una realidad espiritual interior, sin tener poder en sí mismas. Por dar un ejemplo, desde este punto de vista, el bautismo simboliza el nuevo nacimiento que el creyente experimenta al aceptar la salvación en Cristo, pero no produce un cambio en su vida espiritual.
Como herederos de la Reforma, los adventistas del séptimo día hemos visto a las ceremonias como símbolos, pero no como sacramentos. Aceptamos el mensaje bíblico de que, así como las ceremonias y los ritos del Tabernáculo eran “símbolos” que “no pueden hacer perfecto […] al que practica ese culto” (Heb. 9:9), así también las ceremonias simbolizan la obra de Dios en el creyente, pero no tienen poder por sí mismas para transformar su realidad espiritual.
Por supuesto, sería un error ir al otro extremo teológico y cambiar o reemplazar la forma del símbolo. Aunque el símbolo carece de poder en sí mismo, su forma, instituida por Dios, es esencial para comprender con claridad la realidad que representa. Por ejemplo, no fue correcto que Nadab y Abiú utilizaran un fuego diferente del prescrito para encender los incensarios que utilizaron en el Templo (Lev. 10:1, 2). Tampoco estuvo bien que el rey Uzías oficiara las ceremonias que estaban reservadas para los sacerdotes (2 Crón. 26:16). Aunque estas ceremonias carecían de poder en sí mismas y solo eran “figura y sombra de las cosas celestiales” (Heb. 8:5), sus formas habían sido establecidas por Dios y era necesario respetarlas.
Ver las ceremonias como símbolos, y no como sacramentos, de ninguna manera minimiza ni quita su valor espiritual para la iglesia. Por el contrario, nos ayuda a evitar que nos enfoquemos en rituales y ceremonias externos, para enfocarnos en lo que realmente importa: entregarle nuestro corazón a Dios. El Señor afirma: “Lo que pido de ustedes es misericordia y no sacrificios, conocimiento de Dios en lugar de holocaustos” (Ose. 6:6). Notemos que Dios mismo había prescrito las ceremonias de los sacrificios y los holocaustos. Sin embargo, más que realizar ritos, lo que él espera es que practiquemos la misericordia y que busquemos conocerlo más, de manera más profunda y personal.
Sobre el autor: Editor de Ministerio, edición de la ACES